Durante más de veinte años busqué un libro que parecía haber desaparecido. Nunca imaginé que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a los lectores. Esta no es solamente la historia de una reedición. Es la historia de cómo un libro puede cambiar la vida de un lector y por qué preservar la memoria del cómic mexicano también es una forma de construir su futuro.

La edición 2021 de Fuego Lento.
I. Un libro que tardó veinte años en llegar
Hay libros que llegan a nuestras manos el mismo día en que los descubrimos. Otros aparecen meses después, cuando por fin los encontramos en una librería o en el stand de una feria. Y luego está Fuego Lento. Un libro que tardó más de veinte años en llegar a mis manos.
Lo curioso es que, cuando por fin lo tuve frente a mí, ya no era solamente un lector. Era uno de los editores que ayudarían a devolverlo a las librerías.
Durante mucho tiempo pensé que esta historia trataba sobre la búsqueda de un libro. Hoy sé que trata sobre algo mucho más grande: la importancia de preservar la memoria del cómic mexicano. Porque algunos libros no sólo merecen ser leídos. También merecen volver a existir.
Para entender por qué, hay que regresar a una época en la que internet sonaba antes de conectarse.
II. Monos y Moneros
Era 1999.
Yo estudiaba Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana y pasaba buena parte de mis noches sentado frente a una vieja computadora conectada a un módem de 28 kbps. Quienes vivieron aquellos años recordarán el ritual: marcar por teléfono, escuchar aquella secuencia de ruidos metálicos y esperar varios segundos antes de que apareciera la pantalla de conexión.
No existían las redes sociales. No había Facebook, ni Twitter, ni YouTube. Si querías conversar con otros aficionados al cómic, había que encontrarlos en foros de discusión.
Uno de ellos se llamaba Monos y Moneros.
Visto desde hoy parecía una plataforma muy rudimentaria. En aquel entonces era una puerta abierta hacia un mundo que yo apenas comenzaba a descubrir. Ahí se hablaba de historieta mexicana, de autores independientes, de publicaciones que difícilmente podían encontrarse en una tienda y de proyectos que existían gracias al esfuerzo de quienes los hacían realidad.
Entre los participantes más activos estaba Edgar Clement. Yo no lo conocía personalmente, pero aprendí muy pronto a prestar atención a lo que escribía. Compartía recomendaciones, opiniones y noticias sobre una escena del cómic mexicano que para mí era prácticamente desconocida.
Fue ahí donde leí por primera vez el nombre de Fuego Lento.
No recuerdo quién lo mencionó exactamente ni las palabras que utilizó. Probablemente fue Edgar hablando de uno más de los libros editados por El Taller del Perro. En aquellos días prácticamente sólo existían dos títulos que aparecían una y otra vez en las conversaciones: Operación Bolívar y Fuego Lento.
No hubo un momento de revelación.
Simplemente pensé:
“Algún día tengo que conseguir ese libro.”
Sin saberlo, aquella conversación en internet acababa de poner el primer ladrillo de una historia que tardaría más de dos décadas en completarse.
III. La búsqueda
Durante los siguientes años pregunté por Fuego Lento cada vez que tenía oportunidad.
No era una obsesión diaria. Era algo distinto.
Todos los lectores construimos listas invisibles de libros que queremos encontrar algún día. Algunos aparecen pronto. Otros permanecen ahí durante años, esperando el momento adecuado.
Fuego Lento pertenecía a esa segunda categoría, pregunté primero en el mismo foro, después en tiendas de cómics de la Ciudad de México, más tarde en puestos de revistas y hasta en los locales de libros usados de la calle Donceles en el centro histórico de la ciudad de México, en cualquier lugar donde pensara que pudiera aparecer un ejemplar olvidado. Nunca lo encontré.
En una ocasión un conocido me mostró el suyo. Lo sostuvo entre las manos como quien enseña una pieza rara de colección. Le pregunté si estaría dispuesto a venderlo.
No, lo atesoraba demasiado. Entendí perfectamente su respuesta.
Con el paso de los años dejé de buscarlo de manera activa, no porque hubiera perdido el interés, sino porque terminé aceptando que probablemente nunca lo encontraría.
Hay libros que se agotan, hay libros que desaparecen, y luego están aquellos que parecen convertirse en leyenda. Para mí, Fuego Lento era uno de ellos.
Años después descubriría que, a veces, los libros encuentran su propio camino de regreso. Y cuando eso ocurre, ya no llegan solamente como objetos. Regresan convertidos en memoria.
IV. El Taller del Perro
En 2001 tuve la oportunidad de visitar por primera vez El Taller del Perro. No fui buscando Fuego Lento. O, al menos, no únicamente.
Era estudiante universitario y, junto con dos compañeras de la UAM, Alejandra Valdés y Dulce Castro, preparábamos una entrevista para una investigación escolar. La cita original era con Ricardo Peláez Goycochea, pero él llegaría más tarde. Mientras tanto, quien nos recibió fue Edgar Clement.
Recuerdo perfectamente aquella casa de la colonia Portales.
Entrabas por una puerta angosta que conducía a un pequeño pasillo. Después venía un patio y, al fondo, la casa. Era vieja, modesta y estaba llena de libreros, restiradores, escritorios y montones de libros en todas las habitaciones. Era un lugar donde daba la impresión de que las historietas nacían todos los días.
Mientras esperábamos la llegada de Ricardo, conversamos con Edgar sobre historieta mexicana, sobre su trabajo y sobre los libros que publicaban, el plan no era grabarlo y entrevistarlo, pero lo hicimos.
Aproveché para comprar un ejemplar de Operación Bolívar directamente con él.
Cuando Ricardo Peláez Goycochea finalmente llegó, la entrevista transcurrió como estaba prevista. Hablamos de su trabajo y de su manera de entender la historieta mientras pintaba con acuarela una ilustración para un cartel. Antes de despedirme, hice una pregunta que llevaba tiempo esperando formular.
—¿Todavía tienes ejemplares de Fuego Lento?
La respuesta fue sencilla.
—Ya no. Se agotó.
No hubo una explicación larga, no pregunté cuándo volvería a imprimirse, tampoco insistí. Si un libro ya no existía, simplemente había que aceptar la realidad.
Salí de aquella casa con un ejemplar de Operación Bolívar, un regalo inesperado de Ricardo —el último ejemplar de Sensacional de Chilangos, que tenía un defecto de encuadernación— y la certeza de que Fuego Lento seguía fuera de mi alcance.
Todavía no lo sabía, pero esa visita marcaría el principio de una relación que, muchos años después, terminaría cambiando el destino de aquel libro.
V. Veinte años
Con los años seguí leyendo a Ricardo Peláez Goycochea. Admiré su trabajo, vi cómo continuaba construyendo una de las trayectorias más sólidas del cómic mexicano y confirmé una impresión que nunca me abandonó: era uno de esos autores capaces de enseñar incluso cuando uno sólo los lee.
Siempre me he referido a él como el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Nunca fui alumno suyo. Nunca tomé alguno de los talleres, cursos o diplomados que ha impartido durante tantos años, y, sin embargo, cada vez que estudio su trabajo siento que aprendo algo. Mucho tiempo después descubriría que Fuego Lento era quizá la mejor clase que podía recibir.
VI. Ciudad Juárez
En 2019 Logan Wayne y yo viajamos a Ciudad Juárez para participar en la FELIF, la Feria del Libro de la Frontera. Atendíamos nuestro stand como cualquier otro expositor cuando vimos acercarse a un visitante conocido.
Era Ricardo Peláez Goycochea.
Unos meses antes el Fondo de Cultura Económica había publicado El Complot Mongol y Ricardo se encontraba realizando actividades de promoción. En algún momento decidió recorrer la feria y visitar los stands de las editoriales.
Se acercó a saludarnos. Nos felicitó por el trabajo que estábamos haciendo.
Y entonces, casi como quien lanza una idea al aire, dijo una frase que cambió el rumbo de esta historia.
—A ver si publicamos Fuego Lento. ¿Les gustaría?
Lo dijo en plural.
No buscaba solamente una editorial que imprimiera su libro. Quería construir el proyecto junto con nosotros. Recuerdo perfectamente mi reacción. Si la decisión hubiera dependido únicamente de mí, habría respondido inmediatamente que sí.
Llevaba casi veinte años esperando ese libro.
Pero en Pura Pinche Fortaleza Cómics las decisiones editoriales nunca las toma una sola persona. Se construyen en consenso.
Le respondí que, personalmente, la idea me emocionaba muchísimo. Le confesé que llevaba dos décadas buscando un ejemplar sin éxito y que me parecía una oportunidad extraordinaria para devolver ese libro a los lectores.
Después vendrían las conversaciones editoriales.
Ricardo propuso que el proyecto se publicara con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Conforme las conversaciones avanzaron, invitó también a Animal Gráfico, el sello editorial de Enrique Buenrostro, amigo suyo desde hacía muchos años. La colaboración surgió de manera natural: la Fortaleza aportaría su experiencia como proyecto editorial independiente y Animal Gráfico se sumaría como un aliado fundamental para hacer posible aquella nueva edición.
Vista desde hoy, aquella conversación duró apenas unos minutos.
Pero fue suficiente para cambiar el destino de un libro que muchos creíamos condenado al olvido.Y también cambió el nuestro, porque, sin saberlo, estábamos a punto de descubrir que reeditar un libro no consiste únicamente en volver a imprimirlo. A veces significa volver a pensarlo desde el principio.
VII. Reeditar también es volver a escribir
Cuando Ricardo Peláez Goycochea nos entregó los archivos de Fuego Lento, entendí que reeditar un libro no consiste en volver a imprimirlo. Consiste en volver a leerlo, y, a veces, en volver a discutirlo.
También ocurrió algo más, nos prestó su propio ejemplar de Fuego Lento para hacerle una revisión. Después de tanto tiempo pude tener de nuevo en mis manos un ejemplar del Fuego Lento original.

Revisamos los detalles del libro e incluso le hicimos un video para revisarlo página por página.
Desde el principio Ricardo quiso involucrarse activamente en todo el proceso. No llegó con la idea de entregar un archivo y esperar el resultado. Quería construir la nueva edición junto con nosotros.
Muy pronto comenzamos a reunir ideas para la portada.
Las conversaciones fueron creciendo de manera natural entre Ricardo, Logan Wayne, Tebin, Enrique Buenrostro y yo. Cada quien aportaba observaciones desde su experiencia como editor, diseñador o autor. Ninguna decisión se tomó a la ligera. Queríamos que aquella nueva edición respetara el espíritu del libro original, pero también que dialogara con lectores que, como yo veinte años atrás, apenas iban a descubrirlo.
Fue entonces cuando entendimos que no queríamos hacer un simple facsímil. Queríamos hacer la mejor edición posible de Fuego Lento. Ricardo aprovechó esa oportunidad para volver a recorrer su propia obra. Incorporó nuevas historietas que no formaban parte de la edición original y, al mismo tiempo, propuso una decisión que, al principio, nos sorprendió a todos.
Quería retirar Madre Santa.
Paradójicamente, era la historieta más conocida del libro.
Escrita por Erik Proaño “Frik” y dibujada por Ricardo Peláez Goycochea, con el paso de los años había adquirido vida propia, unos años antes Animal Gráfico había publicado una edición conmemorativa por su trigésimo aniversario.
La propuesta parecía arriesgada.
Quitar la historia más famosa de un libro suele ser exactamente lo contrario de lo que cualquier editor recomendaría. Pero mientras hablábamos de ello comprendimos que Ricardo no estaba pensando en conservar un objeto.
Estaba pensando en fortalecer un libro.
Madre Santa ya tenía un camino propio. Fuego Lento también merecía encontrar el suyo. Aceptamos el cambio y creo que fue la decisión correcta.
Aquella conversación me dejó una enseñanza que desde entonces no he olvidado. Reeditar un clásico no significa convertirlo en una pieza de museo. Significa preguntarse cuál es la mejor versión posible de esa obra para los lectores de hoy.
Hubo también pequeños ajustes invisibles para la mayoría de los lectores. Ricardo retocó algunos dibujos y corrigió textos digitalmente algunos textos que estaban escritos directamente sobre el arte original. Volvió a dibujar letras.
Revisó detalles que probablemente muy pocas personas notarían. Pero ésa es justamente la diferencia entre imprimir un libro y editarlo.

Ricardo firmando las pruebas de color de Fuego Lento 2021.
Los lectores quizá nunca vean ese trabajo, pero el libro sí lo recuerda.
VIII. Cuando el libro volvió a existir
Los paquetes llegaron a casa de Logan Wayne.
Como ocurría con cada tiraje nuevo, primero aparecieron las cajas. Después vino el ritual de siempre: abrirlas, revisar los acabados, comprobar la impresión y hojear los primeros ejemplares para asegurarnos de que todo hubiera salido como lo imaginábamos.
Sólo estábamos Logan y yo.
Habíamos esperado ese momento durante muchos meses. Abrimos los paquetes con la emoción de quien sabe que está sosteniendo algo irrepetible.
Pasé las páginas lentamente.
No pude evitar acordarme de aquel ejemplar original que Ricardo nos había prestado durante el proceso editorial.
Veinte años antes yo había recorrido media Ciudad de México intentando encontrar ese libro, ahora lo tenía entre las manos, y, de alguna manera, también formaba parte de él.
Al día siguiente llegó Ricardo Peláez Goycochea, habíamos organizado una jornada completa para firmar los ejemplares de la preventa y de la campaña de fondeo que hicimos en 2021.

Ricardo Peláez Goycochea con la nueva edición de Fuego Lento en 2021.
Tomó el libro entre las manos. Lo observó unos segundos sin decir nada. Pasó lentamente el pulgar sobre la portada y comenzó a hojearlo. Sonrió. No hizo falta preguntar qué estaba sintiendo.
Durante horas dedicó libro tras libro con una paciencia admirable.
Se notaba que le tenía un cariño muy especial a esa obra.
Lo observaba sonreír mientras firmaba ejemplares y pensaba que, después de tantos años, Fuego Lento por fin estaba encontrando nuevos lectores.
En ese momento entendí algo que hasta entonces no había alcanzado a dimensionar.
Nosotros no acabábamos de publicar un libro.
Acabábamos de devolver una parte de la historia del cómic mexicano a las manos de sus lectores, y, sin saberlo, ese proyecto también estaba definiendo el camino editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics.
Porque después de Fuego Lento llegarían otros proyectos que compartían la misma convicción, como la edición definitiva de Operación Bolívar, más tarde Kerubim y Los Perros Salvajes de Edgar Clement, luego la trilogía El Sombra, de Edu Molina.
Poco a poco comprendimos que una editorial independiente no sólo puede descubrir nuevas voces.
También puede impedir que las voces fundamentales desaparezcan.
IX. El maestro Ricardo Peláez Goycochea
Cuando por fin pude leer Fuego Lento entendí por qué tantas personas hablaban de él como un libro fundamental para el cómic mexicano.
No porque contuviera una sola gran historia, sino porque reunía treinta y siete. Treinta y siete maneras distintas de mirar la ciudad, la vida cotidiana y las contradicciones de un país que cambiaba a una velocidad vertiginosa.
Cada historieta parecía pertenecer a un universo diferente. Ricardo Peláez Goycochea cambiaba de registro gráfico con una naturalidad sorprendente. Había páginas construidas con una economía de líneas admirable y otras donde cada viñeta estaba llena de detalles.
Algunas historias se resolvían en pocas páginas; otras se tomaban el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes.Nada se repetía, y, sin embargo, todo conservaba una misma voz.
Con los años he vuelto muchas veces a ese libro, cada lectura me descubre algo distinto, una decisión de composición, una secuencia que antes había pasado por alto, un silencio, una forma de utilizar el blanco y negro, un ritmo narrativo.
Sigo aprendiendo.
Por eso siempre me he referido a Ricardo como el maestro Ricardo Peláez Goycochea, no porque haya tomado clases con él, sino porque algunos autores enseñan desde sus páginas.
Y ésa, quizá, sea la forma más difícil de enseñar.
X. La memoria también se edita
A veces pienso en aquel estudiante universitario que, sentado frente a una computadora conectada a un módem de 28 kbps, leyó por primera vez el nombre de Fuego Lento en un foro de internet.
Nunca imaginó que pasarían más de veinte años antes de tener ese libro entre las manos, mucho menos que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a las librerías.
Durante mucho tiempo creí que esta historia hablaba de la paciencia de un lector, hoy entiendo que hablaba de otra cosa. Hablaba de la responsabilidad de un editor.
Con frecuencia pensamos que el trabajo editorial consiste en descubrir nuevas voces. Y es cierto. Pero también existe otra tarea igual de importante: impedir que las voces que ya transformaron nuestra manera de entender el cómic desaparezcan con el paso del tiempo.
Cada generación necesita encontrar sus propios libros, pero también necesita poder leer aquellos que marcaron el camino, ya que si esos libros dejan de circular, no sólo perdemos papel y tinta. Perdemos memoria y una comunidad sin memoria está condenada a empezar de cero una y otra vez.
Por eso creo que reeditar Fuego Lento fue mucho más que recuperar un título agotado.
Fue una manera de decir que la historia del cómic mexicano no pertenece únicamente al pasado, sigue escribiéndose cada vez que un lector abre por primera vez uno de esos libros.
Quizá ésa sea la verdadera razón por la que algunos libros merecen volver a existir, no porque sean piezas de colección, no porque alcancen precios absurdos en el mercado de segunda mano, sino porque todavía tienen algo que decir.
Y porque siempre habrá alguien que necesite encontrarlos, igual que yo los necesité hace más de veinte años.
Mi nombre es Héctor Santarriaga y estos fueron #MisDosMinutos.
Cronología de una búsqueda:
1999
Descubro la existencia de Fuego Lento en el foro Monos y Moneros.
2001
Visito por primera vez El Taller del Perro buscando un ejemplar.
2001–2019
Durante casi veinte años sigo preguntando por el libro en librerías, puestos de revistas y ferias del libro.
2019
En la Feria del Libro de la Frontera (FELIF), en Ciudad Juárez, Ricardo Peláez Goycochea propone reeditar Fuego Lento con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Meses después, Animal Gráfico se suma al proyecto editorial.
2021
Se publica la nueva edición revisada y ampliada de Fuego Lento.

Portada de la edición 2021 de Fuego Lento.
Ficha técnica de la obra:
Título: Fuego Lento
Antología de historieta mexicana.
Autor: Ricardo Peláez Goycochea
Género:
Extensión: 144 páginas 16 páginas a color 128 en blanco y negro.
Tamaño: 20 x 23 cm.
Acabados: Forros a color con laminado mate y barniz a registro.
Fecha de publicación: Abril de 2021.
Editado por: Pura Pinche Fortaleza Cómics y Animal Gráfico.
Sinopsis: Fuego Lento es una recopilación de 37 historietas realizadas por el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Fuego Lento es una obra fundamental de la narrativa gráfica. mexicana y piedra angular de la historieta independiente.
En Pura Pinche Fortaleza Cómics consideramos muy importante rescatar este legado para ponerlo a disposición de los nuevos lectores para que quede constancia de la calidad de cómic independiente que se hacía a finales del siglo 20 en México. En esta nueva edición logramos consolidar la mayor parte del trabajo historietístico de Ricardo Peláez Goycochea ya que es una versión corregida y aumentada de aquella edición original. Tal travesía fue posible al hacer sinergia con la editorial hermana Animal Gráfico. Historietas domésticas para sazonar el olvido.
FUEGO LENTO está disponible en:
Libro físico: https://www.mercadolibre.com.mx/fuego-lento-antologia-de-comic-mexicano-de-ricardo-pelaez-g/up/MLMU1012218879
Buscalibre: https://www.buscalibre.com.mx/libro-fuego-lento/9786079916107/p/55155309
Libro digital: https://mybook.to/FuegoLentoEbook
Playlist de YouTube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLuSWLXcZvHsDLvtAGHMeBS65ClZiLdnHG














































