La nueva portada de la novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA

“Hay libros que nacen porque uno tiene algo urgente que decir, y hay otros que aparecen porque, antes de contar la siguiente historia, uno necesita volver a tomar aire…”

 

En 2019 publiqué mi novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA, una obra a la cual le tengo un cariño muy especial y que al día de hoy, prácticamente se encuentra agotada.

Ya anteriormente he compartido en este blog, sobre el camino que ha recorrido la obra.

El año pasado además publiqué mi novela gráfica LODO, una obra ambientada en este mismo universo.

Este año 2026, mi obra tendrá una nueva edición y este es el avance de la nueva portada de la novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA.

¿Qué te parece?

Dibujando la portada de la edición 2026

Si te interesa esta nueva edición, te recomiendo que te mantengas al tanto, ya que estaré compartiendo información importante sobre el proceso de la obra y la preventa:

 

Yo soy Héctor Santarriaga y estos fueron #Mis2Minutos

 

 

¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

La pregunta aparece una y otra vez.

Al terminar una conferencia. Durante un taller. Mientras firmo un libro en una feria o converso con alguien después de una presentación. Casi siempre la hace un joven que lleva un cuaderno lleno de dibujos bajo el brazo. A veces es un padre que acompaña a su hijo. Otras, una estudiante que está por terminar la preparatoria y siente que la decisión que tome en los próximos meses definirá el resto de su vida.

—¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

Durante mucho tiempo, pensé en responder con una lista de licenciaturas. Era una respuesta correcta, pero nunca era suficiente.

Porque la pregunta estaba mal planteada. No porque elegir una carrera no sea importante. Lo es. Elegir estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco fue una de las mejores decisiones de mi vida. Lo que ocurre es que ninguna universidad, por buena que sea, puede formar por sí sola a un autor de cómics.

Eso lo descubrí mucho antes de entrar a la universidad.

Y lo hice casi por accidente.

1. Dibujar.

A mí lo que me gustaba era dibujar.

Cuando era niño, fui muy afortunado porque siempre tuve libretas de hojas blancas a mi alcance para hacerlo. Algunas eran en tamaño francesa, pero la mayoría eran en formato italiana, casi siempre tuve a la mano crayolas, lápices de madera y cuando me iba bien hasta plumones, esos casi siempre fueron un lujo, ya que siempre se secaban demasiado rápido.

Me gustaba echarme en el piso y dibujar mientras veía las caricaturas. Recuerdo que cuando tendría tal vez unos ocho años, mientras veía Sandy Bell, les dije a mis papás:

– De grande, yo podría pintor, como Marcos.

Marcos era el novio de la protagonista de aquella serie de anime de los años 80 que transmitían en canal 5, un personaje bohemio que pintaba paisajes. Mi mamá sonrió y me dijo que eso estaba bien, porque entonces podría estudiar algo como Arquitectura. Porque ser arquitecto es una profesión súper respetable; pintar cuadros, en cambio, no tanto.

En mi familia nadie se dedicaba al dibujo, ni a la pintura ni a ninguna disciplina artística. Mi madre simplemente intentaba traducir aquello que yo sentía a un mundo que ella sí conocía. Yo solo pensaba que pintar paisajes no es lo mismo que construir edificios.

Yo dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en hojas recicladas y, cuando no encontraba papel, sobre cualquier cartón que apareciera en la casa. Copiaba personajes de caricaturas, inventaba monstruos, llenaba páginas con naves espaciales, espadas poderosas y ciudades enteras.

No tenía método, tampoco disciplina. Dibujaba porque me gustaba hacerlo, dibujaba en todos lados, todo el tiempo. Cuando cursaba el cuarto año de primaria lo hacía junto con mis amigos Pablo y Ángel. Pablo dibujaba aviones y jets; Ángel dibujaba fortalezas y laberintos submarinos; yo intentaba un poco de todo. Incluso vendíamos nuestros dibujos y repartíamos las ganancias entre los tres.

Al terminar la primaria le perdimos la pista a Ángel. Con Pablo seguí viéndome durante toda la secundaria y yo seguía dibujando. Nunca pensé que aquello pudiera convertirse en un trabajo, ni siquiera recuerdo haberme hecho esa pregunta. En mi cabeza, dibujar pertenecía a un mundo distinto del de las profesiones.

Estaba en tercero de secundaria cuando una tarde platicaba con Pablo sobre el futuro. Pronto terminaríamos la escuela y comenzaríamos otra etapa. ¿A qué preparatoria entraríamos? ¿Seguiríamos siendo amigos? ¿Qué estudiaríamos después?

Recuerdo que le dije que me gustaría vender mis dibujos o dedicarme a pintar.

Pablo guardó silencio.

Abrió mucho los ojos y respondió sin pensarlo dos veces.

—¡No lo hagas! ¡No quiero verte vendiendo tus pinches cuadritos en una banqueta! Te vas a morir de hambre.

No recuerdo qué contesté.

Creo que ni siquiera intenté defenderme.

Simplemente seguí caminando con esa frase dando vueltas en la cabeza.

No entendía por qué alguien que dibujaba como yo veá las cosas de esa manera.

Hoy entiendo por qué reaccionó así. Pablo tenía muy claro que estudiaría la preparatoria en el ITESM y después una carrera universitaria, creo que entonces él quería ser ingeniero, y él, ya veía el mundo desde esa lógica.

Creo que desde ese día nuestros caminos empezaron a separarse.

II. Al dos por uno.

Cada semana iba religiosamente al puesto de revistas que estaba a dos cuadras de mi casa buscando el siguiente número de La Espada Salvaje de Conan o de Spider-Man. Aquella tarde no encontré ninguno. Conan estaba llegando a sus últimos números y cada vez era más difícil conseguirlo.

Después de revisar el exhibidor sin suerte, vi un paquete con dos ejemplares de Karmatrón y los Transformables. Venían embolsados juntos y tenían un letrero de 2×1.

Ya conocía esa historieta de vista, pero nunca me había llamado la atención. No la elegí porque buscara algo diferente. La elegí porque era lo único que había despertado un poco mi curiosidad y, además, estaba en oferta.

Me llevé los dos ejemplares a casa.

Leí ambos esa misma tarde. Empecé por el número 88 porque pensé que sería más fácil entender una historia que llevaba menos tiempo publicándose. Me equivoqué. Los dos continuaban una trama iniciada mucho antes y tampoco terminaban ahí. Entré a ese universo por la mitad.

La historia me pareció sencilla, casi como un episodio de caricaturas. Había robots, guerreros, ninjas, naves espaciales y extraterrestres. Pero lo que más llamó mi atención no fue la trama. Fue la sensación de que todo aquello pertenecía a un universo mucho más grande del que yo apenas alcanzaba a ver un fragmento.

Leí las cartas de los lectores, miré los dibujos que enviaban otros muchachos. Regresé a los créditos. Había algo en esas páginas que seguía llamándome la atención, aunque todavía no sabía ponerlo en palabras.

Los personajes hablaban con expresiones que yo escuchaba todos los días. Las respuestas a las cartas tenían un humor que me resultaba familiar. Poco a poco empecé a sentir que aquellas páginas venían de un lugar menos lejano que los héroes de Marvel o Conan.

Esa noche guardé los dos ejemplares de Karmatrón junto con mis otros cómics.

No estaba pensando en los personajes.

Estaba pensando en las personas que los habían inventado.

Hasta ese momento, todos los autores que leía parecían vivir muy lejos: Estados Unidos, Europa o Japón. Nunca me había detenido a pensar que alguien nacido en México pudiera dedicarse profesionalmente a hacer historietas.

Durante varios días seguí regresando a esos dos ejemplares. Ya no buscaba entender la historia. Buscaba entender a quienes la habían hecho. Hoy bastaría escribir un nombre en un buscador. En aquel entonces tenía que encontrar otra manera.

El problema era que no sabía cuál.

III. La guía.

Tenía quince años cuando entré a la Preparatoria 4 de la UNAM.

Todavía estaba lejos de elegir una carrera, pero para mí aquel lugar representaba algo importante. Desde niño había querido estudiar en la UNAM. No sabía exactamente qué quería hacer con mi vida, pero sí imaginaba que ése era el siguiente paso.

Entrar no había sido sencillo. Miles de jóvenes presentábamos el mismo examen para conseguir un lugar. En mi casa nadie lo daba por hecho. Mis papás celebraban mi entusiasmo, pero también sabían que el resultado no dependía únicamente de las ganas.

El día que aparecieron las listas y resulté selecciondado sentí una mezcla de alivio y emoción. Mis papás estaban tan contentos como yo. Tal vez más. La universidad, que durante años había sido una idea lejana, de pronto parecía un camino posible.

Unos días después, al terminar de comer, mi papá dejó un libro sobre la mesa.

Era la guía de carreras de la UNAM.

Gruesa como una biblia, tenía una portada azul marino con el escudo de la universidad en amarillo y el título en color magenta. Me parecía una portada en verdad espantosa.

Nunca le pregunté dónde la consiguió. Tampoco recuerdo qué dijo al entregármela. Lo que sí recuerdo es la sensación de abrirla por primera vez.

Ahí estaban reunidas todas las facultades, todos los planes de estudio y todas las profesiones que, según yo, existían. Empecé a recorrer sus páginas con calma, carrera por carrera, facultad por facultad. No buscaba la mejor opción. Buscaba un lugar donde pudiera imaginarme viviendo.

Desde hacía tiempo repetía una frase que a mis papás seguramente les sonaba ingenua:

—Quiero que cada día sea diferente a los demás.

No sabía cómo se llamaba una vida así. Sólo sabía que no quería pasar mis días haciendo exactamente lo mismo, sentado en una oficina esperando que llegara el viernes.

Durante varios días recorrí aquella guía una y otra vez. Descubrí profesiones de las que nunca había oído hablar. Otras me parecieron fascinantes. Algunas las descarté casi de inmediato.

Pero, conforme avanzaba, empezó a crecer una incomodidad difícil de explicar.

Había algo que no encontraba.

Cerré el libro.

Al día siguiente volví a abrirlo. Pensé que la carrera que buscaba simplemente se me había pasado. Empecé otra vez desde el principio. Recuerdo perfectamente que Actuaría era la primera carrera. Estaban ordenadas alfabéticamente.

Quizá había leído demasiado rápido. Quizá la profesión que buscaba tenía otro nombre. Después de todo, acababa de descubrir carreras de las que jamás había oído hablar.

Cada vez que encontraba una licenciatura relacionada con dibujar, diseñar o contar historias, me detenía un poco más. Leía el plan de estudios. Imaginaba las clases. Trataba de adivinar cómo sería la vida de alguien que estudiaba ahí.

Pero ninguna hablaba de hacer historietas, ninguna mencionaba la narrativa gráfica. Ninguna prometía enseñar a escribir y dibujar cómics.

Lo desconcertante era que, para entonces, yo ya sabía que esa profesión existía. Alguien hacía Batman, alguien dibujaba Conan. Alguien realizaba las historietas de Novdedades Editores o de Editorial Vid que yo compraba cada semana.

No eran personajes imaginarios. Eran trabajos reales. Había personas que vivían de hacer eso.

Volví a recorrer la guía. Poco a poco fui descartando opciones, no porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque algunas parecían acercarse, aunque fuera de manera tangencial, a lo que yo buscaba: Diseño Gráfico, Artes Visuales, Comunicación Gráfica.

Entonces, ¿dónde habían aprendido?

La pregunta empezó a acompañarme durante semanas.

No era una preocupación urgente. Seguía asistiendo a clases, haciendo tareas, saliendo con mis amigos y comprando cómics cuando el dinero alcanzaba.

La vida seguía.

Pero, de vez en cuando, la guía volvía a la mesa, la abría otra vez, buscaba con menos esperanza y con más curiosidad. Había carreras para construir edificios, para diseñar automóviles, para curar enfermedades, para estudiar el espacio, para enseñar, para investigar. Parecía haber una profesión para casi cualquier cosa, menos para hacer cómics.

Con el tiempo dejé de buscarla.

No porque hubiera encontrado la respuesta, simplemente acepté que, si existía, no estaba en ese libro.

Y esa idea, lejos de desanimarme, produjo un efecto extraño.

Por primera vez empecé a sospechar que algunas vidas no cabían por completo dentro de un plan de estudios.

III. Papel china amarillo.

Los lunes eran especiales. Mis clases terminaban temprano y, cuando tenía algo de dinero en la bolsa, hacía una parada obligada en una tienda de cómics llamada Cómics S.A., con el tiempo aquella visita se convirtió en un pequeño ritual. Llegaba, revisaba las novedades y, si la suerte ayudaba, salía con algún ejemplar bajo el brazo.

Una tarde llegué antes de que abrieran. Me senté en la banqueta a esperar. Saqué mi cuaderno y empecé a dibujar.

No recuerdo qué estaba haciendo aquella vez. Quizá algún personaje inventado o una página de práctica. Lo único que recuerdo con claridad es que estaba tan concentrado que no noté cuándo llegaron otras dos personas a esperar la apertura de la tienda.

Conversaban de cómics como si se conocieran desde hacía años, hablaban de autores, editoriales y series que yo apenas comenzaba a descubrir.

Después de un rato uno de ellos se despidió. El otro permaneció ahí y durante algunos minutos siguió mirando cómo dibujaba, hasta que finalmente se acercó.

—¿Puedo ver tu cuaderno?

Sentí esa mezcla de orgullo y vergüenza que aparece cuando alguien pide ver algo que uno todavía no sabe si vale la pena mostrar.

Se lo entregué. Fue pasando las hojas despacio. De vez en cuando sonreía. En otras hacía un gesto como si intentara entender qué buscaba resolver en determinado dibujo.

Después levantó la vista.

—¿Conoces a Óscar González Loyo?

Negué con la cabeza.

—¿Y Karmatrón?

Recordé el 2×1.

—Tengo un par de números.

Sonrió.

Entonces me habló de una tienda en Ciudad Satélite donde, los fines de semana, Óscar González Loyo, el autor de Karmatrón, revisaba gratuitamente los dibujos de cualquiera que quisiera aprender.

No hizo un gran discurso, no intentó convencerme. Lo contó con la naturalidad con la que alguien recomienda una buena librería.

—Si quieres, vamos este sábado.

Acepté de inmediato, no porque creyera que ahí encontraría todas las respuestas. Acepté porque, por primera vez desde aquella tarde en que compré aquellos dos ejemplares de Karmatrón, aparecía una posibilidad concreta de conocer a una de esas personas que hasta entonces sólo existían en los créditos de los cómics.

La tienda se llamaba Ka-boom.

Estaba detrás de Plaza Satélite, lo primero que recuerdo no son los estantes, ni los pósters, lo primero que recuerdo fue el ambiente.

Frente al local había varias mesas ocupadas por jóvenes que dibujaban mientras conversaban, algunos trabajaban en silencio, otros discutían sobre anatomía, tinta o el cómic que acababan de leer. Del techo colgaba un televisor que reproducía capítulos de Los Simpson. A veces aparecía también Spider-Man: The Animated Series. Nadie parecía prestarle demasiada atención, era parte del lugar.

Hasta entonces dibujar había sido una actividad profundamente solitaria, yo conocía personas que leían cómics, conocía personas que dibujaba, pero nunca había visto reunidas tantas cuya vida pareciera girar alrededor de esas dos cosas.

Aquello me produjo una sensación difícil de explicar. Por primera vez tuve la impresión de que no era el único.

Mientras intentaba absorber todo lo que veía, esperé junto a un pequeño privado con paredes de cristal y adentro había un restirador. Un hombre revisaba cuidadosamente los dibujos de varios muchacho, los observaba cada hoja con calma, corregía alguna línea, hacía una anotación y pasaba a la siguiente.

Era Óscar González Loyo.

Esperé mi turno.

Cuando terminó con el último joven, me saludó con amabilidad y enseguida me pidió que le mostrara mis dibujos, tomó el cuaderno sin prisas, revisó la primera página, luego la segunda. Óscar observaba, nada más.

Hoy todavía conservo aquellos dibujos, cuando vuelvo a mirarlos encuentro errores por todas partes, proporciones inseguras, poses rígidas, anatomías imposibles.

Pero Óscar nunca hizo que aquello pareciera un problema, me recomendó algunos ejercicios de caligrafía para soltar la mano y cuando terminó hizo algo que entonces no comprendí.

Llamó a su padre.

—Él puede ayudarte más.

Así conocí a don Óscar González Guerrero.

Yo no sabía quién era. Años después entendería que estaba frente a una de las figuras fundamentales de la historieta mexicana, en ese momento sólo era un hombre amable que comenzó a revisar mis dibujos, tomó una hoja de papel china amarilla, la colocó sobre uno de ellos y con apenas unos cuantos trazos corrigió una figura. Luego otra. Después otra más.

Era sorprendente.

Con unas cuantas líneas conseguía que dibujos con los que yo llevaba días peleando empezaran a cobrar vida.

Todavía conservo aquellas hojas. No sólo porque contienen las correcciones de un gran historietista. Las conservo porque representan la primera vez que alguien dedicó tiempo a enseñarme sin esperar absolutamente nada a cambio.

Don Óscar nunca intentó impresionarme con todo lo que sabía, nunca hizo sentir ridículos mis dibujos simplemente revisó cada página con paciencia, me señaló algunos errores y me explicó en qué debía concentrarme antes de intentar cosas más complejas.

Salí de Ka-boom con el mismo cuaderno con el que había llegado, pero yo ya no era el mismo dibujante. No porque hubiera aprendido a dibujar en una sola tarde, sino porque, por primera vez, alguien que sabía muchísimo más que yo había decidido tomarse en serio mis primeros intentos.

Muy pronto empecé a esperar los sábados con verdadera emoción, ya no iba solamente a mostrar mis dibujos, iba a aprender. Y ahí comprendí algo que cambiaría para siempre mi manera de entender el dibujo.

Hasta entonces pensaba que un buen dibujante era alguien que simplemente nacía sabiendo.

Ahí empecé a sospechar algo distinto, los grandes dibujantes no eran personas que cometían menos errores, eran aprendido a reconocerlos antes. La diferencia era enorme. Porque significaba que equivocarse no era una señal para abandonar el dibujo. Era parte del oficio.

IV. La brújula.

Con el tiempo sentí que había llegado hasta donde podía aprender en Ka-boom, no porque ya lo supiera todo, simplemente había dejado de notar el mismo avance.

Decidí seguir buscando. Nunca vi esa decisión como una ruptura.

Hoy pienso que un buen maestro no es aquel con quien permaneces toda la vida, es quien te deja listo para aprender en otro lugar.

Sin saberlo, estaba sustituyendo un mapa por una brújula, la guía de carreras intentaba decirme hacia dónde ir. Las personas que iba encontrando me estaban enseñando cómo caminar.

Cada autor llegaba por un camino distinto, algunos habían estudiado arte, otros diseño, otros nunca habían pasado por una universidad, pero todos compartían algo: Habían dedicado miles de horas a aprender un oficio.

Esa idea empezó a perseguirme. Si no existía una carrera para hacer cómics, quizá estaba haciendo la pregunta equivocada.

Todavía no sabía poner esa intuición en palabras. Simplemente seguí observando.

En 1996 mis papás decidieron comprar una computadora para la casa y le pidieron a un amigo de uno de mis primos que la armara. Se llamaba Alex y realmente sabía de computadoras.

Hoy cuesta trabajo explicar lo que significaba tener una computadora en aquellos años, no era un objeto cotidiano, mucho menos en una familia que simplemente buscaba darle a su hijo una herramienta para estudiar.

Alex la armó pieza por pieza, instaló Windows 95 y también varios programas de diseño. Yo todavía no lo sabía, pero esa computadora terminaría acompañándome durante buena parte de mi juventud. Todavía faltaban años para entrar a la universidad y muchos más para publicar mi primera novela gráfica, sin embargo, ya estaba aprendiendo una herramienta que terminaría formando parte de mi oficio. La computadora quedó instalada en un rincón de la sala.

Al verano siguiente empecé a ayudar en el pequeño negocio de rótulos de un tío. No recibía un sueldo, iba a aprender. Ahí conocí a Beto, era el diseñador y además de explicarme lo que ahí hacían me enseñó a usar CorelDRAW, pero, sobre todo, me enseñó algo mucho más importante: que el diseño servía para resolver problemas de personas reales.

Había clientes y había fechas de entrega, había archivos que debían imprimirse correctamente y había que cobrar por el trabajo.

Alguna vez, Beto y yo  escaneamos uno de mis dibujos e intentamos colorearlo como los cómics que yo leía, no lo logramos, pero tampoco dejamos de intentarlo.

Ese verano tomé una decisión, si no existía una carrera especializada en hacer cómics, estudiaría una que, al menos, se acercara a ese mundo. Elegiría Diseño Gráfico, o algo así.

Tiempo después Alex volvió a casa para actualizar la computadora y mientras instalaba un escáner me dijo:

—Tengo un primo al que le gustan casi las mismas cosas que a ti. Te lo voy a presentar.

Así conocí a Ulises Rivera Romo, vivía a unas cuantas cuadras de mi casa.

Las amistades importantes casi nunca empiezan de manera espectacular, simplemente comienzan.

Alex tenía algo de razón, no nos gustaban exactamente las mismas cosas, pero compartíamos interés por los cómics, el dibujo, el diseño, los libros, la música, las películas y pasábamos horas compartiendo lecturas, discos y autores. Todavía hoy, cada vez que platico con Ulises, termino aprendiendo algo nuevo.

Pero entonces ninguno de los dos imaginaba que él terminaría mostrándome uno de los lugares más importantes de mi formación.

Ulises comenzó a estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana, la UAM, mientras yo seguía en la Preparatoria 4, y un buen día me invitó a acompañarlo para que conociera el plantel Azcapotzalco y acepté sin pensarlo demasiado.

Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé la entrada del edificio L, había estudiantes caminando con enormes portafolios, carteles pegados en los muros, maquetas, fotografías, carteles y todo parecía estar ocurriendo al mismo tiempo.

Ulises me llevó a varias de sus clases, nos sentábamos al fondo procurando pasar desapercibidos y aunque muchas veces no entendía todo lo que los profesores explicaban, siempre salía con la sensación de haber descubierto un mundo nuevo. Hasta entonces había imaginado la universidad como el lugar donde uno aprendía una profesión. Aquellas visitas empezaron a hacerme pensar otra cosa.

Tal vez la universidad era el lugar donde uno aprendía una forma distinta de mirar y esa idea me entusiasmó tanto como los propios cómics.

Porque, por primera vez, sentía que estaba en un sitio donde hacer imágenes también era una manera de pensar. No sabía si terminaría estudiando ahí, pero cada vez que regresaba a casa me sorprendía imaginando cómo sería volver al día siguiente.

Las visitas comenzaron a repetirse, y la universidad y los cómics dejaron de parecer caminos distintos, empezaban a encontrarse.

Cuando finalmente llegó el momento de elegir universidad, ya había tomado una decisión.

Quería estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco.

Toda la vida había soñado con estudiar en la UNAM, tenía pase directo por haber cursado la Preparatoria 4 y aún así no hice ese trámite, hecho que en su momento dejó desconcertados a mis padres.

Así que presenté  el examen de admisión para la UAM.

Días después fui muy temprano al puesto de periódicos para consultar los resultados y ahí estaba mi folio. Había sido aceptado, sentí que una puerta acababa de abrirse.

V. Digna, libre y soberana.

Entré convencido de que ahí aprendería todo lo necesario para convertirme en historietista, la realidad resultó mucho más interesante, ya que durante los primeros trimestres confirmé algo que ya intuía, que la universidad no estaba interesada en formar autores de cómic. Su propósito era formar diseñadores.

Y, sin embargo, conforme avanzaba mi formación seguían apareciendo preguntas que nadie parecía responder. ¿Cómo se escribe una buena historieta? ¿Cómo se construye una escena que obligue al lector a pasar la página? ¿Cómo se sostiene una historia durante doscientas páginas? ¿Cómo se termina un libro sin abandonarlo a la mitad?

Ésas seguían siendo preguntas sin profesor.

Mientras estudiaba en la universidad también pasaba muchas horas conectado a un foro de Internet llamado Monos y Moneros. Era finales de los años noventa y me conectaba a Internet con un escandaloso modem de 28 kbps usando la computadora que me había armado Alex.

Uno de los participantes más activos era Edgar Clement, yo todavía no conocía su obra ni mucho menos imaginaba que años después trabajaríamos juntos. Sabía que Edgar era autor y que tenía una novela gráfica llamada Operación Bolívar, yo lo conocía únicamente por lo que escribía en el foro. Ahí mantenía un espacio llamado El Monólogo del Gorila, un thread de reflexiones sobre historieta, narrativa, dirección de arte, ilustración y el oficio de contar historias.

Leí aquellos textos una y otra vez y me sorprendía la claridad con la que Edgar estructuraba sus pensamientos y los traducía en palabras. Todavía hoy pienso que esos textos deberían convertirse en un libro, sigo pidiéndole que recopilemos El Monólogo del Gorila y que lo publiquemos en la Pura Pinche Fortaleza Cómics, a ver si un día lo convenzo.

Nunca tomé una clase con Edgar, nunca corrigió mis dibujos, nunca dibujó encima de mis errores, como había hecho años antes don Óscar y, sin embargo, también fue uno de mis maestros porque los maestros no siempre aparecen frente a un pizarrón, a veces escriben un ensayo, publican un libro, dan una conferencia o simplemente hacen una pregunta que permanece contigo durante años.

En la UAM no todo fue entusiasmo.

Durante el primer año compartí varias materias con estudiantes de Arquitectura y Diseño Industrial, una de ellas se llamaba Técnicas de Expresión II. El profesor era conocido por todos como Miyagui, así como el de la película Karate Kid de los años 80.

Era un profesor exigente, duro, quizá demasiado para algunos. Recuerdo particularmente aquella materia por dos razones.

La primera fue que ahí conocí a Tebin, desde entonces era evidente que tenía un talento extraordinario para dibujar. Siempre he pensado que existen dos clases de dibujantes, los que nacen con un talento excepcional y quienes lo construyen con una enorme terquedad. Yo siempre he pertenecido al segundo grupo.

La segunda razón ocurrió durante una revisión de trabajos. Esperábamos nuestro turno mientras Miyagui recorría el salón revisándonos uno por uno, carpeta por carpeta.

Cuando llegó a mi lugar comenzó a pasar mis dibujos en silencio, observó una página, luego otra. Finalmente cerró la carpeta y me miró.

Y dijo algo que no he olvidado en casi treinta años.

—Creo que deberías pensar en dedicarte a otra cosa.

No recuerdo las palabras exactas. La memoria nunca conserva los diálogos completos. Pero sí recuerdo con absoluta claridad la idea.

—Todavía eres joven. Puedes encontrar otro camino.

En ese momento dolió.

Mucho.

Porque cuando uno tiene veinte años espera escuchar que, con un poco más de esfuerzo, todo saldrá bien. No espera que un profesor te sugiera abandonar el sueño que llevas persiguiendo desde niño.

Con los años descubrí algo curioso: Miyagui tenía razón.

Y también estaba equivocado.

Tenía razón porque mis dibujos eran malos, cuando hoy vuelvo a verlos encuentro exactamente los problemas que él señalaba, anatomías inseguras, perspectivas inconsistentes, composiciones torpes y una pésima técnica. Todavía me faltaba muchísimo por aprender.

Pero también se equivocaba. Confundió un momento con un destino. No podía saber cuántas horas de trabajo vendrían después ni cuántas veces volvería a empezar ni cuántos dibujos más haría.

Yo tampoco podía saberlo, así que hice lo único que estaba en mis manos: seguí dibujando, no para demostrarle que estaba equivocado, ni para demostrarme algo a mí mismo. Seguí dibujando porque era la única vida que quería intentar.

A la par de la universidad, por las tardes  seguía haciendo trabajos de diseño con clientes locales, mis primeros ingresos llegaron haciendo tarjetas de presentación y pequeños logotipos para negocios locales, no era el trabajo con el que soñaba, pero hoy entiendo que fue una escuela extraordinaria.

Aprendí que una buena idea también debía convertirse en un archivo; que un archivo debía imprimirse bien y, sobre todo, que un cliente no compra horas de trabajo: compra una solución. Un diseñador no hace dibujos bonitos; resuelve problemas.

La universidad amplió todavía más esa manera de entender el diseño. El plan de estudios me permitió asomarme a disciplinas que hasta entonces ni siquiera imaginaba. Llegué a la UAM convencido de que ahí encontraría respuestas para las preguntas que llevaba años haciéndome sobre los cómics. En cambio, encontré muchas preguntas nuevas.

En Fotografía, con Norma Patiño, descubrí el lenguaje de la luz y el contraste. Con Laura León me enamoré del Diseño Editorial, una disciplina que sigue apasionándome hasta el día de hoy. César Martínez Silva me mostró la semiótica como una herramienta para pensar las imágenes más allá de su apariencia. Verónica Arroyo me enseñó algo igual de importante que cualquier teoría: cómo cobrar mi trabajo, cómo elaborar una cotización y cómo valorar mi tiempo. Muchas de las herramientas que utilizo hoy las aprendí en su clase. Finalmente, con Mauricio Guerrero Alarcón aprendí a desarrollar proyectos de largo aliento siguiendo una metodología clara, una forma de trabajar que todavía acompaña muchos de mis proyectos.

Cada trimestre descubría una manera distinta de mirar el mundo. Y entonces ocurrió algo que nunca habría imaginado. Hubo momentos en los que pensé seriamente en abandonar la idea de dedicarme a los cómics, no porque hubiera dejado de amarlos, sino porque el diseño era muchísimo más grande de lo que había imaginado.

Por primera vez comprendí que hacer cómics era sólo una de las muchas formas posibles de resolver problemas a través de las imágenes.

Comprendí que una imagen nunca existe sola. Siempre forma parte de un sistema, hoy me doy cuenta de que aquéllos no fueron desvíos. Fueron parte del camino. Durante mucho tiempo pensé que me estaba alejando del cómic, la realidad era exactamente la contraria, estaba reuniendo herramientas que años después terminarían encontrándose dentro de una misma página.

Un sábado del año 2001 pude conocer a Edgar Clement y a Ricardo Peláez Goycochea, dos talentosos autores que formaban parte de El Taller del Perro, un colectivo de ilustradores e historietistas que trabajaban juntos realizando proyectos comerciales y que a la par, publicaban sus propios cómics, historietas de autor. En esa visita, los entrevisté y los grabé con el pretexto de un trabajo escolar que tenía que realizar y no quise perder la oportunidad de conocerlos en persona.

Me contaron a grandes rasgos sobre su vida, su trayectoria individual, los cómics, los proyectos en puerta y, sobre todo, cómo habían creado El Taller del Perro. Eso último me llamaba mucho la atención, era una idea que me pareció tan innovadora como profundamente fascinante y que, desde entonces, sembró una semilla que tardaría en germinar unos años más, la de autopublicarme.

Esa tarde platiqué con ellos por separado y aprendí muchísimo, se nos fue la tarde. Al final del día, a Edgar le compré su novela gráfica, la mítica Operación Bolívar, y la leí en el transporte público cuando iba de regreso a casa. La obra me voló la cabeza, era tan extraña como fascinante que me hizo reflexionar sobre el camino que un autor como Edgar había conquistado en un entorno hostil en el que una obra como Operación Bolívar no debería existir y sin embargo, ahí estaba, la tenía en mis manos. Esa obra no pudo nacer de otra forma.

La edición 2022 de Operación Bolívar publicada por Pura Pinche Fortaleza Cómics

Seguí haciendo trabajos de diseño como freelance. Me iba muy bien y además me enfoqué de lleno en hacer formalmente mis primeros cómics cortos. Ya no como ejercicios de universidad sino ya con la mirada de autor. Muchos de esos primeros cómics se encuentran recopilados en la antología Forjador que publiqué tiempo después, en 2019.

Ecos secuenciales: Forjador. (2019)

Conforme avanzaba la carrera empecé a comprender algo que nadie me había dicho cuando era niño, aprender a dibujar era sólo una parte del camino, la otra consistía en encontrar personas con quienes crecer. Logré acercarme a varias revistas, me entrevisté con editores, directores de arte, diseñadores y así conseguí que publicaran mis primeras ilustraciones.

VI. Nunca acaba.

A mediados del año 2002 me gradué y pensé que, por fin, había terminado de estudiar. No duró mucho esa ilusión.

Uno de los días en que visité la UAM para seguir con mis trámites de titulación me encontré con Serafín Allendelagua, un compañero con el que en algún momento había tomado clases pero que en los últimos trimestres dejamos de coincidir. Ambos éramos muy amigos de Tebin.

¿Te vas a inscribir en el diplomado de ilustración de Jaime Vielma? En un par de semanas va a iniciar uno nuevo.

Jaime daba clases en la UAM, y aunque nunca había estudiado con él como maestro conocía el impacto que había causado en mis otros compañeros, incluído Tebin, por su talento y metodología. Era talentoso y salvaje.

Serafín me explicó que el diplomado duraba un año y que se especializaba en ilustración alternativa. No tuvo que ejercer mucha presión para convencerme, y eventualmente nos inscribimos juntos. El diplomado era en otra escuela, así que a partir de entonces, una vez por semana me reunía en la UAM con Serafín e iniciamos el largo trayecto hacia el diplomado, nos hicimos muy buenos amigos en esa época. Nos gustaba dibujar, queríamos aprender más sobre ilustración y amábamos los cómics.

Durante el curso aprendí muchas cosas, Jaime tenía una visión muy diferente, muy punk sobre la ilustración, además, para Jaime la expresividad era tanto o más importante que la técnica, y que la técnica debería ser una respuesta al discurso del ilustrador. Ello contrastaba mucho con todo lo que había aprendido antes. Recuerdo que en Monos y Moneros, Edgar Clement decía:

“… el papel de un ilustrador consiste en vertir luz sobre la oscuridad de un texto…”

Con Jaime entendí que el papel del ilustrador también podía ser el de completar, confrontar, o incluso desafiar el texto que debe ilustrar. A mí eso me parecía que moldeaba el perfil del ilustrador, no solamente ponía sus dibujos al servicio de un texto, decía algo. Era una visión no solamente mucho más artística, sino muy autoral.

Con Serafín la amistad se consolidó en esa época, compartimos ideas y sueños en torno a la historieta, en torno a la ilustración, mientras pasábamos horas en el tránsito. Queríamos hacer cómics y el diplomado de Jaime nos voló la cabeza. Durante todo ese año visité la UAM todo el tiempo ya que era nuestro punto de reunión. Me gustaba mucho sentirme parte de la universidad, ahora como egresado.

Un día mientras caminaba por la escuela, llevaba conmigo una carpeta muy distinta. Durante ese tiempo había trabajado como ilustrador profesional y reunido una selección de proyectos que, para mí, representaban lo mejor que podía hacer en ese momento.

Me encontré a Miyagui, casi por accidente en la entrada del edificio “L”, lo saludé y la verdad es que no me reconoció. No lo culpo. En la UAM desfilan decenas de estudiantes por sus pasillos, muchos alumnos abandonan, pocos se gradúan, muchos menos se titulan y solo un puñado ejercen, sin embargo, quise aprovechar el momento para enseñarle mi trabajo.

Revisó la carpeta con la misma calma con la que años atrás revisó los ejercicios de su clase, página por página. Cuando terminó me felicitó. Me sentí triunfador.

Y entonces, justo cuando pensé que aquella conversación había terminado, señaló otra cosa.

—La carpeta está mal presentada. Debes mejorar la composición de las ilustraciones en las hojas en blanco. Dale espacio a tu trabajo. Que respire, Que luzca lo que ya hiciste.

Sonreí.

Porque entendí que seguía siendo mi profesor. Ya no estaba corrigiendo mis dibujos o la técnica. Estaba corrigiendo la manera en que los mostraba. Con los años he pensado muchas veces en aquella conversación. Nunca la recuerdo como una derrota. Tampoco como una revancha.

La recuerdo como una de las lecciones más importantes que recibí en la universidad. Los buenos maestros no están para proteger nuestras ilusiones. Están para señalar aquello que todavía no vemos.

A veces se equivocan. Como todos. Pero incluso cuando se equivocan pueden obligarnos a hacernos una pregunta decisiva.

¿Qué vas a hacer ahora?

Ésa fue, en realidad, la pregunta que Miyagui dejó sobre mi mesa aquel día. Y la única respuesta posible no estaba en discutir con él.

Estaba en volver al restirador al día siguiente.

Poco tiempo después en la UAM se celebró la “Semana D”, un encuentro donde exalumnos y profesionales compartían su experiencia con los estudiantes. Había conferencias, talleres y exposiciones.

Decidí participar y acompañado de Serafín asistí a algunas conferencias y tomé un taller impartido por César Evangelista, hoy conocido como Mr. Kone, quien también era egresado de la UAM y ejercía la carrera de diseño combinado con su carrera como ilustrador. Su taller no giraba en torno a las aptitudes y conocimientos para resolver problemas de diseño, sino a la actitud con la que los enfrentamos. Hicimos algunos ejercicios sencillos y a lo largo de la semana llevó a varios invitados para que nos compartieran su experiencia profesional.

Uno de ellos era Omar Mijangos, que en el bajo mundillo de la ilustración es conocido como el “1000 Changos”, él también era egresado de la UAM y para entonces ya tenía una basta carrera como diseñador e ilustrador, había recorrido el mundo editorial publicando en muchas revistas, un mundo al que yo apenas comenzaba a asomarme, por lo que escucharlo fue absolutamente inspirador. Sentí mucha energía, mucha adrenalina. Quería salir de ahí y devorar al mundo, de un solo  bocado y sin masticar.

El taller terminó, la Semana D concluyó y yo sentía que algo se había sacudido dentro de mi. Avancé dibujando mucho, seguía haciendo trabajos de diseño freelance, publicando ilustraciones aquí y allá. Tratando de tomar mi lugar en el mundo. Volví a saber de Omar casi un año después.

VII. This Monkey

En octubre de 2003 Tebin me llamó por teléfono y me comunicó con Omar, ellos trabajaban en el área de ilustración del periódico Reforma. Me contó que estaban buscando un diseñador, que supiera algo de ilustración para trabajar con él en Editorial Televisa y que tanto Tebin como César Evangelista me habían recomendado y me preguntó si estaba interesado.

Me sorprendió mucho la llamada, y me emocionó mucho, aunque no dejaba de preocuparme la idea de trabajar en una empresa como Editorial Televisa que ideológicamente no se alineaba con mi postura ante la vida. Antes de ello, ya había rechazado algunas buenas oportunidades en otras empresas justo por esa razón, sin embargo acepté porque se abría la puerta para trabajar con Omar Mijangos.

Estaban armando un nuevo proyecto, se trataba de una revista semanal infantil con un perfil mitad comercial y mitad cultural, una revista que necesitaría mucha ilustración, mucho diseño y muchos cómics. Sonaba increíble. Fueron 2 entrevistas, la primera fluyó bastante bien,les gustó mi carpeta de trabajo (que ya tenía los ajustes sugeridos por Miyagui), la segunda sería unos días después en las oficinas de la editorial ubicadas en Santa Fé.

En una nueva llamada telefónica Omar me dijo que no le fallara, y que me quería ver ahí. En esa llamada nos dimos cuenta que ambos vivíamos muy cerca, pero ambos MUY lejos de Santa Fé, porque absolutamente TODO está lejos de Santa Fé, así que ofreció pasar por mi y darme aventón hasta allá al día siguiente.

En su auto, sonaba una canción de The Pixies, era del álbum Doolittle.

-¡¿A poco te gustan los Pixies?! – le pregunté emocionado.

– ¿A poco no?

Y es que en esa época era bien raro encontrarte con alguien que le gustará una canción de The Pixies que no fuera Where Is My Mind, por lo que el resto del camino la conversación giró en torno a la música. No platicamos casi de diseño, ni de ilustración, al final eso dejó de importar. Quería trabajar con él, aunque fuera en Televisa, porque en ese proyecto, Omar sería mi jefe directo, él como Director de Arte, yo como diseñador y si ese soundtrack estaba musicalizado por The Pixies, nada podía salir mal.

Ese mismo mes nos integramos a un equipo de trabajo nuevo y empezamos a trabajar como locos para poder hacer semanalmente la revista que eventualmente se llamó Universo Big Bang. Trabajamos desde el nombre, las secciones y la identidad gráfica, siempre íbamos a contra reloj, hacer una revista semanal es una locura y así vivimos ese proceso, con adrenalina a tope, siempre resolviendo problemas.

Durante años había leído publicaciones hechas por profesionales, ahora me tocaba participar en una, no fue un momento mágico. Hubo fechas de entrega y correcciones, cambios de última hora, archivos que regresar, páginas que rediseñar. Aprendí que el trabajo profesional se parece mucho menos a la inspiración de lo que imaginaba cuando era adolescente.

Se parece más a cumplir, a resolver, a entregar y, curiosamente, esa realidad no destruyó mi entusiasmo, lo fortaleció. Porque descubrí que el oficio no estaba hecho únicamente de grandes ideas, también estaba construido con hábitos y con disciplina. Con la capacidad de volver a sentarse frente al restirador —o frente a la computadora— incluso los días en que la inspiración decidía no aparecer.

Omar fue mi maestro no porque me enseñara una técnica específica. Sino porque me enseñó a pensar el oficio desde otro lugar, yo lo veía desde el lado del artista, del autor. Omar me permitió mirar el otro extremo del proceso, la producción, la edición. Trabajamos juntos por dos años, eventualmente me moví a otra revista, pero en ese tiempo, aprendí mucho de él. Aún hoy sigo aprendiendo de él.

Si Jaime Vielma me enseñó a desatar al rabioso ilustrador que habitaba dentro de mi, Omar me enseñó a que mi trabajo pudiera contener y moldear esa rabia y furia en proyectos comerciales sin doblegar el espíritu.

Hay un momento en el que uno deja de buscar no solo a quienes saben hacer mejor las cosas, empieza a buscar a quienes hacen mejores preguntas.

Fue una enseñanza que se repetía con los años. Todo era cíclico

Durante años seguí trabajando como diseñador, ilustrador y director de arte, cada proyecto dejaba una enseñanza distinta, algunos salían bien, otros no tanto.

Poco a poco entendí algo que llevaba años buscando sin saberlo. No existe una carrera para aprender a hacer cómics. Existe una profesión. Y esa profesión se construye página por página.

VIII. La verdadera pregunta.

Mirando hacia atrás resulta tentador pensar que todo seguía un plan, no es verdad, la mayor parte del tiempo sólo intentaba resolver el siguiente problema.

Con los años entendí que hacer cómics nunca había consistido únicamente en dibujar, también significaba aprender a editar, imprimir, vender, promover, escuchar a los lectores y trabajar con otros autores. Aquella profesión que no aparecía en la guía de carreras sí existía. Simplemente estaba repartida entre muchos oficios distintos.

Entonces comprendí que la pregunta nunca fue:

¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

La verdadera pregunta era:

¿Qué necesito aprender para construir una vida haciendo cómics?

Si pudiera volver a hablar con aquel muchacho que dibujaba en los márgenes de los cuadernos, no le diría que todo saldrá bien, tampoco le diría que ignore a quienes dudaron de él. Le diría algo mucho más sencillo.

Empieza a hacerlo ya. Aunque te equivoques.

Porque ningún libro, ningún maestro, ninguna universidad y ninguna editorial pueden evitar los errores que forman un oficio. Los errores pueden hacernos tambalear, pero la decisión de levantarnos y seguir adelante es la que termina construyendo una carrera.

Pienso con frecuencia en todas las personas que aparecen en estas páginas: mis padres, Pablo, los dos Óscar, Alex, Beto, Ulises, Edgar, Tebin, Jaime, Omar Mijangos, Miyagui… Ninguno recorrió el camino por mí, pero todos dejaron una herramienta, una pregunta o una conversación que todavía sigue trabajando dentro de mí.

No existe un mapa capaz de llevarte exactamente hacia la vida que imaginas, pero sí puedes aprender a caminar y , una vez que empiezas, descubres que el camino también se construye con cada paso.

Tal vez ésa sea la única respuesta honesta a la pregunta con la que comienza este ensayo, no existe una carrera que pueda enseñarte, por sí sola, a hacer cómics, existe una vida entera de aprendizaje.

Y sospecho que las preguntas más importantes todavía no las encuentro, porque, si algo me enseñaron todos estos años, es que un autor no termina de formarse cuando publica su primer libro, ni cuando gana un premio, ni cuando logra vivir de su trabajo.

Un autor termina de formarse el día que deja de hacerse preguntas.

Y ése es un riesgo que espero no correr nunca.

Mi nombre es Héctor Santarriaga me dedico a escribir y dibujar cómics y estos fueron #Mis2Minutos.

 

 

 

Fuego Lento: la obra que me enseñó a mirar el cómic mexicano de otra manera

Durante más de veinte años busqué un libro que parecía haber desaparecido. Nunca imaginé que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a los lectores. Esta no es solamente la historia de una reedición. Es la historia de cómo un libro puede cambiar la vida de un lector y por qué preservar la memoria del cómic mexicano también es una forma de construir su futuro.

La edición 2021 de Fuego Lento.

I. Un libro que tardó veinte años en llegar

Hay libros que llegan a nuestras manos el mismo día en que los descubrimos. Otros aparecen meses después, cuando por fin los encontramos en una librería o en el stand de una feria. Y luego está Fuego Lento. Un libro que tardó más de veinte años en llegar a mis manos.

Lo curioso es que, cuando por fin lo tuve frente a mí, ya no era solamente un lector. Era uno de los editores que ayudarían a devolverlo a las librerías.

Durante mucho tiempo pensé que esta historia trataba sobre la búsqueda de un libro. Hoy sé que trata sobre algo mucho más grande: la importancia de preservar la memoria del cómic mexicano. Porque algunos libros no sólo merecen ser leídos. También merecen volver a existir.

Para entender por qué, hay que regresar a una época en la que internet sonaba antes de conectarse.

II. Monos y Moneros

Era 1999.

Yo estudiaba Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana y pasaba buena parte de mis noches sentado frente a una vieja computadora conectada a un módem de 28 kbps. Quienes vivieron aquellos años recordarán el ritual: marcar por teléfono, escuchar aquella secuencia de ruidos metálicos y esperar varios segundos antes de que apareciera la pantalla de conexión.

No existían las redes sociales. No había Facebook, ni Twitter, ni YouTube. Si querías conversar con otros aficionados al cómic, había que encontrarlos en foros de discusión.

Uno de ellos se llamaba Monos y Moneros.

Visto desde hoy parecía una plataforma muy rudimentaria. En aquel entonces era una puerta abierta hacia un mundo que yo apenas comenzaba a descubrir. Ahí se hablaba de historieta mexicana, de autores independientes, de publicaciones que difícilmente podían encontrarse en una tienda y de proyectos que existían gracias al esfuerzo de quienes los hacían realidad.

Entre los participantes más activos estaba Edgar Clement. Yo no lo conocía personalmente, pero aprendí muy pronto a prestar atención a lo que escribía. Compartía recomendaciones, opiniones y noticias sobre una escena del cómic mexicano que para mí era prácticamente desconocida.

Fue ahí donde leí por primera vez el nombre de Fuego Lento.

No recuerdo quién lo mencionó exactamente ni las palabras que utilizó. Probablemente fue Edgar hablando de uno más de los libros editados por El Taller del Perro. En aquellos días prácticamente sólo existían dos títulos que aparecían una y otra vez en las conversaciones: Operación Bolívar y Fuego Lento.

No hubo un momento de revelación.

Simplemente pensé:

“Algún día tengo que conseguir ese libro.”

Sin saberlo, aquella conversación en internet acababa de poner el primer ladrillo de una historia que tardaría más de dos décadas en completarse.

III. La búsqueda

Durante los siguientes años pregunté por Fuego Lento cada vez que tenía oportunidad.

No era una obsesión diaria. Era algo distinto.

Todos los lectores construimos listas invisibles de libros que queremos encontrar algún día. Algunos aparecen pronto. Otros permanecen ahí durante años, esperando el momento adecuado.

Fuego Lento pertenecía a esa segunda categoría, pregunté primero en el mismo foro, después en tiendas de cómics de la Ciudad de México, más tarde en puestos de revistas y hasta en los locales de libros usados de la calle Donceles en el centro histórico de la ciudad de México, en cualquier lugar donde pensara que pudiera aparecer un ejemplar olvidado. Nunca lo encontré.

En una ocasión un conocido me mostró el suyo. Lo sostuvo entre las manos como quien enseña una pieza rara de colección. Le pregunté si estaría dispuesto a venderlo.

No, lo atesoraba demasiado. Entendí perfectamente su respuesta.

Con el paso de los años dejé de buscarlo de manera activa, no porque hubiera perdido el interés, sino porque terminé aceptando que probablemente nunca lo encontraría.

Hay libros que se agotan, hay libros que desaparecen, y luego están aquellos que parecen convertirse en leyenda. Para mí, Fuego Lento era uno de ellos.

Años después descubriría que, a veces, los libros encuentran su propio camino de regreso. Y cuando eso ocurre, ya no llegan solamente como objetos. Regresan convertidos en memoria.

IV. El Taller del Perro

En 2001 tuve la oportunidad de visitar por primera vez El Taller del Perro. No fui buscando Fuego Lento. O, al menos, no únicamente.

Era estudiante universitario y, junto con dos compañeras de la UAM, Alejandra Valdés y Dulce Castro, preparábamos una entrevista para una investigación escolar. La cita original era con Ricardo Peláez Goycochea, pero él llegaría más tarde. Mientras tanto, quien nos recibió fue Edgar Clement.

Recuerdo perfectamente aquella casa de la colonia Portales.

Entrabas por una puerta angosta que conducía a un pequeño pasillo. Después venía un patio y, al fondo, la casa. Era vieja, modesta y estaba llena de libreros, restiradores, escritorios y montones de libros en todas las habitaciones. Era un lugar donde daba la impresión de que las historietas nacían todos los días.

Mientras esperábamos la llegada de Ricardo, conversamos con Edgar sobre historieta mexicana, sobre su trabajo y sobre los libros que publicaban, el plan no era grabarlo y entrevistarlo, pero lo hicimos.

Aproveché para comprar un ejemplar de Operación Bolívar directamente con él.

Cuando Ricardo Peláez Goycochea finalmente llegó, la entrevista transcurrió como estaba prevista. Hablamos de su trabajo y de su manera de entender la historieta mientras pintaba con acuarela una ilustración para un cartel. Antes de despedirme, hice una pregunta que llevaba tiempo esperando formular.

—¿Todavía tienes ejemplares de Fuego Lento?

La respuesta fue sencilla.

—Ya no. Se agotó.

No hubo una explicación larga, no pregunté cuándo volvería a imprimirse, tampoco insistí. Si un libro ya no existía, simplemente había que aceptar la realidad.

Salí de aquella casa con un ejemplar de Operación Bolívar, un regalo inesperado de Ricardo —el último ejemplar de Sensacional de Chilangos, que tenía un defecto de encuadernación— y la certeza de que Fuego Lento seguía fuera de mi alcance.

Todavía no lo sabía, pero esa visita marcaría el principio de una relación que, muchos años después, terminaría cambiando el destino de aquel libro.

V. Veinte años

Con los años seguí leyendo a Ricardo Peláez Goycochea. Admiré su trabajo, vi cómo continuaba construyendo una de las trayectorias más sólidas del cómic mexicano y confirmé una impresión que nunca me abandonó: era uno de esos autores capaces de enseñar incluso cuando uno sólo los lee.

Siempre me he referido a él como el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Nunca fui alumno suyo. Nunca tomé alguno de los talleres, cursos o diplomados que ha impartido durante tantos años, y, sin embargo, cada vez que estudio su trabajo siento que aprendo algo. Mucho tiempo después descubriría que Fuego Lento era quizá la mejor clase que podía recibir.

VI. Ciudad Juárez

En 2019 Logan Wayne y yo viajamos a Ciudad Juárez para participar en la FELIF, la Feria del Libro de la Frontera. Atendíamos nuestro stand como cualquier otro expositor cuando vimos acercarse a un visitante conocido.

Era Ricardo Peláez Goycochea.

Unos meses antes el Fondo de Cultura Económica había publicado El Complot Mongol y Ricardo se encontraba realizando actividades de promoción. En algún momento decidió recorrer la feria y visitar los stands de las editoriales.

Se acercó a saludarnos. Nos felicitó por el trabajo que estábamos haciendo.

Y entonces, casi como quien lanza una idea al aire, dijo una frase que cambió el rumbo de esta historia.

—A ver si publicamos Fuego Lento. ¿Les gustaría?

Lo dijo en plural.

No buscaba solamente una editorial que imprimiera su libro. Quería construir el proyecto junto con nosotros. Recuerdo perfectamente mi reacción. Si la decisión hubiera dependido únicamente de mí, habría respondido inmediatamente que sí.

Llevaba casi veinte años esperando ese libro.

Pero en Pura Pinche Fortaleza Cómics las decisiones editoriales nunca las toma una sola persona. Se construyen en consenso.

Le respondí que, personalmente, la idea me emocionaba muchísimo. Le confesé que llevaba dos décadas buscando un ejemplar sin éxito y que me parecía una oportunidad extraordinaria para devolver ese libro a los lectores.

Después vendrían las conversaciones editoriales.

Ricardo propuso que el proyecto se publicara con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Conforme las conversaciones avanzaron, invitó también a Animal Gráfico, el sello editorial de Enrique Buenrostro, amigo suyo desde hacía muchos años. La colaboración surgió de manera natural: la Fortaleza aportaría su experiencia como proyecto editorial independiente y Animal Gráfico se sumaría como un aliado fundamental para hacer posible aquella nueva edición.

Vista desde hoy, aquella conversación duró apenas unos minutos.

Pero fue suficiente para cambiar el destino de un libro que muchos creíamos condenado al olvido.Y también cambió el nuestro, porque, sin saberlo, estábamos a punto de descubrir que reeditar un libro no consiste únicamente en volver a imprimirlo. A veces significa volver a pensarlo desde el principio.

VII. Reeditar también es volver a escribir

Cuando Ricardo Peláez Goycochea nos entregó los archivos de Fuego Lento, entendí que reeditar un libro no consiste en volver a imprimirlo. Consiste en volver a leerlo, y, a veces, en volver a discutirlo.

También ocurrió algo más, nos prestó su propio ejemplar de Fuego Lento para hacerle una revisión. Después de tanto tiempo pude tener de nuevo en mis manos un ejemplar del Fuego Lento original.

Revisamos los detalles del libro e incluso le hicimos un video para revisarlo página por página.

Desde el principio Ricardo quiso involucrarse activamente en todo el proceso. No llegó con la idea de entregar un archivo y esperar el resultado. Quería construir la nueva edición junto con nosotros.

Muy pronto comenzamos a reunir ideas para la portada.

Las conversaciones fueron creciendo de manera natural entre Ricardo, Logan Wayne, Tebin, Enrique Buenrostro y yo. Cada quien aportaba observaciones desde su experiencia como editor, diseñador o autor. Ninguna decisión se tomó a la ligera. Queríamos que aquella nueva edición respetara el espíritu del libro original, pero también que dialogara con lectores que, como yo veinte años atrás, apenas iban a descubrirlo.

Fue entonces cuando entendimos que no queríamos hacer un simple facsímil. Queríamos hacer la mejor edición posible de Fuego Lento. Ricardo aprovechó esa oportunidad para volver a recorrer su propia obra. Incorporó nuevas historietas que no formaban parte de la edición original y, al mismo tiempo, propuso una decisión que, al principio, nos sorprendió a todos.

Quería retirar Madre Santa.

Paradójicamente, era la historieta más conocida del libro.

Escrita por Erik Proaño “Frik” y dibujada por Ricardo Peláez Goycochea, con el paso de los años había adquirido vida propia, unos años antes Animal Gráfico había publicado una edición conmemorativa por su trigésimo aniversario.

La propuesta parecía arriesgada.

Quitar la historia más famosa de un libro suele ser exactamente lo contrario de lo que cualquier editor recomendaría. Pero mientras hablábamos de ello comprendimos que Ricardo no estaba pensando en conservar un objeto.

Estaba pensando en fortalecer un libro.

Madre Santa ya tenía un camino propio. Fuego Lento también merecía encontrar el suyo. Aceptamos el cambio y creo que fue la decisión correcta.

Aquella conversación me dejó una enseñanza que desde entonces no he olvidado. Reeditar un clásico no significa convertirlo en una pieza de museo. Significa preguntarse cuál es la mejor versión posible de esa obra para los lectores de hoy.

Hubo también pequeños ajustes invisibles para la mayoría de los lectores. Ricardo retocó algunos dibujos y corrigió textos digitalmente algunos textos que estaban escritos directamente sobre el arte original. Volvió a dibujar letras.

Revisó detalles que probablemente muy pocas personas notarían. Pero ésa es justamente la diferencia entre imprimir un libro y editarlo.

Ricardo firmando las pruebas de color de Fuego Lento 2021.

Los lectores quizá nunca vean ese trabajo, pero el libro sí lo recuerda.

VIII. Cuando el libro volvió a existir

Los paquetes llegaron a casa de Logan Wayne.

Como ocurría con cada tiraje nuevo, primero aparecieron las cajas. Después vino el ritual de siempre: abrirlas, revisar los acabados, comprobar la impresión y hojear los primeros ejemplares para asegurarnos de que todo hubiera salido como lo imaginábamos.

Sólo estábamos Logan y yo.

Habíamos esperado ese momento durante muchos meses. Abrimos los paquetes con la emoción de quien sabe que está sosteniendo algo irrepetible.

Pasé las páginas lentamente.

No pude evitar acordarme de aquel ejemplar original que Ricardo nos había prestado durante el proceso editorial.

Veinte años antes yo había recorrido media Ciudad de México intentando encontrar ese libro, ahora lo tenía entre las manos, y, de alguna manera, también formaba parte de él.

Al día siguiente llegó Ricardo Peláez Goycochea, habíamos organizado una jornada completa para firmar los ejemplares de la preventa y de la campaña de fondeo que hicimos en 2021.

Ricardo Peláez Goycochea con la nueva edición de Fuego Lento en 2021.

Tomó el libro entre las manos. Lo observó unos segundos sin decir nada. Pasó lentamente el pulgar sobre la portada y comenzó a hojearlo. Sonrió. No hizo falta preguntar qué estaba sintiendo.

Durante horas dedicó libro tras libro con una paciencia admirable.

Se notaba que le tenía un cariño muy especial a esa obra.

Lo observaba sonreír mientras firmaba ejemplares y pensaba que, después de tantos años, Fuego Lento por fin estaba encontrando nuevos lectores.

En ese momento entendí algo que hasta entonces no había alcanzado a dimensionar.

Nosotros no acabábamos de publicar un libro.

Acabábamos de devolver una parte de la historia del cómic mexicano a las manos de sus lectores, y, sin saberlo, ese proyecto también estaba definiendo el camino editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Porque después de Fuego Lento llegarían otros proyectos que compartían la misma convicción, como la edición definitiva de Operación Bolívar, más tarde Kerubim y Los Perros Salvajes de Edgar Clement, luego la trilogía El Sombra, de Edu Molina.

Poco a poco comprendimos que una editorial independiente no sólo puede descubrir nuevas voces.

También puede impedir que las voces fundamentales desaparezcan.

IX. El maestro Ricardo Peláez Goycochea

Cuando por fin pude leer Fuego Lento entendí por qué tantas personas hablaban de él como un libro fundamental para el cómic mexicano.

No porque contuviera una sola gran historia, sino porque reunía treinta y siete. Treinta y siete maneras distintas de mirar la ciudad, la vida cotidiana y las contradicciones de un país que cambiaba a una velocidad vertiginosa.

Cada historieta parecía pertenecer a un universo diferente. Ricardo Peláez Goycochea cambiaba de registro gráfico con una naturalidad sorprendente. Había páginas construidas con una economía de líneas admirable y otras donde cada viñeta estaba llena de detalles.

Algunas historias se resolvían en pocas páginas; otras se tomaban el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes.Nada se repetía, y, sin embargo, todo conservaba una misma voz.

Con los años he vuelto muchas veces a ese libro, cada lectura me descubre algo distinto, una decisión de composición, una secuencia que antes había pasado por alto, un silencio, una forma de utilizar el blanco y negro, un ritmo narrativo.

Sigo aprendiendo.

Por eso siempre me he referido a Ricardo como el maestro Ricardo Peláez Goycochea, no porque haya tomado clases con él, sino porque algunos autores enseñan desde sus páginas.

Y ésa, quizá, sea la forma más difícil de enseñar.

X. La memoria también se edita

A veces pienso en aquel estudiante universitario que, sentado frente a una computadora conectada a un módem de 28 kbps, leyó por primera vez el nombre de Fuego Lento en un foro de internet.

Nunca imaginó que pasarían más de veinte años antes de tener ese libro entre las manos, mucho menos que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a las librerías.

Durante mucho tiempo creí que esta historia hablaba de la paciencia de un lector, hoy entiendo que hablaba de otra cosa. Hablaba de la responsabilidad de un editor.

Con frecuencia pensamos que el trabajo editorial consiste en descubrir nuevas voces. Y es cierto. Pero también existe otra tarea igual de importante: impedir que las voces que ya transformaron nuestra manera de entender el cómic desaparezcan con el paso del tiempo.

Cada generación necesita encontrar sus propios libros, pero también necesita poder leer aquellos que marcaron el camino, ya que si esos libros dejan de circular, no sólo perdemos papel y tinta. Perdemos memoria y una comunidad sin memoria está condenada a empezar de cero una y otra vez.

Por eso creo que reeditar Fuego Lento fue mucho más que recuperar un título agotado.

Fue una manera de decir que la historia del cómic mexicano no pertenece únicamente al pasado, sigue escribiéndose cada vez que un lector abre por primera vez uno de esos libros.

Quizá ésa sea la verdadera razón por la que algunos libros merecen volver a existir, no porque sean piezas de colección, no porque alcancen precios absurdos en el mercado de segunda mano, sino porque todavía tienen algo que decir.

Y porque siempre habrá alguien que necesite encontrarlos, igual que yo los necesité hace más de veinte años.

Mi nombre es Héctor Santarriaga y estos fueron #MisDosMinutos.

Cronología de una búsqueda:

1999
Descubro la existencia de Fuego Lento en el foro Monos y Moneros.

2001
Visito por primera vez El Taller del Perro buscando un ejemplar.

2001–2019
Durante casi veinte años sigo preguntando por el libro en librerías, puestos de revistas y ferias del libro.

2019
En la Feria del Libro de la Frontera (FELIF), en Ciudad Juárez, Ricardo Peláez Goycochea propone reeditar Fuego Lento con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Meses después, Animal Gráfico se suma al proyecto editorial.

2021
Se publica la nueva edición revisada y ampliada de Fuego Lento.

Portada de la edición 2021 de Fuego Lento.

Ficha técnica de la obra:

Título: Fuego Lento
Antología de historieta mexicana.
Autor: Ricardo Peláez Goycochea
Género:
Extensión: 144 páginas 16 páginas a color 128 en blanco y negro.
Tamaño: 20 x 23 cm.
Acabados: Forros a color con laminado mate y barniz a registro.
Fecha de publicación: Abril de 2021.
Editado por: Pura Pinche Fortaleza Cómics y Animal Gráfico.
Sinopsis: Fuego Lento es una recopilación de 37 historietas realizadas por el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Fuego Lento es una obra fundamental de la narrativa gráfica. mexicana y piedra angular de la historieta independiente.
En Pura Pinche Fortaleza Cómics consideramos muy importante rescatar este legado para ponerlo a disposición de los nuevos lectores para que quede constancia de la calidad de cómic independiente que se hacía a finales del siglo 20 en México. En esta nueva edición logramos consolidar la mayor parte del trabajo historietístico de Ricardo Peláez Goycochea ya que es una versión corregida y aumentada de aquella edición original. Tal travesía fue posible al hacer sinergia con la editorial hermana Animal Gráfico. Historietas domésticas para sazonar el olvido.

🔥 FUEGO LENTO está disponible en:
🛒 Libro físico: https://www.mercadolibre.com.mx/fuego-lento-antologia-de-comic-mexicano-de-ricardo-pelaez-g/up/MLMU1012218879
🔎 Buscalibre: https://www.buscalibre.com.mx/libro-fuego-lento/9786079916107/p/55155309
✨ Libro digital: https://mybook.to/FuegoLentoEbook

Playlist de YouTube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLuSWLXcZvHsDLvtAGHMeBS65ClZiLdnHG

 

Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica: la historia del concurso nacional de cómic independiente

Hay cajas que pesan más que otras.

No porque contengan más libros. Pesan por todo lo que representan.

Todavía puedo recordar la sala de Logan Wayne aquella noche del martes 23 de abril de 2019. El piso había desaparecido bajo decenas de paquetes recién salidos de imprenta. Acabábamos de recibir los ejemplares de Niño Terror: ¡Vacaciones nunca más!, la primera antología publicada completamente bajo el sello de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Durante un buen rato estuvimos cargando cajas y paquetes, acomodándolas contra las paredes y haciendo espacio para poder caminar. Después encendimos una cámara e hicimos una transmisión en vivo por Facebook. Abrimos los paquetes frente a nuestros lectores, mostramos el libro por primera vez y compartimos esa emoción que solamente conocen quienes han esperado durante meses la llegada de una imprenta.

Cuando terminó la transmisión, apagamos las luces del celular y por fin nos sentamos.

Estábamos cansados.

Muy cansados.

Pero también felices.

La sensación era extraña. Durante meses habíamos trabajado para que ese libro existiera y, de pronto, ahí estaba. Podíamos tocarlo. Oler la tinta. Revisar los acabados. Pasar las páginas una por una buscando cualquier detalle que se nos hubiera escapado durante la producción.

Por unos minutos ninguno dijo gran cosa.

Simplemente contemplábamos los libros.

Entonces rompí el silencio.

—¿Y si hacemos un concurso de novela gráfica nosotros?

Logan levantó la vista desde el comedor, donde estaba sentado. Me miró con esa expresión que mezcla sorpresa y desconfianza. No recuerdo que respondiera de inmediato. Creo que primero intentó averiguar si hablaba en serio o si era una de esas ideas que aparecen cuando el cansancio empieza a hacer de las suyas.

Y, siendo honesto, la propuesta sonaba completamente absurda.

Pura Pinche Fortaleza Cómics apenas estaba dando sus primeros pasos. Habíamos presentado el sello editorial apenas unos meses antes, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2018. Éramos una editorial independiente que todavía estaba aprendiendo a caminar. Íbamos descubriendo sobre la marcha cómo producir libros, cómo organizar presentaciones, cómo montar un stand, cómo sobrevivir de feria en feria y cómo convencer a los lectores de que el cómic mexicano tenía muchísimo más que ofrecer de lo que normalmente encontraban en los aparadores.

Presentando el sello editorial Pura Pinche Fortaleza Cómics en FIL 2018

No teníamos una estructura enorme.

No teníamos recursos ilimitados.

No teníamos patrocinadores.

Lo único que teníamos era una enorme cantidad de trabajo y unas ganas casi irresponsables de seguir construyendo cosas.

Mirándolo en retrospectiva, creo que así comenzó buena parte de nuestra historia.

Nunca esperamos a sentirnos preparados.

Simplemente empezábamos.

Peloteamos la idea durante un rato.

Hablamos de jueces, de convocatorias, de impresión, de dinero… sobre todo de dinero. Muy pronto nos dimos cuenta de que organizar un concurso nacional de novela gráfica estaba muy por encima de nuestras posibilidades. La conversación terminó igual que había comenzado: entre dudas, risas y una larga lista de preguntas sin respuesta.

Tebin, Héctor Santarriaga y Logan Wayne de Pura Pinche Fortaleza Cómics en 2019.

Era abril de 2019.

Si alguien me hubiera dicho esa noche que esa conversación terminaría convirtiéndose en uno de los concursos de narrativa gráfica mexicana más importantes del país, probablemente me habría reído.

Porque, en realidad, la historia del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica no comenzó aquella noche.

Comenzó casi un año antes.

Y, curiosamente, también empezó con cajas de libros.

 

I. El robo.

Era mayo de 2018 y participábamos en CONQUE, una convención de cómics que ese año se celebró en Querétaro.

Tebin y yo, como parte de Nostromo Ediciones habíamos viajado juntos para participar como expositores. Cada uno tendría su propia mesa para vender sus libros, saludar lectores y presentar su trabajo. Logan Wayne llegaría unas horas después por su cuenta. Todo estaba listo para comenzar.

O al menos eso creíamos.

El día anterior a la inauguración dejamos el automóvil de Tebin en el estacionamiento del recinto mientras entrábamos a montar nuestras mesas.

Cuando regresamos, alguien había abierto el coche.

Se habían llevado prácticamente todo.

Libros.

Maletas.

Material de trabajo.

Ropa.

Objetos personales.

Recuerdo perfectamente esa sensación de incredulidad. Caminábamos alrededor del automóvil esperando descubrir que aquello era un error, que las cosas aparecerían en algún rincón del estacionamiento. No ocurrió.

No había otra opción.

Regresamos en cuanto pudimos a la Ciudad de México.

Conseguimos más ejemplares.

Compramos lo indispensable para poder trabajar durante el evento.

Volvimos a cargar el coche.

Y emprendimos otra vez el camino hacia Querétaro.

Llegamos alrededor de las cuatro de la mañana del viernes 4 de mayo.

La convención abría sus puertas a las diez.

Dormimos apenas tres horas.

A las diez de la mañana, cada uno de nosotros ya estaba detrás de su respectiva mesa, intentando que nadie imaginara el desastre que habíamos vivido apenas unas horas antes.

Lo curioso es que ese robo nunca terminó definiendo aquel viaje.

Con el paso del tiempo, recuerdo mucho más lo que ocurrió esa misma noche.

Porque, sin saberlo, fue ahí donde realmente comenzó la historia del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

 

II. La pregunta.

Hay días que uno recuerda por el problema que tuvo.

Y hay otros que terminan siendo inolvidables por una conversación.

La primera noche de CONQUE pudo haber quedado marcada únicamente por el robo de nuestros libros.

Teníamos razones suficientes para dar por perdido el viaje. El cansancio seguía acumulándose. Dormimos apenas unas horas, trabajamos toda la jornada intentando mantener el ánimo y, cuando por fin terminó el primer día de actividades, lo único que queríamos era sentarnos un rato.

Logan y yo propusimos ir a cenar.

Había un restaurante de espadas brasileñas muy cerca del recinto y, si soy completamente honesto, tampoco necesitábamos demasiado pretexto para terminar en un lugar así. Quienes nos conocen saben que, durante varios años, cualquier ciudad que visitábamos era una buena excusa para buscar uno.

Aquella noche la mesa fue creciendo poco a poco.

Éramos más de diez personas entre colegas, amigos, lectores y familiares. En uno de los extremos de la mesa nos sentamos Logan Wayne, Armando Montes de Santiago, Alejandra Romero, que también nos acompañaba durante el viaje y yo. Del otro lado estaban Edgar Clement con varios amigos y lectores, inmersos en sus propias conversaciones.

El restaurante estaba lleno.

Había ruido por todas partes.

Meseros entrando y saliendo con enormes espadas de picaña, sirloin y costillas.

El ambiente era exactamente el que necesitábamos después del desastre del día anterior.

Entre un corte y otro comenzamos a hablar de eventos de cómic.

De las ferias del libro.

De las convenciones que nos gustaban y de las que sentíamos que todavía podían crecer.

En algún momento la conversación llegó a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Apenas unos meses antes habíamos participado en la primera edición del Salón del Cómic + Novela Gráfica y la experiencia había sido extraordinaria. Por primera vez sentíamos que gracias a Armando Montes de Santiago, el cómic mexicano ocupaba un espacio importante dentro de la feria del libro más grande del mundo en español.

Entonces dije una frase que parecía completamente inocente.

—La FIL debería hacer un concurso de novela gráfica. ¿Por qué no hacen uno?

Armando sonrió.

Nos volteamos a ver.

Todos estuvimos de acuerdo.

Sí.

Sería increíble.

Un concurso nacional.

Una convocatoria abierta.

Una oportunidad para descubrir nuevas voces de la narrativa gráfica mexicana.

Pero una cosa era desearlo y otra muy distinta hacerlo realidad.

Armando nos explicó que poner en marcha un proyecto así no era sencillo. Había muchos factores involucrados y no dependía únicamente de una persona.

La conversación siguió su curso.

Nadie dijo que fuera imposible.

Nadie descartó la idea.

Simplemente quedó flotando sobre la mesa, como tantas otras conversaciones que nacen entre amigos y que parecen destinadas a quedarse solamente ahí.

Hoy pienso mucho en ese momento.

Porque es muy fácil acostumbrarnos a esperar que alguien más haga las cosas.

Que alguien organice el evento.

Que alguien publique el libro.

Que alguien abra la convocatoria.

Que alguien construya el espacio que sentimos que hace falta.

Aquella noche nosotros también estábamos esperando.

Esperando que la FIL hiciera un concurso de novela gráfica.

Lo que todavía no sabíamos era que, menos de un año después, dejaríamos de esperar.

Y decidiríamos construirlo nosotros.

Durante mucho tiempo pensé que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica había nacido en abril de 2019, en la sala de Logan, entre cómics recién salidos de imprenta.

Hoy creo que estaba equivocado.

La semilla se sembró aquella noche en Querétaro.

No hubo discursos.

No hubo acuerdos.

No hubo un plan de trabajo.

Solamente hubo una conversación sincera entre personas, entre amigos que compartían la misma preocupación por el futuro del cómic mexicano.

A veces las ideas más importantes comienzan exactamente así.

No con certezas.

Sino con una pregunta que alguien se atreve a decir en voz alta.

 

III. El día que dejamos de esperar

Pasó casi un año.

La idea seguía apareciendo de vez en cuando en nuestras conversaciones, pero la realidad era mucho más urgente.

Pura Pinche Fortaleza Cómics acababa de nacer y cada semana representaba un nuevo reto. Había libros por producir, eventos por atender y una editorial independiente que intentaba abrirse paso en un terreno donde casi todo había que aprenderlo sobre la marcha.

Para finales de abril de 2019 participamos por primera vez en la Feria Nacional del Libro de León.

Como ocurre siempre, el trabajo comenzó un día antes de que la feria abriera sus puertas.

Había que descargar cajas.

Levantar el stand.

Acomodar libros.

Resolver los últimos detalles para que, al día siguiente, todo estuviera listo cuando llegaran los primeros lectores.

Cuando terminamos, el pasillo seguía vacío.

La feria aún no comenzaba.

Nuestro pequeño espacio estaba listo.

Y quizá por eso era el momento perfecto para tomar una decisión.

Salimos a cenar.

Otra vez terminamos en un restaurante de espadas brasileñas.

Otra vez el ruido de los platos, las conversaciones y los meseros llenaba el ambiente.

Otra vez la carne seguía llegando a la mesa mientras hablábamos de proyectos.

Hay quien dice que las mejores ideas nacen en una oficina.

Las nuestras, al parecer, siempre nacían alrededor de una mesa.

Esta vez la conversación ya no giró alrededor de lo que alguien más podía hacer.

La pregunta había cambiado.

—¿Y si hacemos el concurso nosotros?

Esta vez nadie se rió.

Porque, aunque seguía pareciendo una locura, ya no sonaba imposible.

 

IV. Convencer a otros de creer

Aquella cena en León terminó de una forma muy distinta a la de Querétaro.

Ya no estábamos imaginando un concurso.

Estábamos tratando de descubrir cómo hacerlo posible.

Las ideas comenzaron a aparecer una detrás de otra.

¿Quién podría ser jurado?

¿Cuándo abriríamos la convocatoria?

¿Cómo seleccionaríamos las obras?

¿Cómo sería la ceremonia de premiación?

Y, por supuesto, apareció la pregunta inevitable.

—¿Y el dinero?

Hubo unos segundos de silencio.

Organizar un concurso nacional de novela gráfica implicaba imprimir un libro completo. Para una editorial independiente como la nuestra, aquello representaba un esfuerzo enorme.

—Pues habrá que conseguir un patrocinador.

Volteamos a ver a Alejandra Romero.

Ella había trabajado durante años en Editorial Televisa y conocía perfectamente el mundo editorial.

—¿Y si hablamos con SMASH?

Nos reímos.

Pero mientras más lo pensábamos, menos descabellada parecía la idea.

La cena terminó con un brindis.

Tequila derecho.

Después de un auténtico atracón de carne.

Recuerdo perfectamente ese momento porque, aunque no firmamos ningún documento ni hicimos ningún acuerdo formal, todos sabíamos que acabábamos de comprometernos con algo que todavía no alcanzábamos a dimensionar.

Antes de levantarnos de la mesa hicimos el primer trato.

Al día siguiente llamaríamos a Armando Montes de Santiago.

Si la FIL Guadalajara quería sumarse, nosotros estábamos listos para comenzar.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo que esperábamos.

Armando no solamente recibió la propuesta con entusiasmo.

Quiso formar parte de ella.

Desde el principio entendió que el concurso podía convertirse en una oportunidad para descubrir nuevas voces dentro del cómic mexicano y la narrativa gráfica mexicana.

Gracias a su apoyo, la ceremonia de premiación encontró un hogar en el Foro Rius, dentro del Salón del Cómic + Novela Gráfica de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Con el paso de los años, esa alianza terminaría convirtiéndose en una de las columnas que sostienen al Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Y todavía faltaba una pieza.

Durante once años trabajé en Editorial Televisa, principalmente en el área de revistas infantiles.

Para entonces ya llevaba cinco años fuera de la empresa, pero seguía conservando contacto con varios colegas, grandes amistades y muchas personas con las que seguía en contacto y estaban muy cerca. Entre ellas estaba Alejandra Romero.

Gracias a ese vínculo nos acercamos a SMASH, el sello editorial que en ese momento publicaba en México los cómics de DC Comics y Marvel Comics.

La respuesta volvió a sorprendernos.

Aceptaron.

SMASH se convirtió en el patrocinador de la impresión del primer libro ganador.

De pronto, aquello que unos días antes parecía una locura comenzaba a tomar forma.

Ya teníamos una sede.

Ya teníamos un aliado.

Ya teníamos una forma de imprimir la obra campeona.

Ahora solamente faltaba una cosa.

Que existieran autores dispuestos a confiar en nosotros.

 

V. La noche en que nació la convocatoria.

La convocatoria no apareció por generación espontánea.

Nació exactamente igual que nacen muchas cosas en una editorial independiente.

Con café, con cansancio y con una pizza sobre la mesa nos reunimos en mi casa.

Sabíamos qué queríamos lograr.

Lo que todavía no sabíamos era cómo convertir esa intención en reglas claras.

Pasamos horas discutiendo cada punto.

Cada requisito.

Cada fecha.

Cada detalle.

Queríamos construir un concurso serio.

Uno que tratara con respeto el trabajo de los autores.

Uno que realmente pudiera convertirse en una plataforma para el cómic mexicano.

Sin darnos cuenta se hizo de noche.

Seguimos escribiendo.

Corrigiendo.

Debatiendo.

Cuando terminamos el primer borrador ya eran más de las tres de la mañana.

Estábamos agotados.

Pero también teníamos la sensación de haber construido algo importante.

Pocos días después, el 21 de mayo de 2019, encendimos una cámara e hicimos una transmisión en vivo por Facebook.

Leímos punto por punto la convocatoria del primer Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Presentamos también el concurso en MVS Radio en el programa Charros VS Gangsters

Recuerdo perfectamente la mezcla de emoción y nervios.

Porque hasta ese momento todo dependía de nosotros.

A partir de ese instante, el concurso dependería de los autores.

No teníamos idea de cuántas personas participarían.

Pensábamos que probablemente recibiríamos obras de amigos, colegas y autores que ya conocíamos.

Nada nos preparó para lo que ocurrió después.

Porque los primeros correos comenzaron a llegar.

Y con ellos descubrimos algo que cambiaría para siempre la manera en que entendíamos el cómic mexicano.

 

VI. Había más gente haciendo cómic de la que imaginábamos.

Hay una imagen que nunca voy a olvidar.

No es una ceremonia de premiación.

No es una fotografía con los campeones.

Ni siquiera es la publicación del primer libro.

Es un correo electrónico.

Porque cuando publicamos la convocatoria ocurrió algo que jamás vimos venir.

Los proyectos comenzaron a llegar.

Al principio eran pocos. Cada vez que aparecía una nueva participación en el correo de la editorial, alguno de nosotros la abría con la misma curiosidad. No para descubrir quién estaba detrás de ella. De hecho, no podíamos saberlo.

Desde la primera edición decidimos que todas las obras participarían bajo un seudónimo. La identidad de sus autores queda resguardada en una plica independiente que permanece cerrada durante todo el proceso de evaluación. Los jueces tampoco conocen los nombres de quienes participan. Frente a ellos solamente hay novelas gráficas.

Nada más.

La plica únicamente se abre cuando la obra ganadora ha sido elegida.

Primero nace un campeón. Después conocemos su nombre.

Queríamos que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica se decidiera exactamente como debe decidirse un concurso de novela gráfica: por la calidad de la obra, nunca por el prestigio, los contactos o la trayectoria de quien la firma.

Así que, cada vez que llegaba una nueva participación, lo único que sabíamos era que alguien, en algún lugar de México, había dedicado meses o quizá años de su vida a construir esa historia.

Durante los primeros días todavía alcanzábamos a comentar cada proyecto.

Después dejamos de hacerlo.

Los correos seguían llegando.

Y siguieron llegando.

Hasta que un día entendimos algo que nunca habíamos imaginado.

Había muchísima más gente haciendo cómic mexicano de la que conocíamos.

Durante años recorrimos convenciones, ferias del libro y festivales especializados. Pensábamos que conocíamos buena parte de la comunidad.

La ceremonia del primer Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica 2019 en el Foro Rius.

Estábamos equivocados.

La convocatoria comenzó a revelarnos un mapa completamente distinto.

Empezaron a aparecer propuestas de estados donde nunca habíamos presentado un libro.

Personas que llevaban años trabajando en silencio.

Historias que no se parecían a nada de lo que habíamos leído antes.

De pronto comprendimos que el cómic mexicano era mucho más grande que el pequeño círculo que solíamos encontrar en los eventos.

Simplemente no lo estábamos viendo.

Con el paso de las ediciones esa sensación no ha hecho más que crecer.

Hoy, después de siete convocatorias, cerca de cuatrocientas novelas gráficas han participado en el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Cuatrocientas.

Es una cifra que todavía me cuesta dimensionar.

Porque detrás de cada una hay meses o años de trabajo.

Hay alguien que decidió empezar una historia sin tener ninguna garantía de que algún día sería publicada.

Muchas de esas obras fueron creadas específicamente para participar en el concurso.

Eso significa que el Premio no solamente reconoce novelas gráficas.

También provoca que existan.

Y esa diferencia me parece enorme.

Con frecuencia alguien me pregunta si no resulta frustrante que solamente una obra sea ganadora cada año.

La respuesta es no.

Porque el verdadero éxito del Premio nunca ha dependido únicamente de la obra ganadora.

Está en todas las demás.

En las novelas gráficas que siguieron creciendo después de no haber sido seleccionadas.

En los autores que decidieron autopublicarlas.

En quienes corrigieron su proyecto y lo llevaron a otro lado.

En quienes llevaron su obra a otros concursos y los ganaron.

En quienes comenzaron una segunda obra.

O una tercera.

O una cuarta.

Hay una cláusula dentro de nuestra convocatoria que casi nadie comenta.

En ella establecimos que, si una obra no campeona despertaba el interés editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics, podríamos abrir su plica para contactar a sus autores y explorar la posibilidad de publicarla.

La escribimos desde la primera edición.

No porque tuviéramos los recursos para publicar decenas de novelas gráficas.

Sino porque queríamos dejar abierta esa puerta.

Porque un jurado elige una obra.

Pero el talento nunca cabe en un solo premio.

Durante años esa cláusula permaneció esperando.

Hasta que finalmente ocurrió.

En 2023 La Playa llegó como una de las obras finalistas del concurso. No obtuvo ganó el concurso, pero sí encontró lectores ya que un año después tuvimos el privilegio de publicarla nosotros mismos bajo nuestro sello editorial.

Cada vez que pienso en esa decisión recuerdo por qué escribimos aquella cláusula desde el principio.

Nunca quisimos construir un muro.

Siempre quisimos construir una puerta.

Quizá esa ha sido la mayor enseñanza que me ha dejado el Premio.

Creíamos que estábamos organizando un concurso.

En realidad, estábamos tomando el pulso del cómic mexicano.

Cada convocatoria es una fotografía de lo que cientos de autores están imaginando al mismo tiempo.

De sus preocupaciones.

De sus obsesiones.

De sus influencias.

De las historias que sienten la necesidad de contar.

Muy pocas personas tienen el privilegio de asomarse a ese momento.

Yo sí lo he tenido.

Y no deja de sorprenderme.

 

VII. El premio nunca fueron mil libros

Cuando anunciamos el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica hubo una pregunta que apareció una y otra vez.

—¿Por qué entregar mil ejemplares?

La respuesta nunca fue económica.

Fue profundamente personal.

Los fundadores de Pura Pinche Fortaleza Cómics también comenzamos como autores independientes.

Aprendimos a escribir.

A editar.

A corregir.

A tratar con imprentas.

A cargar cajas de libros.

A montar stands.

A vender en convenciones.

A recorrer el país presentando nuestro trabajo.

Nadie nos enseñó cómo hacerlo.

Fuimos aprendiendo sobre la marcha.

A veces acertando.

Muchas otras equivocándonos.

Por eso, cuando diseñamos el Premio, quisimos que el reconocimiento no terminara con una ceremonia.

Queríamos que el verdadero premio comenzara precisamente ahí.

Los mil ejemplares nunca fueron solo libros.

Son una herramienta.

Son la posibilidad de que el campeón decida qué hacer con su propia obra.

Presentarla en ferias del libro.

Llevarla a convenciones.

Buscar librerías.

Organizar firmas de ejemplares.

Regalar algunos libros.

Vender otros.

Encontrar lectores.

Comenzar una carrera.

O consolidar la que ya había empezado.

El verdadero premio nunca ha sido publicar un libro.

El verdadero premio es hacerse responsable del destino de ese libro.

Porque eso es exactamente lo que hacemos quienes elegimos el camino de la edición independiente.

Tratamos de construir una carrera.

No de esperar a que alguien la construya por nosotros.

Y ése fue, desde el primer día, el espíritu del Premio.

No queríamos formar autores dependientes de una editorial.

Queríamos ayudar a formar autores independientes.

Autores capaces de tomar esos mil ejemplares y convertirlos en el primer paso de una trayectoria.

En el fondo, todo se resume a una idea muy sencilla.

Intentar hacerles un poco más fácil el camino que nosotros mismos tuvimos que recorrer.

VIII. Cumplir la palabra.

Hay proyectos que sobreviven gracias al dinero.

Otros sobreviven gracias al entusiasmo.

El Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica sobrevivió por una razón mucho más sencilla.

Porque cada año decidimos cumplir con nuestra palabra.

La primera gran prueba llegó mucho antes de lo que imaginábamos.

En 2020 el mundo se detuvo.

Las ferias del libro desaparecieron.

Las convenciones fueron canceladas.

Los eventos donde normalmente vendíamos nuestros libros dejaron de existir de un día para otro.

Y, como si eso no fuera suficiente, SMASH ya no pudo continuar como patrocinador del Premio después de los cambios que hubo en su administración.

De pronto nos encontramos exactamente donde nunca habíamos querido estar.

Sin eventos.

Sin patrocinador.

Y prácticamente sin ingresos.

Durante varias semanas hablamos seriamente sobre la posibilidad de suspender el concurso.

Era una decisión razonable.

Nadie nos habría reprochado esperar un año.

Todo el mundo estaba intentando entender qué estaba ocurriendo.

Pero había un problema.

Ya habíamos publicado la convocatoria.

Había autores trabajando.

Había personas que habían decidido invertir meses de su vida para participar.

Y nosotros habíamos dado nuestra palabra.

Así que hicimos lo único que podíamos hacer.

Seguir.

No fue una decisión sencilla.

Tuvimos que asumir nosotros mismos el costo de imprimir la obra ganadora.

Para una editorial independiente aquello representaba un esfuerzo enorme.

Pero nunca consideramos otra opción.

Si el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica quería convertirse en un proyecto serio, tenía que demostrarlo precisamente cuando las circunstancias invitaban a hacer lo contrario.

La obra ganadora de aquel año fue Donde migran las aves, de Millo Sketch, de Xalapa, Veracruz.

La ceremonia de premiación tuvo que realizarse de manera virtual.

No hubo escenario.

No hubo aplausos.

No hubo fotografías con decenas de personas alrededor.

Pero sí hubo libro.

Y eso era lo verdaderamente importante.

Cuando los ejemplares estuvieron listos viajamos hasta Xalapa para entregárselos personalmente.

Todavía usábamos cubrebocas.

Todavía existía esa distancia incómoda que imponía la pandemia.

Recuerdo perfectamente las ganas que todos teníamos de abrazarnos y no poder hacerlo.

No hacía falta decir demasiado.

El libro hablaba por nosotros.

Habíamos cumplido.

Un año después ocurrió algo parecido.

La novela gráfica ganadora fue Agujero Blanco, de Alba Glez, de Querétaro.

La ceremonia también fue virtual.

Cuando llegó el momento de entregar los ejemplares viajé solo hasta Querétaro.

Otra vez con cubrebocas.

Otra vez sin abrazos.

Otra vez con la satisfacción de saber que el Premio seguía cumpliendo aquello que había prometido.

Con el tiempo entendí que esos viajes no eran solamente entregas de libros.

Eran una forma de decirles a nuestros campeones que confiaban en el proyecto correcto.

Que detrás del concurso había personas dispuestas a cumplir incluso cuando hacerlo parecía poco conveniente.

Después vino Morelia.

En 2022 viajábamos rumbo a Guadalajara para la Feria Internacional del Libro.

Antes de llegar hicimos una escala en Michoacán.

Nos citamos con Heretto Dos para desayunar en un restaurante.

La entrega ocurrió en el estacionamiento.

Heretto Dos tomó por primera vez Ceniza: El vil y vulgar infierno de Shanik entre sus manos.

No recuerdo que dijera gran cosa.

No hacía falta.

La emoción se le veía en la cara.

Hay silencios que dicen mucho más que cualquier discurso.

Fue un honor contar con la paticipación de Alba Glez, ganadora de nuestro concurso en 2021 y Heretto Dos, ganador del 2022.

Con el paso de los años esas escenas comenzaron a repetirse.

Y, curiosamente, nunca ocurrían durante la ceremonia de premiación.

Siempre sucedían unos minutos antes.

O unos días antes.

En un estacionamiento.

En un stand.

En una carretera.

En una caja recién abierta.

Ahí es donde realmente sucede el Premio.

 

IX. El momento en que nace un campeón.

Después de siete ediciones he descubierto algo.

La reacción nunca es exactamente igual.

Pero siempre ocurre algo parecido.

Cöld Sinistar llegó a nuestro stand durante la FIL Guadalajara unos días antes de la ceremonia de premiación.

Miró el libro.

Abrió mucho los ojos.

Lo contempló durante varios segundos.

Estaba completamente atónito.

No dijo casi nada.

No era necesario.

Alan Street vivió algo distinto.

Alan S.treet y su novela gráfica Charla Tranquila en el Foro Rius en FIL 2023.

Lo conocimos dos años antes de que se convirtiera en campeón.

En 2021 visitó nuestro stand durante la Feria Nacional del Libro de León buscando manga y cómic europeo.

Casi por accidente terminó descubriendo todo un catálogo de cómic mexicano.

Platicamos poco.

Le hablamos del Premio.

Dos años después regresó.

Esta vez no como lector.

Sino como campeón.

Nos contó que, cuando recibió la noticia de que había ganado, todavía no alcanzaba a dimensionar lo que significaba.

Fue hasta que llegó a Guadalajara y tuvo su novela gráfica entre las manos cuando realmente entendió lo que había ocurrido.

La ceremonia de premiación en FIL 2023

Rafael Radillo tampoco podía dejar de mirar su libro.

Habíamos trabajado intensamente en una nueva portada.

Ver el resultado impreso fue emocionante para todos.

Rafael Radillo en la ceremonia de premiación FIL 2024

Darkko Castillo y Dante Navarro nos regalaron otra primera vez.

Fueron los primeros campeones en obtener el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica como equipo creativo.

Uno escribiendo.

El otro ilustrando.

Verlos sostener juntos la obra fue una imagen que difícilmente voy a olvidar.

Ceremonia FIL 2025.

He tenido el privilegio de presenciar ese momento una y otra vez.

Y siempre termino pensando exactamente lo mismo.

Lo que esos autores sostienen entre las manos no es solamente un libro.

Es el resultado de años de trabajo.

De dudas.

De desvelos.

De páginas que alguna vez existieron únicamente dentro de una computadora.

De historias que, durante mucho tiempo, solamente vivieron en su imaginación.

Hasta que un día pudieron tocarlas.

Y creo que ése es el verdadero milagro de hacer cómics.

 

X. Valió la pena

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica me ha enseñado mucho más de lo que yo esperaba enseñarle a alguien.

Cuando aquella noche de abril de 2019 lancé una pregunta en la sala de Logan Wayne, lo hice pensando en un concurso.

Pensaba en una convocatoria.

En un jurado.

En una ceremonia de premiación.

En un libro.

Nunca imaginé todo lo que vendría después.

No imaginé las casi cuatrocientas novelas gráficas que llegarían con el paso de los años.

No imaginé la diversidad de voces, de estilos, de géneros y de miradas que descubriríamos edición tras edición.

No imaginé que tendría el privilegio de leer tantas historias antes de que existieran como libros.

Y, sobre todo, no imaginé que ese proceso terminaría enseñándome tanto sobre el cómic mexicano.

Porque detrás de cada participación hay alguien que decidió creer en una historia.

Alguien que encontró tiempo para escribir después del trabajo.

Que dibujó durante las noches.

Que corrigió páginas una y otra vez.

Que volvió a empezar cuando algo no funcionaba.

Cada obra que llega al Premio representa una apuesta enorme.

Y eso merece todo mi respeto.

A veces me preguntan cuál ha sido la mayor satisfacción de organizar este concurso.

La respuesta nunca cambia.

No es la ceremonia.

No es anunciar a la obra campeona.

No es ver el Foro Rius lleno.

Es un instante mucho más pequeño.

Ver al campeón sostener su libro por primera vez.

Todavía recuerdo la mirada de Cöld Sinistar frente a su novela gráfica.

El silencio de Heretto Dos en aquel estacionamiento de Michoacán.

La emoción de Rafael Radillo contemplando una portada en la que habíamos trabajado durante semanas.

A Alan Street descubriendo que ganar el Premio significaba algo completamente distinto cuando tuvo el libro entre las manos.

A Millo Sketch y Alba Glez recibiendo sus ejemplares en plena pandemia, con un cubrebocas de por medio y la certeza de que una promesa cumplida también puede abrazar.

Cuando los campeones se encuentran. Alba Glez y Millo Sketch con sus respectivas obras ganadoras.

A Darkko Castillo y Dante Navarro sosteniendo juntos una obra que nació del trabajo de dos autores.

He visto esa escena siete veces.

Y las siete veces ha sido distinta.

Pero todas tienen algo en común.

Durante unos segundos desaparece el ruido.

Las conversaciones se detienen.

Las personas alrededor dejan de importar.

Solamente existen un autor y su libro.

Creo que todos ellos saben, en ese instante, lo difícil que es hacer cómic en México.

Y precisamente por eso ese momento pesa tanto.

Porque no están sosteniendo únicamente un objeto.

Están sosteniendo años de trabajo.

Años de disciplina.

Años de incertidumbre.

Años de insistir en contar una historia cuando nadie podía asegurarles que algún día encontraría lectores.

Tal vez por eso nunca he sentido que el Premio pertenezca realmente a Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Nosotros solamente lo organizamos.

Quienes le dan sentido son los autores que deciden confiar en él.

Alba Glez y Alan S.treet, nuestros campeones 2021 y 2023.

Ellos son quienes lo construyen cada año.

Con cada página.

Con cada proyecto.

Con cada novela gráfica que llega firmada con un seudónimo.

Y eso también me recuerda algo que nunca hemos querido perder de vista.

El protagonista de este concurso nunca ha sido un nombre.

Siempre ha sido una obra.

Primero nace un campeón. Después conocemos su nombre.

Esa idea nos ha acompañado desde la primera convocatoria y espero que siga acompañándonos muchos años más.

Porque resume exactamente el tipo de Premio que quisimos construir.

Uno donde el talento importe más que la trayectoria.

Donde la historia pese más que la fama.

Donde una novela gráfica tenga las mismas posibilidades de ganar sin importar si detrás de ella hay un autor reconocido o alguien que nunca antes había publicado.

Esa igualdad de condiciones no es un detalle administrativo.

Es un compromiso.

Y también una forma de entender el cómic mexicano.

Con el paso de los años he comprendido que el verdadero premio nunca fueron los mil ejemplares.

Los mil libros son solamente el principio.

Lo verdaderamente valioso es lo que cada campeón decide hacer con ellos.

Hay quien comienza a recorrer ferias del libro.

Hay quien toca las puertas de librerías.

Hay quien encuentra a sus primeros lectores.

Hay quien consolida una carrera que ya venía construyendo.

Al final, cada caja de libros representa exactamente lo mismo.

Una oportunidad.

Quizá esa fue siempre nuestra intención.

No recorrer el camino por nadie.

Sino dejarlo un poco menos difícil para quienes venían detrás.

Porque nosotros también estuvimos ahí.

También cargamos cajas.

También aprendimos a prueba y error.

También recorrimos el país con nuestros libros bajo el brazo.

Y si todo lo que hemos construido desde 2019 ha servido para que aunque sea un solo autor encuentre un camino un poco más claro hacia sus lectores…

Entonces habrá valido la pena.

Muchísimo.

El cómic mexicano está vivo.

Lo he visto en casi cuatrocientas novelas gráficas.

Lo he visto en autores que decidieron autopublicarse después de no resultar campeones.

Lo he visto en lectores que descubrieron por primera vez que en México se cuentan historias extraordinarias en viñetas.

Y mientras sigan existiendo personas dispuestas a dedicar años de su vida a crear una novela gráfica, seguiremos necesitando espacios donde esas historias puedan encontrarse con sus lectores.

Porque el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica nunca ha tratado únicamente de elegir una obra.

Ha tratado de recordar, año tras año, que el cómic mexicano no necesita permiso para existir.

Necesita autores que lo hagan.

Lectores que lo acompañen.

Y una comunidad que crea en él.

Yo tengo la fortuna de formar parte de esa comunidad.

Y, después de todo este tiempo, sigo sintiendo exactamente lo mismo que aquella noche en la sala de Logan Wayne, rodeado de paquetes y cajas de libros recién salidos de la imprenta.

Valió la pena.

¡Lee cómics y hagamos que el cómic mexicano siga vivo!

Mi nombre es Héctor Santarriaga y estos fueron #MisDosMinutos.

Cronología de un sueño colectivo:

Mayo de 2018
Durante CONQUE, en Querétaro, sufrimos el robo de libros, equipo y pertenencias. Esa misma noche, durante una cena entre colegas, surgió por primera vez la conversación sobre la necesidad de crear un concurso nacional de novela gráfica independiente.

23 de abril de 2019
Rodeados de cajas recién salidas de imprenta con Niño Terror: ¡Vacaciones nunca más!, retomamos la idea en la sala de Logan Wayne y decidimos que había llegado el momento de dejar de esperar a que alguien más organizara el concurso.

Mayo de 2019
Tras una larga noche de trabajo escribimos la primera convocatoria del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica y, pocos días después, la presentamos públicamente mediante una transmisión en vivo.

2019
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se suma al proyecto a través de Armando Montes de Santiago. El Foro Rius se convierte en la sede oficial de la ceremonia de premiación.

2019
Se celebra la primera edición del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica y queda claro que existe una comunidad de autores mucho más amplia de lo que imaginábamos.

2020
La pandemia obliga a cancelar ferias y convenciones. Sin patrocinador y con recursos limitados, decidimos mantener el compromiso con los autores y publicar la obra ganadora. La premiación se realiza de forma virtual y viajamos a Xalapa para entregar personalmente los libros a Millo Sketch.

2021–2025
El Premio continúa creciendo. Cada nueva convocatoria revela nuevas voces, nuevos estilos y nuevas regiones del país. Los libros ganadores comienzan a formar parte del panorama del cómic mexicano y el certamen se consolida como una plataforma para descubrir narrativa gráfica independiente.

2026
Tras siete ediciones y cerca de cuatrocientas novelas gráficas recibidas, el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica se ha consolidado como uno de los espacios más importantes para el desarrollo del cómic independiente y la narrativa gráfica mexicana

Te comparto algunas imágenes, videos y links importantes:

Cöld Sinistar en el stand de Pura Pinche Fortaleza Cómics en la FIL 2019.

Heretto Dos, ganador del premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica 2022 levantando su premio en el Foro Rius.

Con los campeones Rafael Radillo y Millo Sketch en la CCXP 2025.

Con el campeón Darkko Castillo en FIL Monterrey 2025.

Con el campeón Dante Navarro en FIL Monterrey 2025.

La convocatoria de este año actualmente está vigente. Pero cada año la puedes encontrar en purapinchefortalezacomics.com/premio

Conoce a detalle las obras ganadoras de nuestro concurso.

¡Adquiere las novelas gráficas del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica!

Esta es una playlist en el canal de YouTube de Pura Pinche Fortaleza Cómics con muchos videos acerca del concurso y los ganadores del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Las obras ganadoras del Premio Pura Pinche Fortaleza Cómics:

 

La novela gráfica GENTE DE NUBES de Micro

Estoy muy contento porque en Pura Pinche Fortaleza Cómics acabamos de publicar la novela gráfica Gente de Nubes de Micro, una obra hermosa que por fin encontró el camino hacia los lectores después de una larga travesía. Es uno de esos libros cuya existencia se siente necesaria, no solo por su calidad artística, sino porque detrás de cada página hay años de trabajo, paciencia, convicción y amor por la narrativa gráfica.

Conocí el trabajo de Micro (Ricardo García) por allá de 1995, cuando apareció la revista Ka-Boom #0. En sus páginas presentó una historia corta protagonizada por “Micro”, un irreverente niño con superpoderes que recorría una Ciudad de México tan caótica como fascinante. Recuerdo que, incluso en una publicación llena de autores talentosos, su trabajo destacaba con facilidad. Su dibujo tenía algo especial: una mezcla de influencia clásica y personalidad propia que resultaba imposible ignorar. Había energía, oficio y una voz autoral que ya entonces apuntaba muy alto.

Diez años después, en 2005, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente. En aquel momento yo formaba parte del equipo de diseño de la revista infantil Universo Big Bang, publicada por Editorial Televisa, donde Micro se convirtió rápidamente en uno de los colaboradores habituales. Más tarde, cuando asumí la dirección de arte de la Revista Nick (Nickelodeon) en 2006, no dudé ni un segundo en invitarlo a colaborar en distintos proyectos.

Y es que trabajar con él siempre fue una experiencia extraordinaria. Más allá de la calidad de su dibujo o de su dominio del lenguaje del cómic, Micro demostró ser algo que cualquier editor valora casi tanto como el talento: una persona responsable, comprometida y puntual. Puede parecer un detalle menor, pero en el mundo editorial esas cualidades son auténticos superpoderes.

Tiempo después, Caligrama publicó su novela gráfica Micro, permitiéndonos conocer por fin el origen completo de aquel personaje que muchos habíamos seguido desde los años noventa. Fue una recompensa largamente esperada para quienes admirábamos su trabajo desde hacía años.

En 2016 tuve el privilegio de ser seleccionado para formar parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA), y una de las alegrías de aquella generación fue saber que Micro también había sido elegido. Podría decirse que fuimos compañeros de generación. Durante esos años, cada uno desarrolló proyectos personales de largo aliento, y justamente uno de los trabajos en los que Micro estaba concentrando sus esfuerzos era Gente de Nubes.

Tiempo después coincidimos en un evento y me mostró el proyecto dentro de una carpeta. Bastaron unos minutos para entender que estaba frente a algo muy especial. Gente de Nubes lucía espectacular. No solo por la calidad de la ilustración, sino porque reflejaba claramente la evolución de su autor. Era evidente que los años de experiencia habían refinado su narrativa, fortalecido sus recursos visuales y consolidado una voz artística madura y segura de sí misma. Cada página transmitía la sensación de estar frente a una obra realizada con enorme cuidado y profundo respeto por sus personajes.

En años recientes, Micro siempre respondió con entusiasmo a los llamados de la Fortaleza. Participó en el artbook de Operación Bolívar, colaboró en Gallito Cómics 61 y en 2024 aceptó formar parte del jurado del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica. En cada una de esas colaboraciones compartió generosamente su talento, experiencia y conocimiento, siempre con una actitud abierta y solidaria.

Precisamente en enero de 2025 tuvimos la oportunidad de agradecerle personalmente su apoyo durante una comida en la que también nos acompañó Luis Gantús, quien había sido juez en la misma edición del premio. Entre anécdotas, risas y conversaciones sobre cómics, surgió el tema de Gente de Nubes. Fue entonces cuando nos contó el largo y sinuoso camino que había recorrido la obra buscando una editorial que apostara por ella. A pesar de sus evidentes virtudes, el proyecto seguía sin encontrar un hogar.

Eso significaba que la novela gráfica Gente de Nubes de Micro llevaba casi una década esperando su oportunidad. Diez años de trabajo, revisiones, búsqueda de espacios y puertas que no terminaban de abrirse. Ante ese panorama, nuestra recomendación fue sencilla: si nadie quería publicarla, había que encontrar la manera de que existiera de cualquier forma. Una obra tan importante no podía quedarse guardada en una carpeta acumulando polvo. El cómic mexicano necesitaba que ese libro viera la luz.

La novela gráfica Gente de Nubes de Micro es una obra profundamente conmovedora que celebra la identidad, la resistencia y la riqueza cultural de la comunidad muxe del Istmo de Tehuantepec. Lo hace a través de personajes entrañables, momentos llenos de humanidad y una narrativa gráfica exquisita que demuestra por qué Micro es uno de los autores más sólidos y consistentes de su generación.

Finalmente, este año firmamos el contrato y nos pusimos manos a la obra. Fueron meses de trabajo editorial intenso, revisiones, ajustes y mucho entusiasmo compartido. Ver el libro terminado fue una enorme satisfacción para todos los involucrados.

Y debo decirlo sin rodeos: el resultado quedó espectacular.

Después de tantos años de espera, la novela gráfica Gente de Nubes de Micro finalmente está aquí. Y sinceramente creo que valió cada minuto de esa espera.

 

FICHA TÉCNICA.

Título: GENTE DE NUBES
ISBN: 9789709610406
Novela gráfica
Autor: Micro
Género: Comedia dramática y denuncia social.
Extensión: 144 páginas a color.
Medidas: 20 x 26 cms.
Fecha de publicación: Junio 2026.
Editado por: Pura Pinche Fortaleza Cómics
Sinopsis: En el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, la cultura zapoteca reconoce desde tiempos ancestrales a los muxes: personas nacidas con cuerpo masculino que construyen su identidad desde roles tradicionalmente femeninos. No son vistas como mejores ni peores, sino como una expresión más de la diversidad humana.
En esta tierra de viento, mar y leyendas, vive Tavo, mejor conocido como Querocha. Su vida da un giro inesperado cuando debe hacerse cargo de sus sobrinos, enfrentando responsabilidades que pondrán a prueba su fortaleza. Tavo descubrirá que el verdadero heroísmo nace del amor, la dignidad y el compromiso con los suyos.
Con la fuerza del paisaje istmeño, el eco de la Sandunga y el color de las tradiciones oaxaqueñas, Micro nos entrega una novela gráfica conmovedora que celebra la identidad, la resistencia y la riqueza cultural de la comunidad muxe.

La novela gráfica Gente de Nubes de Micro está disponible en:

🛒 Mercado Libre: https://www.mercadolibre.com.mx/gente-de-nubes–novela-grafica-mexicana-de-micro/up/MLMU4147150346
✅ Valóralo en Goodreads: https://www.goodreads.com/book/show/253631065-gente-de-nubes

 

La novela gráfica PERROS SALVAJES de Edgar Clement

En abril tuvimos el enorme privilegio de publicar la novela gráfica Perros Salvajes de Edgar Clement, un proyecto que llegó a nuestras manos después de una exitosa campaña de fondeo en Kickstarter y que, honestamente, representa una de esas ocasiones en las que el trabajo editorial deja de sentirse como trabajo para convertirse en algo mucho más cercano a un sueño cumplido.

Ya he escrito antes sobre la importancia que tuvo para mí descubrir Operación Bolívar hace muchos años. Aquella lectura no solo cambió mi manera de entender el cómic mexicano, también me hizo descubrir a uno de los autores más talentosos, visionarios e incómodos de nuestra historieta: el maestro Edgar Clement. Con el paso del tiempo tuve la fortuna de conocerlo y confirmar algo que ya sospechaba desde sus páginas: detrás de esa imaginación desbordada existe un creador comprometido con su obra, con sus lectores y con una visión artística absolutamente propia.

No exagero al decir que Edgar Clement es una de las figuras más importantes e influyentes del cómic mexicano contemporáneo. Su trabajo abrió caminos que muchos autores seguimos recorriendo hasta hoy. Por eso, como parte del consejo editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics, me siento profundamente agradecido de haber colaborado en las nuevas ediciones de algunas de sus obras más importantes: Operación Bolívar, Kerubim y ahora la novela gráfica Perros Salvajes de Edgar Clement.

Las tres historias comparten un mismo universo narrativo, uno de los proyectos de ficción más ambiciosos que ha dado el cómic mexicano. Un mundo donde los ángeles existen, pero están muy lejos de ser los seres benevolentes que nos enseñaron en el catecismo. Aquí son entidades corruptas, violentas y hambrientas de poder. Frente a ellos se alzan los nahuales, guardianes involuntarios de un equilibrio que amenaza con romperse a cada instante. Es una mitología profundamente mexicana, construida a partir de nuestras contradicciones, nuestras heridas y nuestros fantasmas colectivos.

La edición que publicamos de la novela gráfica Perros Salvajes de Edgar Clement reúne por primera vez los libros 1 y 2 en un solo volumen. Tener la historia completa entre las manos permite apreciar mejor la dimensión de la obra y dejarse arrastrar por una narrativa que no da tregua. Es uno de esos libros que comienzas por curiosidad y terminas leyendo con una mezcla de fascinación, rabia e inquietud.

Además de ser una pieza fundamental dentro del universo creado por Clement, Perros Salvajes funciona como una radiografía brutal de una época que marcó al país. Sus páginas dialogan constantemente con el clima de violencia que se desató durante la llamada “guerra contra el narco” impulsada por el gobierno de Felipe Calderón. Aunque la historia transita por territorios fantásticos, monstruos sobrenaturales y conflictos mitológicos, el horror que retrata resulta dolorosamente familiar. Quizá porque los verdaderos monstruos nunca necesitaron alas.

Y si algo me deja particularmente satisfecho al ver esta edición terminada es el trabajo realizado por todo el equipo de la Fortaleza. El resultado es un libro que luce espectacular. La restauración, el trabajo editorial, la integración de los materiales y el hecho de presentar la obra completa en un solo tomo permiten que la lectura fluya con una fuerza que pocas veces había tenido. La historia golpea más duro, emociona más y deja una impresión mucho más profunda.

Después de verla impresa, sostenerla entre las manos y releerla de principio a fin, estoy convencido de que la novela gráfica Perros Salvajes de Edgar Clement es una obra indispensable para quienes quieren conocer algunas de las propuestas más poderosas que ha dado el cómic mexicano en las últimas décadas.

Y ahora la pregunta importante:

¿Ya la leíste?

FICHA TÉCNICA.

Título: Perros Salvajes.
ISBN: 9786072657182
Novela gráfica
Autor: Edgar Clement
Género: Fantasía Urbana y denuncia social.
Extensión: 160 páginas a color.
Medidas: 20 x 26 cms.
Fecha de publicación: Abril 2026.
Coeditado por: Pura Pinche Fortaleza Cómics, Nostromo Ediciones y Editorial Perro Muerto
Sinopsis: Esta obra expande el universo de Operación Bolívar y nos lleva a un México donde ángeles, nahuales y poder se enfrentan en una lucha por la supervivencia.
Perseguidos por las autoridades, un grupo de guerrilleros descubre cómo despertar su naturaleza nahual mediante un ritual ancestral. Con sus nuevas habilidades, deberán elegir entre sumarse al lucrativo negocio de la caza de ángeles o utilizar su poder para desafiar al gobierno de Felipe Calderón.
Dicen que lo peor que puede hacerse a un perro es domesticarlo. Lo mismo ocurre con los nahuales que el sistema ha aprendido a controlar: seres indómitos que resisten, pero que corren el riesgo de perderse a sí mismos al convertirse en parte de aquello que los oprime.
Con la fuerza visual y narrativa que caracteriza a Edgar Clément, Perros Salvajes es una historia de rebeldía, identidad y libertad. Este volumen reúne la historia completa en un solo tomo.

Perros Salvajes está disponible en:

 

Palacios en el Cielo; un falso documental steampunk

¿Es Palacios en el Cielo un falso documental steampunk? ¿Y qué demonios tienen que ver el apocalipsis zombi y Batman con mi nueva novela gráfica?

He contado aquí, a grandes rasgos, de qué va Palacios en el Cielo: una novela gráfica steampunk ambientada en la Revolución Mexicana, una obra que ya superó las 300 páginas y que estoy escribiendo y dibujando completamente yo. Sí, suena a locura. Lo es. Y justo por eso sigo.

El inundado valle de México y la Ciudad de los palacios flotando en el cielo.

Esta historia nace de un cómic corto que publiqué en Dictadura de Vapor, una antología steampunk situada en el periodo histórico conocido como el Porfiriato. Después vino un intento más ambicioso: Palacios en el Cielo: Corazón. Ese proyecto no vio la luz. Se quedó en pausa, archivado, respirando lento. Pero la semilla ya estaba ahí, esperando el momento correcto para romper el suelo.

I. ¿Por qué un falso documental steampunk?

Alrededor de 2021 me topé, casi por accidente, con una serie de videos en YouTube que me dejaron clavado. Eran parte de un falso documental inspirado en el libro Gotham: 1919–1939, de Russall S. Beattie y publicado por Giant Panda King. La premisa es brutal: ¿qué habría pasado si Batman hubiera existido de verdad entre 1919 y 1939 en Estados Unidos?

La portada del libro Gotham 1919-1939

Lo que me atrapó no fue solo la idea —que ya es potente—, sino la ejecución. Esa estética retrofuturista, ese cuidado por el detalle, esa manera de tomar algo que todos conocemos y bajarlo a tierra, hacerlo tangible, incómodo, casi creíble. No era un fan art bonito: era una grieta en la realidad.

Recorrer esa Gotham era como caminar por un archivo vivo. No solo ves la ciudad: la sientes. Hay tensión, hay historia, hay heridas. Y eso me hizo ruido en la cabeza. Del bueno.

Tanto el libro como estos videos proponen una idea fascinante: imaginar cómo habría impactado histórica y culturalmente la figura de Batman si realmente hubiera existido en los Estados Unidos entre 1919 y 1939. Lo que más me llamó la atención fue la manera en que esta obra logra sentirse tan cercana y, al mismo tiempo, tan inquietante.

Los interiores del libro

A través de una estética retrofuturista muy cuidada, nos presenta rostros familiares y reinterpreta historias que muchos conocemos por los cómics, las series animadas y las películas, pero desde una perspectiva completamente distinta, más humana y, en cierto modo, más tangible. Es como si de pronto ese universo ficticio se filtrara en nuestra propia historia. Recorrer Gotham en este contexto se vuelve una experiencia profundamente inmersiva.

 

No solo observamos la ciudad, sino que casi podemos sentir su atmósfera: sus tensiones, sus sombras, su historia viva latiendo en cada rincón. Como espectadores, nos invita a mirar más de cerca, a cuestionarnos qué habría significado realmente la presencia de un personaje como Batman en un mundo marcado por conflictos, cambios sociales y momentos decisivos. Las imágenes, además, son simplemente impresionantes. Hay un nivel de detalle y dedicación que transmite una enorme pasión por el proyecto, y el libro en sí mismo se percibe como una pieza visualmente poderosa, de esas que no solo se leen, sino que se contemplan y se sienten.

Ahí fue donde algo hizo clic.

Había algo en ese libro que me atrajo mucho y que me hizo pensar nuevamente en Palacios en el Cielo.

Porque el formato de falso documental (mockumentary) siempre me ha interesado: permite construir verdades parciales, versiones contradictorias, testimonios que no encajan del todo… y justo ahí, en esa fricción, aparece algo más cercano a lo real.

Entonces recordé otro libro que leí hace unos años y me marcó: Guerra Mundial Z, de Max Brooks.

Si viste la película de 2013, olvídala. No tiene nada que ver.

El libro es otra cosa. Está construido como una serie de entrevistas: testimonios recopilados después de una guerra global contra una plaga zombi. Cada voz cuenta una parte del desastre. Ninguna tiene la verdad completa. Algunas se contradicen. Otras mienten. Y el lector tiene que armar el rompecabezas.

A través de estas voces, se revive una larga década de lucha angustiante, tal como la experimentaron personas de distintas partes del mundo. Cada relato no solo comparte vivencias personales, sino que también refleja los profundos cambios políticos, religiosos y medioambientales que marcaron ese periodo, mostrando cómo la humanidad intentó adaptarse, resistir y reconstruirse.

Eso me voló la cabeza.

Porque ahí entendí algo: no necesitas mostrarlo todo. A veces basta con escuchar a quienes sobrevivieron.

II. La decisión: contar desde las grietas

Ahí fue cuando lo decidí.

Palacios en el Cielo no iba a ser una historia tradicional. Iba a ser un falso documental steampunk, contado a través de entrevistas. No desde los héroes. No desde los grandes nombres. Desde la gente de a pie. Desde los que estuvieron ahí y salieron… más o menos vivos.

Porque esa es la pregunta que realmente me interesa:

¿Qué pasa con quienes no salen en los libros de historia?

El mundo que planteé ya lo tenía desde antes:

Hace 16 años, la Ciudad de México colapsó.
Se hundió. O la hundieron.

Hay versiones: una falla en el drenaje, perforaciones petroleras, un atentado fallido contra Porfirio Díaz… o algo mucho más perverso: una acción deliberada del propio régimen para elevar la ciudad y convertirla en una fortaleza flotante.

Arriba, el poder.
Abajo, el país que se desmorona.

Una ciudad amurallada en el cielo, sostenida por tecnología imposible. Símbolo de progreso… o de control absoluto.

Y entonces empecé a hacerme preguntas:

¿Cómo vivió eso la gente común?
¿Qué cuenta alguien que perdió todo?
¿Qué cree alguien profundamente religioso?
¿Qué inventa alguien para sobrevivir?

Porque sí: me interesa que haya versiones sesgadas. Me interesa que haya contradicciones. Me interesa que algunos personajes mientan.

La verdad absoluta es aburrida.
La memoria, en cambio, está llena de grietas.

III. Rosalía Salvatierra: la voz que ordena el caos

Con esa estructura clara, necesitaba un eje. Una voz que conectara todo sin domesticarlo.

Así nació Rosalía Salvatierra.

Una reportera que vivió el Porfiriato durante su infancia en carne propia y que ahora, años después, se dedica a recopilar testimonios. No para limpiar la historia, sino para exponerla. Para dejarla abierta, incómoda, viva.

El nombre no es nuevo.

Lo tomé de un personaje que creé en 2013 para Siderales, un proyecto de microrelatos sobre colonización espacial y terraformación. En ese entonces, Salvatierra era parte de un grupo de terraformadores sin escrúpulos. Me gustaba la ironía del apellido.

Así lucía Rosalía Salvatierra en su etapa terraformadora en 2013.

Ahora, esa ironía se queda… pero el peso es otro.

Esta Rosalía carga cicatrices. No es una observadora neutral. Es parte de lo que está documentando. Y eso lo cambia todo.

Rosalía Salvatierra

En ella descansa buena parte del pulso de este falso documental steampunk que es Palacios en el Cielo. Un personaje fuerte, sí, pero también fracturado. Como el mundo que intenta entender.

Y curiosamente, cuando encontré su voz… todo empezó a fluir.

Una de las páginas de mi nueva novela gráfica.

He estado usando este espacio para compartir avances reales: lo que funciona, lo que no, lo que duele, lo que emociona. Porque hacer una novela gráfica ambientada en la Revolución Mexicana a modo de falso documental steampunk es mucho más que dibujar páginas. Es sostener una idea durante años sin soltarla, incluso cuando parece que no va a ningún lado.

Si te interesa ver cómo se construye algo así, desde adentro, sin maquillaje… este es el lugar.

Nos leemos pronto.

Resistir es existir.

— Héctor Santarriaga
Abril 2026

Una novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana

Una novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana.

Después del pequeño —pero ruidoso— éxito de la antología Dictadura de Vapor, me quedé con una sensación muy clara: esto apenas estaba empezando. Y sí, lo que vino después fue meterme de lleno en otro proyecto steampunk, pero esta vez con más ambición, más riesgo… y definitivamente más terquedad.

Hace ya diez años, en 2016, mi buen amigo Abraham Martínez, mejor conocido como Cuervoscuro, tuvo la idea de armar una antología de cómics steampunk ambientados en el Porfiriato. Me invitó a participar escribiendo un guión de unas 8 páginas. El proyecto se llamó Dictadura de Vapor. Antología steampunk del Porfiriato.

Éramos 10 autores. La lógica era simple y brutalmente honesta: autopublicar, dividir el costo de impresión entre todos y repartir los 1000 ejemplares en partes iguales. Cien libros por cabeza. Sin intermediarios, sin permisos, sin pedirle nada a nadie.

A mí me pareció una gran idea. No solo por la velocidad con la que podíamos levantar algo potente, sino porque yo siempre he creído en la autopublicación. No como discurso bonito, sino como práctica constante. Toda mi carrera está construida así: haciéndolo, equivocándome, volviéndolo a hacer. Autopublicándome.

Además, había algo estratégico: cada autor estaba en una parte distinta del país. Eso significaba una red de distribución orgánica, casi artesanal. Cada quien movía sus libros donde podía, como podía. Así, sin glamour, pero con resultados.

El proyecto avanzó bien bajo la batuta de Abraham, aunque no sin tropiezos. El portadista original abandonó el barco a medio camino —porque claro, siempre pasa algo—, y después de ponernos de acuerdo, mi amigo Tebin entró al quite y resolvió la portada que hoy todos conocen. Y sí, la resolvió con estilo.

Publicamos la obra en octubre de 2016. En seguida de eso, Tebin se integró formalmente a Nostromo Ediciones.

Lanzamos el libro en la Feria del Libro del Zócalo 2016 y, como Nostromo Ediciones tenía a tres de los autores dentro del proyecto, terminamos con 300 ejemplares en nuestras manos. ¿Qué pasó con esos libros? Se fueron. Rápido. Muy rápido.

Para 2017 ya era evidente: Dictadura de Vapor había conectado. La recepción fue mucho mejor de lo que esperábamos. Algunos autores nos mandaron sus ejemplares para ayudarles a venderlos, a otros se los compramos directamente, y entre una cosa y otra, terminamos moviendo casi la mitad del tiraje.

Pero lo más importante no fueron las ventas.

Fueron las preguntas.

La gente quería más.
Y en particular, querían saber más de Palacios en el Cielo.

Ahí empezó el problema.

Porque en ese momento yo ya estaba metido hasta el cuello en otros proyectos: Sueños rotos: Sofía y Cuervo eléctrico… y la realidad es que no podía abrir otro frente. No sin romper algo.

Pero la idea ya estaba sembrada.

Y cuando una idea así se queda contigo, no se va. Se transforma. Crece. Se vuelve incómoda.

Así que hablé con Tebin. Le propuse algo: hacer una novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana, más corta, más contenida, pero ubicada en ese mismo universo. En ese momento dijo que sí.

Y entonces me puse a escribir.

El proyecto se llamó Palacios en el Cielo: Corazón.

Sí, el nombre ya lo decía todo: quería hacer una novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana. No solo en el contexto histórico, sino en lo emocional, en lo humano, en lo que se rompe cuando todo alrededor está a punto de colapsar.

La cuadrícula general del proyecto.

La historia giraba en torno a Renata y su hermano, contrabandistas, llevando la pieza clave para derribar la ciudad flotante. Afuera, los ejércitos de Villa y Zapata sitiaban la ciudad. Adentro, una operación secreta para activar un gólem mecánico en el corazón del sistema.

Una locura hermosa.

Aquí está el draft original que le compartí a Tebin:

Acto I
Se presenta el contexto general: se aborda la dictadura, el inicio de la Revolución y cómo la batalla final está a punto de ocurrir en la Ciudad de los Palacios.
Renata viaja en tren junto a su hermano. Ambos son contrabandistas y transportan la pieza final necesaria para derribar la ciudad. Al llegar a la última estación, abordarán un dirigible que los llevará al interior de la ciudad. Durante el trayecto, Renata recuerda su vida antes de la Revolución y los acuerdos que su padre hizo tanto con los revolucionarios como con el gobierno federal para mantener a su familia a salvo.

Acto II
Renata llega a la ciudad en el dirigible. Todo es un caos: va tarde, pero debe alcanzar el punto de encuentro, una fuente ubicada en el centro, donde se reunirá con su novio, Chucho, un ingeniero que ha estado preparando todo para activar al gólem. Renata trae consigo la pieza final. El gólem está siendo ensamblado en una casa de la familia de Renata, también en el centro. Hay un ambiente de gran tensión; varios revolucionarios infiltrados brindan su apoyo y serán clave para ejecutar el plan de destrucción de la ciudad.
Este acto concluye con el despertar del gólem.

Acto III
El gólem despierta y queda libre. Su objetivo es dirigirse a una oficina que da acceso a la zona subterránea de máquinas, con el fin de destruirla y provocar el colapso de la ciudad. Al inicio, será escoltado por los revolucionarios que acompañan a Chucho y Renata. La ciudad comienza a perder altura y, desde las orillas del lago, se lanzan arpones para arrastrarla hacia tierra firme, donde los revolucionarios iniciarán el abordaje, tanto a caballo como a bordo de máquinas tipo “araña”.
Finalmente, Ray y Renata se reencuentran, y a lo lejos alcanzan a ver cómo Díaz escapa en un dirigible.

El draft original y su desarrollo general.

Además de este draft, hice el desarrollo de los actos en las 43 páginas de arte que conformarían este proyecto, sin embargo, por cuestiones de la apretada agenda que teníamos en ese momento no logramos avanzar más este proyecto. Las ideas ahí estaban pero no logramos hacer los tiempos coincidir. Decidimos pausarlo y trabajar en algo mucho más ligero.

Había dirigibles, trenes, conspiraciones, máquinas imposibles… pero en el centro de todo, personas tratando de sobrevivir y de decidir de qué lado de la historia querían estar.

Eso era lo importante.

Eso sigue siendo lo importante.

Desarrollé el guión, estructuré los actos, hice thumbnails, bajé todo a páginas. El proyecto estaba listo para arrancar. Pero la realidad —esa vieja conocida— se atravesó. Las agendas no coincidieron. El tiempo no alcanzó. Y lo que parecía inevitable, se detuvo.

Lo pausamos.

Y luego… se quedó en pausa demasiado tiempo.

Durante años, esa novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana no latió. Se quedó ahí, congelada en archivos, en carpetas, en “luego lo retomamos”.

Y sí, pasa. A todos nos pasa. Tener ideas no es el problema. Todo el mundo tiene ideas. Lo difícil es sostenerlas el tiempo suficiente como para convertirlas en algo real.

Los cómics no viven de intenciones.

Viven de trabajo.

Años después, encontré la forma de volver. Pero ya no era el mismo proyecto. Ya no podía serlo. Había crecido demasiado.

Hoy, Palacios en el Cielo es otra cosa. Esa novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana que me ha tomado años construir, ya supera las 300 páginas y está escrita y dibujada completamente por mi.

Y ahora sí: voy en serio.

La meta es clara: publicarla este año y llevarla a la Feria del Libro de Guadalajara.

No como promesa. Como realidad.

Voy a usar este espacio para compartir avances reales: lo que funciona, lo que no, lo que duele, lo que emociona. Porque hacer una novela gráfica con corazón en la Revolución Mexicana no es solo sentarse a dibujar. Es sostener una idea durante años sin soltarla, incluso cuando parece que no va a ningún lado.

Si te interesa ver cómo se construye algo así, desde adentro, sin maquillaje… este es el lugar.

Nos leemos pronto.

Resistir es existir.

— Héctor Santarriaga
Abril 2026

Palacios en el Cielo – Una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana

PALACIOS EN EL CIELO: BITÁCORA DE UN PROYECTO QUE NO SABE QUEDARSE QUIETO

Palacios en el Cielo es, sin exagerar (o tal vez sí), el proyecto más ambicioso en el que he estado trabajando en los últimos años. Se trata de una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana, y no, no lo digo a la ligera: es un proyecto que me ha exigido todo.

Este libro tendrá más de 300 páginas. Está completamente escrito y dibujado por mí. Y la meta es clara: publicarlo a finales de este 2026 y llevarlo al lugar donde hoy late con más fuerza el cómic mexicano: la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si todo sale como debe (y como estoy peleando que salga), quiero presentarlo en el Foro Rius, dentro del Salón de Cómic + Novela Gráfica.

Suena bien. Pero entre ese punto y hoy, hay trabajo. Mucho trabajo.

A ocho meses de distancia, todavía hay detalles que ajustar, páginas que corregir, decisiones que tomar. Por eso decidí abrir este espacio: para compartir el proceso real detrás de esta novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana, sin filtros, sin romantizarlo de más, pero tampoco quitándole lo que tiene de emocionante. Porque sí: pocas decisiones me han resultado tan estimulantes como haber llevado esta historia hacia una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana.

I. EL ORIGEN: CUANDO TODO ERA MÁS PEQUEÑO (Y MÁS PELIGROSO)

Todo esto comenzó en 2016.

En ese entonces, mi buen amigo Abraham Martínez, mejor conocido como Cuervoscuro, me invitó a participar en una antología de cómic steampunk que estaba coordinando: Dictadura de Vapor. Antología steampunk del Porfiriato. Yo venía trabajando principalmente en el cyberpunk —territorio cómodo, terreno conocido—, así que entrarle al steampunk fue más que un cambio de género: fue abrir otra puerta.

Acepté.

Y lo que hice fue escribir una historia corta de 8 páginas (bueno, 9 con todo y créditos) llamada Palacios en el Cielo. Ahí apareció por primera vez esta idea que no me iba a soltar nunca más: construir una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana desde la Ciudad de México.

La Ciudad de los Palacios.

El mote siempre me pareció brutal. Irónico incluso. Porque sí, hay una ciudad monumental, aspiracional, porfiriana… pero también hay otra ciudad, la real, la que se desmorona cada mañana entre el smog, el caos y la supervivencia.

Es imposible no pensar en eso sin recordar Madrugal de Café Tacvba:

“La ciudad de los palacios va dejando paso al alba
Se va perdiendo la calma
Para cuando el sol asoma
Todo el esplendor decrece
La gente las calles toma
Catedral desaparece entre smog
Y caca de paloma”

“La ciudad de los palacios va dejando paso al alba”, esa dualidad fue clave.

Y entonces apareció la imagen que detonó todo:
¿Y si la ciudad literalmente se elevara?
¿Y si el poder no solo fuera simbólico, sino físico, inalcanzable?

Así nació la idea de una ciudad flotante. Una fortaleza steampunk suspendida sobre el Valle de México. Un refugio imposible para un dictador que se niega a caer.

II. LA IDEA: UNA CIUDAD QUE SE ELEVA… Y UN PAÍS QUE SE HUNDE

El pitch que construí en ese momento era directo, casi visceral:

Una ciudad que colapsa… o que es obligada a colapsar.
Un lago que lo cubre todo.
Y sobre él, una ciudad elevada, blindada, sostenida por tecnología que nadie más comprende.

Ahí arriba, Porfirio Díaz gobierna.

Abajo, el país arde.

El resto del territorio está al borde del colapso: fábricas, campo, comunidades enteras en tensión constante. La ciudad flotante —custodiada por dirigibles monstruosos como El Dragón del Sol, Santa María Patria y El Imperial— funciona como símbolo absoluto del poder: inaccesible, impenetrable, artificial.

Y mientras tanto, abajo, la gente resiste.

Siempre he creído que las historias más potentes nacen de esa fricción.

Para poder desarrollar el guión y pasárselo al dibujante, retomé todas estas ideas y construí este texto:

La ciudad de los palacios en el cielo.

Hace 16 años la ciudad de méxico sufrió un colapso. La ciudad comenzó a hundirse, algunos dicen que fue debido a una falla en el sistema de drenaje aunado a las perforaciones que hicieron varias empresas para buscar yacimientos de petroleo, otros creen que fue un intento de asesinar a Porfirio Díaz y a su élite en el poder por parte de un grupo de mineros; pero todo indica que fue una acción premeditada por parte del Dictador y sus científicos para establecer una ciudad como ninguna otra. Una ciudad flotante amurallada sobre el valle de méxico. Una ciudad que es símbolo del poder y el progreso, una ciudad diseñada y construída por su grupo de ingenieros y científicos traídos de todo el mundo.

Desde ahí gobierna Díaz a un país que se encuentra cada vez más dividido y al borde del colapso. Con puño de hierro ha sometido a todos sus opositores, el gobierno absolutista y central se sostiene de los recursos que jala de todos los estados. Han construído “puertos” a las orillas del lago a donde llegan los trenes con mercancía que provienen de todos lados. La ciudad flotante es custodiada por tres enormes dirigibles: El Dragón del Sol, Santa María Patria y el favorito de Porfirio, El Imperial.

La inundación nos presenta como escenario un gran lago en el Valle de México del cual sobresalen algunas construcciones, como las torres de algunas iglesias, el castillo de chapultepec y algunos islotes en los que se han establecido pequeñas comunidades creando con chinampas algunos bastiones.

El resto del país está al borde del colapso. Hay brotes de rebelión e inconformidad en todos los estados, en las fábricas y en el campo…

III. HACERLO REAL: REFERENCIAS, MÚSICA Y TERQUEDAD

Cuando escribo para otros dibujantes, no me limito al guión. Necesito compartir atmósferas, referencias, obsesiones. En ese momento empecé a construir todo eso: ciudades flotantes, el Castillo de Chapultepec, dirigibles.

Imagenes enviadas al dibujante en 2016 como referencia.

Uno en particular tenía que explotar.

Y no podía no pensar en el Hindenburg. En esa imagen icónica capturada por Sam Shere en 1937. En cómo décadas después Led Zeppelin la convirtió en portada. Esa mezcla de tragedia, espectáculo y símbolo era perfecta. Tenía que estar ahí. Ser parte de este cómic.

Imagenes enviadas al dibujante en 2016 como referencia.

También conceptualicé vehículos: las “águilas”. Motocicletas voladoras que parecían mini locomotoras de vapor. Referencias de todos lados: ilustraciones, máquinas, incluso el landspeeder de Rey en The Force Awakens. Todo servía. Todo sumaba.

Porque así se construye este tipo de mundos: robando, mezclando, reinterpretando.

IV. UNA HISTORIA PEQUEÑA QUE SE NEGABA A SERLO

La verdad es que cada vez me entusiasmó más este background y a partir de ahí pude comenzar a construir la pequeña historia que aparecería publicada en Dictadura de Vapor. Para desarrollar este cómic, el espacio era muy breve, se trataba de tan solo 8 páginas más una portadilla con los créditos y yo quería contar una historia con mucha acción acerca de un levantamiento iniciado desde las entrañas de la ciudad organizado por una célula magonista, debido a que Ricardo Flores Magón es uno de los personajes históricos de esa época que más admiro.

La historia original era breve: dos mujeres, Rosa y Bertha, infiltradas en la ciudad flotante. Una conoce las entrañas del sistema. La otra tiene la habilidad para copiar los planos que podrían destruirlo todo.

Hice entonces unos bocetos muy breves de los personajes.

Imagenes enviadas al dibujante en 2016 como referencia.

La historia describía brevemente el escape de dos mujeres, jóvenes y rebeldes que fueron reclutadas para redibujar y copiar los planos de la maquinaria que mantiene a la ciudad flotando en el cielo. Rosa conocía perfectamente las calles y las entrañas de la ciudad, ella serviría como guía para llevar a Bertha, la talentosa dibujante, hasta el corazón de la ciudad, en donde ella se encargaría de copiar los planos y dibujar todo lo necesario para nutrir de la información necesaria a los rebeldes para que puedan derribar la ciudad y con ella hundir el gobierno del dictador.

Después, a la par de hacer el guión hice unos thumbnails que le envié al dibujante para que pudiera realizar su trabajo de forma mucho más eficiente y contundente. Es una practica que hago con todos los dibujantes con los que he trabajado.

Imagenes enviadas al dibujante en 2016 como referencia.

Al final, cuando Bertha y Rosa logran salir de ahí agregué cerré la historia con un fragmento de la canción Dazed & Confused de Led Zeppelin, para representar el sentimiento de aquellos que viven bajo la sombra del poder, para los de abajo.

“…Been dazed and confused for so long it’s not true .
Wanted a woman , never bargained for you .
Lots of people talkin’, few of them know
Soul of a woman was created below…”

A la antología Dictadura de Vapor. Antología Steampunk del Porfiriato le fue muy bien, fue un tiraje corto, solamente hubo mil ejemplares que se repartieron entre los diez autores que participamos y actualmente está agotado.

Dictadura de vapor: Antología Steampunk del Porfiriato.

Al día de hoy es difícil encontrar ejemplares disponibles y prácticamente imposible que pudiera haber una nueva reimpresión.

Pero hubo algo en mi cómic, que me dejó muy inquieto.

Una célula magonista detrás.
Una misión imposible.
Un escape.
Un cómic corto.

Fueron solamente nueve páginas.

Pero algo pasó.

A la gente le gustó. Mucho.
Y lo más importante: se quedaron con ganas de más.

Durante años me preguntaron si habría continuación. Durante años dije que no.

Hasta que dejé de creerme esa respuesta.

V. LO QUE ES HOY

Ese pequeño cómic creció. Se deformó. Se expandió. Se volvió más ambicioso, más complejo, más incómodo.

Y hoy es Palacios en el Cielo: una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana que me ha tomado años construir, romper y volver a armar.

Un falso documental.
Una ucronía.
Una mirada incómoda hacia nuestra historia.

Y sí: una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana que quiero ver publicada este mismo año. No como una intención. Como un hecho.

Voy a estar usando este espacio para compartir avances reales, decisiones, errores, hallazgos. Todo lo que implica levantar un proyecto así desde cero y llevarlo hasta donde tiene que llegar.

Si te interesa ver cómo se construye una novela gráfica steampunk en la Revolución Mexicana, este es el lugar.

Resistir es existir.

Héctor Santarriaga
Marzo 2026