Si bien, en otras ocasiones he escrito acerca del origen de mi novela gráfica Bajo la piel de la bruja, el siguiente es un texto que escribí para incluirlo dentro de la nueva edición que se estrenará en septiembre de este año.
El texto es el siguiente:
Respira
“Hay libros que nacen porque uno tiene algo urgente que decir, y hay otros que aparecen porque uno necesita respirar.”
En 2018, llevaba varios meses trabajando en Sueños rotos: Julia, el segundo volumen de una trilogía sobre la trata y explotación de personas en México. Cuando terminé el libro, en agosto, ya sabía cuál sería el siguiente proyecto: Sueños rotos: Emi; probablemente la novela gráfica más dura que he escrito. Pero, antes de comenzar ocurrió algo que no esperaba.
Estaba agotado.
No me refiero al cansancio de haber dibujado muchas páginas, sino a ese otro agotamiento que se acumula después de pasar meses conviviendo con personajes rotos, violencia, pérdidas y heridas que, aunque sean ficticias, terminan encontrando un lugar dentro de uno.
Necesitaba dibujar, pero necesitaba dibujar otra cosa y, entonces, llegó octubre.
Desde hace muchos años me gustan los retos de dibujo que circulan en internet. Siempre me han parecido una magnífica excusa para salir de mi zona de confort. Había participado en el reto de realizar un cómic de veinticuatro páginas en veinticuatro horas, del que nació Cuervo Eléctrico. También llevaba varios años sumándome a Inktober, una celebración mundial que invita a realizar una ilustración diaria utilizando únicamente tinta.
En 2017, decidí romper las reglas: en lugar de hacer treinta y un dibujos independientes, construÍ una novela gráfica completa en treinta y un días. Así nació Gila: El sol negro.
Un año después, decidí repetir el experimento; no quería hacer una historia pequeña, lo que yo quería era construir otro mundo.
Con el tiempo he descubierto que los proyectos terminan contaminándose unos a otros. Después de pasar meses dentro de una historia, sus personajes siguen acompañándote incluso cuando dejas de dibujar. Sus problemas continúan dando vueltas en la cabeza. Sus silencios empiezan a parecerse demasiado a los tuyos.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió con Sueños rotos: no estaba cansado de dibujar, estaba cansado de habitar ese mundo. Por eso, Inktober llegó en el momento preciso.
Desde hacía tiempo, me perseguía una imagen: no era un personaje, ni una escena… era un pueblo. Un pueblo perdido en el Estado de México; donde ocurrieran cosas monstruosas a plena luz del día y, aun así, nadie pareciera dispuesto a mirar. El verdadero protagonista no sería una bruja, ni una sirena, ni siquiera Rafita. El protagonista sería el propio pueblo.

Una de las páginas de dibujada en 2018.
Antes de escribir una sola página, construí Santa Lucía Ameyalco. Le inventé una historia, supersticiones, leyendas y esa clase de relatos que las abuelas cuentan para que los niños no salgan de noche. Después, llegaron los pozos, los ríos subterráneos, las sirenas, los políticos corruptos, los asesinatos y las desapariciones. Todo fue encontrando su lugar.
Desde el principio tuve claro que mis sirenas no vivirían en el mar. Quería encerrarlas bajo tierra: en los pozos y los ríos subterráneos de un pueblo seco del Estado de México. Siempre me ha fascinado pensar que los monstruos sobreviven adaptándose al lugar donde les toca vivir. Imaginé, entonces, que descendían de una antigua tribu que había habitado los grandes lagos del Valle de México y que, cuando esos lagos desaparecieron, ellas quedaron atrapadas bajo tierra.

Páginas de la novela gráfica Bajo la piel de la bruja, dibujadas en 2028.
Mientras escribía, descubrí algo que no esperaba: aunque yo creía que estaba descansando de los Sueños rotos, en realidad seguía hablando exactamente de lo mismo. Solo había cambiado el lenguaje; en lugar de denunciar el horror desde el realismo, ahora podía hacerlo desde el terror. Y el terror tiene una virtud extraordinaria: nos permite mirar de frente aquello que, contado de otra manera, preferiríamos ignorar.
Durante esos días, vi la película The Lure, de Agnieszka Smoczyńska, y volví a la serie Fargo, de Noah Hawley. Ambas terminaron de convencerme de que el verdadero protagonista debía ser el pueblo. Quería que Santa Lucía Ameyalco existiera, incluso cuando ninguno de sus habitantes apareciera en escena.
Elegí llamarlo Santa Lucía porque es la patrona de quienes padecen ceguera. Ameyalco significa “lugar donde nace el agua”. Me fascinaba esa contradicción: un pueblo donde todos pueden ver, pero nadie quiere mirar; donde el agua sigue corriendo bajo tierra, mientras sus habitantes prefieren creer que ya no existe.

Página de la novela gráfica Bajo la piel de la bruja, dibujada en 2028.
Conforme avanzaba la historia, entendí que las brujas, las sirenas y los fantasmas sólo eran distintas maneras de hablar del mismo tema.
Los monstruos más peligrosos nunca fueron los que inventé, sino los que ya estaban ahí.
Octubre nunca es un mes tranquilo. Mientras intentaba terminar una página diaria también se acercaba la Feria Internacional del Libro en el Zócalo. Como editor y expositor, sabía que, en cuanto comenzara la feria, el tiempo dejaría de pertenecerme, así que cambié también mi manera de trabajar. Utilicé un formato más pequeño: papel de algodón y aguadas con tinta. Necesitaba que cada página pudiera viajar conmigo en la mochila. Dibujaba en casa, durante los trayectos y, muchas veces, en el propio stand de la feria.

Una de las páginas dibujada frente a la catedral en la Feria Internacional del Libro del Zócalo.
Nunca había sentido tan claramente que una novela gráfica podía acompañarme a todas partes. Entonces, decidí transmitir parte del proceso en vivo; no tenía un gran plan, simplemente me pareció divertido abrir una ventana para que algunos lectores vieran cómo nacían aquellas páginas.
Con el paso de los días, dejaron de ser espectadores: comenzaron a hacer preguntas, a discutir teorías, a señalar detalles que yo no había visto y a entusiasmarse con una historia que todavía no existía. Un día, incluso, alguien escribió un nombre para el protagonista: Rafita. Me gustó tanto que ya no pude llamarlo de otra manera. Todavía hoy me sigue pareciendo fascinante esa clase de momentos.
Uno pasa meses encerrado escribiendo una historia y, de pronto, descubre que, incluso antes de publicarse, ya empezó a pertenecer un poco a los demás; sin proponérselo. Un proceso que siempre había imaginado como profundamente solitario, se convirtió en una conversación; y eso cambió mi manera de entender el oficio. Durante mucho tiempo pensé que un autor trabajaba solo hasta terminar un libro.

La portada de la primera edición de la novela gráfica Bajo la piel de la bruja.
Hoy sigo creyendo que los libros se escriben en soledad, pero también creo que encuentran su verdadera forma cuando permiten que otras personas respiren cerca de ellos.
Cuando terminó octubre, ya tenía una novela gráfica completa. Durante las semanas siguientes, hice algunos ajustes, agregué páginas y afiné varias escenas. En marzo de 2019, Bajo la piel de la bruja llegó finalmente a las manos de mis lectores. La respuesta superó todas mis expectativas y, con el tiempo, el libro terminó convirtiéndose en una de las novelas gráficas más queridas de mi catálogo.
Durante mucho tiempo, pensé que Bajo la piel de la bruja había sido simplemente una novela gráfica más. Hoy sé que fue el libro que me devolvió el placer de dibujar.
Después de convivir durante meses con el dolor de los Sueños rotos, necesitaba recuperar la curiosidad. Necesitaba volver a descubrir una historia mientras la estaba contando, sorprenderme con una página terminada y preguntarme qué ocurriría en la siguiente.
Para mí, descansar nunca significó dejar de trabajar. Significó cambiar las preguntas que quería responder.
En 2025 regresé a Santa Lucía Ameyalco con Lodo, una novela gráfica ambientada varios años después de los acontecimientos de este libro, en la década de los ochenta. Me emocionó descubrir que los lectores también querían volver a ese pueblo. Siempre supe que algunas historias no terminan cuando cerramos el libro; siguen respirando en algún lugar, habitando bajo nuestra piel y, tarde o temprano, vuelven a llamarnos con furia.
Hoy, mientras preparo esta nueva edición, vuelvo a mirar aquellos originales hechos con tinta y aguadas. Ya no veo únicamente un pueblo lleno de brujas, sirenas y asesinos. Veo un momento muy específico de mi vida: el instante en el que comprendí que una historia también puede salvar a quien la está escribiendo.
Regresar a Bajo la piel de la bruja también ha significado volver al restirador. Como ocurrió con la edición de 2023 de Gila: El sol negro y con la edición del décimo aniversario de Hermanos, sentí la necesidad de dialogar nuevamente con la obra. Extendí escenas, dibujé páginas nuevas y terminé, otra vez, con las manos cubiertas de tinta; alimentando a ese monstruo obsesivo que se niega a dejar un libro exactamente como fue publicado por primera vez.
También preparé un nuevo playlist para acompañar la lectura. Desde hace años la música forma parte de mi manera de contar historias y, en esta edición, quise que cada canción dialogara con momentos específicos del cómic. No como un simple acompañamiento, sino como otra capa de la narración; a veces sumando y muchas otras, antagonizando y desafiando las ideas de mis personajes.

Dibujando la portada de la edición 2026 de la novela gráfica Bajo la piel de la bruja.
La portada también cambió. Quise acercarla visualmente a Lodo para que ambas obras compartieran una misma identidad. Y finalmente, decidí agregar un pequeño encore; una historia ambientada en este mismo 2026, pero que también nos abre una ventana al año de 1993.
Después de todo, las brujas del pozo llevan muchos años habitando las entrañas de Santa Lucía Ameyalco. Sería ingenuo pensar que esta historia termina aquí.
Así llegamos al final de esta nueva edición, una obra que surgió en medio de un reto de dibujo y que terminó convirtiéndose en un universo de horror cósmico, cuya semilla habita bajo la tierra de un pueblo desconocido en un cochino rincón del Estado de México, pero cuyos verdaderos monstruos transitan en su superficie y a la vista de todos.
Por eso sigo aceptando retos. No porque crea que me convertirán en mejor dibujante, sino porque, de vez en cuando, alguno de ellos termina recordándome por qué empecé a hacer cómics.
Hay libros que nacen porque uno tiene algo urgente que decir.
Y hay otros que aparecen porque, antes de contar la siguiente historia, uno necesita volver a tomar aire.
Mi novela gráfica Bajo la piel de la bruja nació exactamente por esa razón.
Yo soy Héctor Santarriaga, y estos fueron #Mis2Minutos.
Septiembre 2026
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