En noviembre de 2011, el 11/11/11, publicamos una revista de 64 páginas con un tiraje de apenas 500 ejemplares. Se llamaba Nostromo Volumen 1. No nació como editorial. No nació como empresa. Nació como una necesidad.
Así comenzó lo que hoy se conoce como Nostromo Ediciones: una editorial de cómic mexicano independiente.
El camino para llegar ahí no fue lineal. Nunca lo fue.
Los cómics me encontraron muy temprano. Antes de pensar en una profesión, ya pensaba en historias. Antes de imaginar una carrera, ya dibujaba. Tuve la fortuna de crecer rodeado de libros, cómics y materiales para crear. Dibujar no era un pasatiempo: era una forma de estar en el mundo. Nunca visualicé mi vida sin hacerlo, aunque tampoco sabía cómo convertir esa pulsión en destino.
Estudié Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana con una intención muy clara —y un poco clandestina—: entender el sistema desde dentro para poder colarme en el mundo del cómic sin naufragar. Pero cuando intenté tocar puertas, descubrí que no había puertas. La industria del cómic en México había colapsado. No había industria. Era un desierto salvaje, con algunos bastiones resistiendo aquí y allá.
A finales de los años noventa existía un foro en internet llamado Monos y Moneros. Ahí se discutía todo lo que orbitaba alrededor del cómic mexicano, a la vertiginosa velocidad de 28 kbps. En ese espacio supe de El Taller del Perro, colectivo surgido tras la experiencia de la revista Gallito Cómics. Publicaban obra autoral y desarrollaban proyectos comerciales para sostenerse. No pedían permiso: construían su propio espacio. Eso me marcó.
En 2001 conocí personalmente a dos de sus figuras más importantes: Edgar Clement y Ricardo Peláez Goycochea. Los entrevisté con el pretexto de un proyecto escolar, pero en realidad estaba buscando una ruta, dejándolo grabado en VHS. Intenté replicar ese modelo colectivo en dos ocasiones: con Colectivo Dosis y con Ediciones La Parranda. No funcionó. Aprendí, sí. Pero no funcionó.
Mientras tanto ejercí como diseñador y director de arte en Editorial Televisa, trabajando en revistas infantiles. Pero nunca quité el dedo del renglón. Siempre estaba buscando cómo abrir espacio para el cómic mexicano. Eso me permitió mantener contacto profesional con autores, ilustradores y gente del medio.
Después vinieron años de colaboraciones esporádicas. Historias cortas aquí y allá. Invitaciones que agradecía, pero que me recordaban algo incómodo: dependía de que alguien más abriera la puerta. Muchos de esos cómics hoy están reunidos en mi antología Forjador. Y el título no es casualidad: así forjé mi camino en este medio, a golpes constantes y secos, hasta que algo empezó a ceder.
Entonces decidí dejar de tocar puertas.
En 2011 intenté algo distinto. No una editorial. No un sello. Una revista. Una antología de ciencia ficción que sirviera como trampolín para que los autores desarrolláramos nuestros propios proyectos. Así nació Nostromo Volumen 1. Se presentó en el Festo 2011, el Primer Festival de autores de cómic de la Ciudad de México.
Fue un paso pequeño en apariencia. Pero fue el primero en nuestras propias condiciones.
Ahí entendí algo fundamental: no se trataba de pedir espacio. Se trataba de construirlo.
En 2012 publicamos Nostromo Volumen 2, Ecos Secuenciales V.1 y la novela gráfica colaborativa A Puerta Cerrada. En 2013 apareció Nostromo Volumen 3. Éramos pocos. Los recursos eran limitados. Todo era autogestión. Todo era riesgo.
Mientras nosotros luchábamos por existir, otros autores comenzaron a preguntarnos qué necesitaban para publicar con nosotros. Me sorprendía. Estábamos autopublicándonos, asumiendo cada costo, cada error y cada aprendizaje. En ese momento era imposible pensar en publicar obra externa. Primero teníamos que sostener la nuestra.
En 2014 publiqué Hermanos, mi primera novela gráfica. La etapa de las antologías cerraba. El trampolín había funcionado. Nostromo empezaba a transformarse. Después llegaron más novelas gráficas: Coda: La bailarina, el hipopótamo y el muro, Luz eterna y Cuervo eléctrico.
En 2017 cambiaron muchas cosas. Se integró Tebin al proyecto. Llegaron más libros, más eventos, más lectores. Ese mismo año comenzamos una sinergia natural con Editorial Perro Muerto, encabezada por Logan Wayne. Caminábamos en paralelo, con la misma terquedad.
En 2018, durante el Salón del Cómic + Novela Gráfica de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, anunciamos que tanto Editorial Perro Muerto como Nostromo Ediciones se integrarían a Pura Pinche Fortaleza Cómics. No desaparecimos. Nos fortalecimos. Y sí: desde entonces, todo cambió.
Porque ninguno de nosotros está aquí de visita.
En 2019 lanzamos el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica. Coeditamos las antologías Niño Terror. Publicamos obras de autores que admirábamos profundamente, como Fuego Lento de Ricardo Peláez Goycochea y Operación Bolívar de Edgar Clement. Construimos un catálogo que hoy ronda los 50 títulos y siete novelas gráficas ganadoras de nuestro concurso.
En 2022 publicamos Gallito Cómics 61, un homenaje a la mítica revista, con la participación de alrededor de 60 autores de la escena actual del cómic mexicano.
Pero más allá de los números, hay algo más importante: durante 15 años, Nostromo Ediciones me permitió no detenerme. Me permitió pasar de ser “alguien que quiere hacer cómics” a convertirme en un autor con doce novelas gráficas publicadas, múltiples antologías y una línea editorial consolidada.
Han sido 15 años de fricción.
15 años de resistencia.
15 años de hacer ruido.
No ruido como moda.
Ruido como insistencia.
Ruido como declaración.
En noviembre de 2026, Nostromo Ediciones cumple 15 años.
Y no vamos a mirar atrás con nostalgia. Vamos a mirar al frente con intención.
Porque 15 años no nos hicieron dóciles.
Nos hicieron más conscientes.
Más radicales.
Más claros.
Ha llegado el momento de sacudir las cosas.
De tensar la cuerda.
De empujar los límites.
15 años parecen poco. Pero son 15 años picando piedra. 15 años demostrando que el cómic mexicano independiente no necesita permiso para existir.
Si algo hemos aprendido en este tiempo es esto:
El ruido no se apaga.
El ruido evoluciona.
15 años haciendo ruido.
En 2026, todo cambia.
Y lo mejor —créelo— todavía está por venir.
Resistir es existir.
— Héctor Santarriaga
Marzo 2026
