La pregunta aparece una y otra vez.
Al terminar una conferencia. Durante un taller. Mientras firmo un libro en una feria o converso con alguien después de una presentación. Casi siempre la hace un joven que lleva un cuaderno lleno de dibujos bajo el brazo. A veces es un padre que acompaña a su hijo. Otras, una estudiante que está por terminar la preparatoria y siente que la decisión que tome en los próximos meses definirá el resto de su vida.
—¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?
Durante mucho tiempo, pensé en responder con una lista de licenciaturas. Era una respuesta correcta, pero nunca era suficiente.
Porque la pregunta estaba mal planteada. No porque elegir una carrera no sea importante. Lo es. Elegir estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco fue una de las mejores decisiones de mi vida. Lo que ocurre es que ninguna universidad, por buena que sea, puede formar por sí sola a un autor de cómics.
Eso lo descubrí mucho antes de entrar a la universidad.
Y lo hice casi por accidente.
1. Dibujar.
A mí lo que me gustaba era dibujar.
Cuando era niño, fui muy afortunado porque siempre tuve libretas de hojas blancas a mi alcance para hacerlo. Algunas eran en tamaño francesa, pero la mayoría eran en formato italiana, casi siempre tuve a la mano crayolas, lápices de madera y cuando me iba bien hasta plumones, esos casi siempre fueron un lujo, ya que siempre se secaban demasiado rápido.
Me gustaba echarme en el piso y dibujar mientras veía las caricaturas. Recuerdo que cuando tendría tal vez unos ocho años, mientras veía Sandy Bell, les dije a mis papás:
– De grande, yo podría pintor, como Marcos.
Marcos era el novio de la protagonista de aquella serie de anime de los años 80 que transmitían en canal 5, un personaje bohemio que pintaba paisajes. Mi mamá sonrió y me dijo que eso estaba bien, porque entonces podría estudiar algo como Arquitectura. Porque ser arquitecto es una profesión súper respetable; pintar cuadros, en cambio, no tanto.
En mi familia nadie se dedicaba al dibujo, ni a la pintura ni a ninguna disciplina artística. Mi madre simplemente intentaba traducir aquello que yo sentía a un mundo que ella sí conocía. Yo solo pensaba que pintar paisajes no es lo mismo que construir edificios.
Yo dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en hojas recicladas y, cuando no encontraba papel, sobre cualquier cartón que apareciera en la casa. Copiaba personajes de caricaturas, inventaba monstruos, llenaba páginas con naves espaciales, espadas poderosas y ciudades enteras.
No tenía método, tampoco disciplina. Dibujaba porque me gustaba hacerlo, dibujaba en todos lados, todo el tiempo. Cuando cursaba el cuarto año de primaria lo hacía junto con mis amigos Pablo y Ángel. Pablo dibujaba aviones y jets; Ángel dibujaba fortalezas y laberintos submarinos; yo intentaba un poco de todo. Incluso vendíamos nuestros dibujos y repartíamos las ganancias entre los tres.
Al terminar la primaria le perdimos la pista a Ángel. Con Pablo seguí viéndome durante toda la secundaria y yo seguía dibujando. Nunca pensé que aquello pudiera convertirse en un trabajo, ni siquiera recuerdo haberme hecho esa pregunta. En mi cabeza, dibujar pertenecía a un mundo distinto del de las profesiones.
Estaba en tercero de secundaria cuando una tarde platicaba con Pablo sobre el futuro. Pronto terminaríamos la escuela y comenzaríamos otra etapa. ¿A qué preparatoria entraríamos? ¿Seguiríamos siendo amigos? ¿Qué estudiaríamos después?
Recuerdo que le dije que me gustaría vender mis dibujos o dedicarme a pintar.
Pablo guardó silencio.
Abrió mucho los ojos y respondió sin pensarlo dos veces.
—¡No lo hagas! ¡No quiero verte vendiendo tus pinches cuadritos en una banqueta! Te vas a morir de hambre.
No recuerdo qué contesté.
Creo que ni siquiera intenté defenderme.
Simplemente seguí caminando con esa frase dando vueltas en la cabeza.
No entendía por qué alguien que dibujaba como yo veá las cosas de esa manera.
Hoy entiendo por qué reaccionó así. Pablo tenía muy claro que estudiaría la preparatoria en el ITESM y después una carrera universitaria, creo que entonces él quería ser ingeniero, y él, ya veía el mundo desde esa lógica.
Creo que desde ese día nuestros caminos empezaron a separarse.
II. Al dos por uno.
Cada semana iba religiosamente al puesto de revistas que estaba a dos cuadras de mi casa buscando el siguiente número de La Espada Salvaje de Conan o de Spider-Man. Aquella tarde no encontré ninguno. Conan estaba llegando a sus últimos números y cada vez era más difícil conseguirlo.
Después de revisar el exhibidor sin suerte, vi un paquete con dos ejemplares de Karmatrón y los Transformables. Venían embolsados juntos y tenían un letrero de 2×1.
Ya conocía esa historieta de vista, pero nunca me había llamado la atención. No la elegí porque buscara algo diferente. La elegí porque era lo único que había despertado un poco mi curiosidad y, además, estaba en oferta.
Me llevé los dos ejemplares a casa.
Leí ambos esa misma tarde. Empecé por el número 88 porque pensé que sería más fácil entender una historia que llevaba menos tiempo publicándose. Me equivoqué. Los dos continuaban una trama iniciada mucho antes y tampoco terminaban ahí. Entré a ese universo por la mitad.
La historia me pareció sencilla, casi como un episodio de caricaturas. Había robots, guerreros, ninjas, naves espaciales y extraterrestres. Pero lo que más llamó mi atención no fue la trama. Fue la sensación de que todo aquello pertenecía a un universo mucho más grande del que yo apenas alcanzaba a ver un fragmento.
Leí las cartas de los lectores, miré los dibujos que enviaban otros muchachos. Regresé a los créditos. Había algo en esas páginas que seguía llamándome la atención, aunque todavía no sabía ponerlo en palabras.
Los personajes hablaban con expresiones que yo escuchaba todos los días. Las respuestas a las cartas tenían un humor que me resultaba familiar. Poco a poco empecé a sentir que aquellas páginas venían de un lugar menos lejano que los héroes de Marvel o Conan.
Esa noche guardé los dos ejemplares de Karmatrón junto con mis otros cómics.
No estaba pensando en los personajes.
Estaba pensando en las personas que los habían inventado.
Hasta ese momento, todos los autores que leía parecían vivir muy lejos: Estados Unidos, Europa o Japón. Nunca me había detenido a pensar que alguien nacido en México pudiera dedicarse profesionalmente a hacer historietas.
Durante varios días seguí regresando a esos dos ejemplares. Ya no buscaba entender la historia. Buscaba entender a quienes la habían hecho. Hoy bastaría escribir un nombre en un buscador. En aquel entonces tenía que encontrar otra manera.
El problema era que no sabía cuál.
III. La guía.
Tenía quince años cuando entré a la Preparatoria 4 de la UNAM.
Todavía estaba lejos de elegir una carrera, pero para mí aquel lugar representaba algo importante. Desde niño había querido estudiar en la UNAM. No sabía exactamente qué quería hacer con mi vida, pero sí imaginaba que ése era el siguiente paso.
Entrar no había sido sencillo. Miles de jóvenes presentábamos el mismo examen para conseguir un lugar. En mi casa nadie lo daba por hecho. Mis papás celebraban mi entusiasmo, pero también sabían que el resultado no dependía únicamente de las ganas.
El día que aparecieron las listas y resulté selecciondado sentí una mezcla de alivio y emoción. Mis papás estaban tan contentos como yo. Tal vez más. La universidad, que durante años había sido una idea lejana, de pronto parecía un camino posible.
Unos días después, al terminar de comer, mi papá dejó un libro sobre la mesa.
Era la guía de carreras de la UNAM.
Gruesa como una biblia, tenía una portada azul marino con el escudo de la universidad en amarillo y el título en color magenta. Me parecía una portada en verdad espantosa.
Nunca le pregunté dónde la consiguió. Tampoco recuerdo qué dijo al entregármela. Lo que sí recuerdo es la sensación de abrirla por primera vez.
Ahí estaban reunidas todas las facultades, todos los planes de estudio y todas las profesiones que, según yo, existían. Empecé a recorrer sus páginas con calma, carrera por carrera, facultad por facultad. No buscaba la mejor opción. Buscaba un lugar donde pudiera imaginarme viviendo.
Desde hacía tiempo repetía una frase que a mis papás seguramente les sonaba ingenua:
—Quiero que cada día sea diferente a los demás.
No sabía cómo se llamaba una vida así. Sólo sabía que no quería pasar mis días haciendo exactamente lo mismo, sentado en una oficina esperando que llegara el viernes.
Durante varios días recorrí aquella guía una y otra vez. Descubrí profesiones de las que nunca había oído hablar. Otras me parecieron fascinantes. Algunas las descarté casi de inmediato.
Pero, conforme avanzaba, empezó a crecer una incomodidad difícil de explicar.
Había algo que no encontraba.
Cerré el libro.
Al día siguiente volví a abrirlo. Pensé que la carrera que buscaba simplemente se me había pasado. Empecé otra vez desde el principio. Recuerdo perfectamente que Actuaría era la primera carrera. Estaban ordenadas alfabéticamente.
Quizá había leído demasiado rápido. Quizá la profesión que buscaba tenía otro nombre. Después de todo, acababa de descubrir carreras de las que jamás había oído hablar.
Cada vez que encontraba una licenciatura relacionada con dibujar, diseñar o contar historias, me detenía un poco más. Leía el plan de estudios. Imaginaba las clases. Trataba de adivinar cómo sería la vida de alguien que estudiaba ahí.
Pero ninguna hablaba de hacer historietas, ninguna mencionaba la narrativa gráfica. Ninguna prometía enseñar a escribir y dibujar cómics.
Lo desconcertante era que, para entonces, yo ya sabía que esa profesión existía. Alguien hacía Batman, alguien dibujaba Conan. Alguien realizaba las historietas de Novdedades Editores o de Editorial Vid que yo compraba cada semana.
No eran personajes imaginarios. Eran trabajos reales. Había personas que vivían de hacer eso.
Volví a recorrer la guía. Poco a poco fui descartando opciones, no porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque algunas parecían acercarse, aunque fuera de manera tangencial, a lo que yo buscaba: Diseño Gráfico, Artes Visuales, Comunicación Gráfica.
Entonces, ¿dónde habían aprendido?
La pregunta empezó a acompañarme durante semanas.
No era una preocupación urgente. Seguía asistiendo a clases, haciendo tareas, saliendo con mis amigos y comprando cómics cuando el dinero alcanzaba.
La vida seguía.
Pero, de vez en cuando, la guía volvía a la mesa, la abría otra vez, buscaba con menos esperanza y con más curiosidad. Había carreras para construir edificios, para diseñar automóviles, para curar enfermedades, para estudiar el espacio, para enseñar, para investigar. Parecía haber una profesión para casi cualquier cosa, menos para hacer cómics.
Con el tiempo dejé de buscarla.
No porque hubiera encontrado la respuesta, simplemente acepté que, si existía, no estaba en ese libro.
Y esa idea, lejos de desanimarme, produjo un efecto extraño.
Por primera vez empecé a sospechar que algunas vidas no cabían por completo dentro de un plan de estudios.
III. Papel china amarillo.
Los lunes eran especiales. Mis clases terminaban temprano y, cuando tenía algo de dinero en la bolsa, hacía una parada obligada en una tienda de cómics llamada Cómics S.A., con el tiempo aquella visita se convirtió en un pequeño ritual. Llegaba, revisaba las novedades y, si la suerte ayudaba, salía con algún ejemplar bajo el brazo.
Una tarde llegué antes de que abrieran. Me senté en la banqueta a esperar. Saqué mi cuaderno y empecé a dibujar.
No recuerdo qué estaba haciendo aquella vez. Quizá algún personaje inventado o una página de práctica. Lo único que recuerdo con claridad es que estaba tan concentrado que no noté cuándo llegaron otras dos personas a esperar la apertura de la tienda.
Conversaban de cómics como si se conocieran desde hacía años, hablaban de autores, editoriales y series que yo apenas comenzaba a descubrir.
Después de un rato uno de ellos se despidió. El otro permaneció ahí y durante algunos minutos siguió mirando cómo dibujaba, hasta que finalmente se acercó.
—¿Puedo ver tu cuaderno?
Sentí esa mezcla de orgullo y vergüenza que aparece cuando alguien pide ver algo que uno todavía no sabe si vale la pena mostrar.
Se lo entregué. Fue pasando las hojas despacio. De vez en cuando sonreía. En otras hacía un gesto como si intentara entender qué buscaba resolver en determinado dibujo.
Después levantó la vista.
—¿Conoces a Óscar González Loyo?
Negué con la cabeza.
—¿Y Karmatrón?
Recordé el 2×1.
—Tengo un par de números.
Sonrió.
Entonces me habló de una tienda en Ciudad Satélite donde, los fines de semana, Óscar González Loyo, el autor de Karmatrón, revisaba gratuitamente los dibujos de cualquiera que quisiera aprender.
No hizo un gran discurso, no intentó convencerme. Lo contó con la naturalidad con la que alguien recomienda una buena librería.
—Si quieres, vamos este sábado.
Acepté de inmediato, no porque creyera que ahí encontraría todas las respuestas. Acepté porque, por primera vez desde aquella tarde en que compré aquellos dos ejemplares de Karmatrón, aparecía una posibilidad concreta de conocer a una de esas personas que hasta entonces sólo existían en los créditos de los cómics.
La tienda se llamaba Ka-boom.
Estaba detrás de Plaza Satélite, lo primero que recuerdo no son los estantes, ni los pósters, lo primero que recuerdo fue el ambiente.
Frente al local había varias mesas ocupadas por jóvenes que dibujaban mientras conversaban, algunos trabajaban en silencio, otros discutían sobre anatomía, tinta o el cómic que acababan de leer. Del techo colgaba un televisor que reproducía capítulos de Los Simpson. A veces aparecía también Spider-Man: The Animated Series. Nadie parecía prestarle demasiada atención, era parte del lugar.
Hasta entonces dibujar había sido una actividad profundamente solitaria, yo conocía personas que leían cómics, conocía personas que dibujaba, pero nunca había visto reunidas tantas cuya vida pareciera girar alrededor de esas dos cosas.
Aquello me produjo una sensación difícil de explicar. Por primera vez tuve la impresión de que no era el único.
Mientras intentaba absorber todo lo que veía, esperé junto a un pequeño privado con paredes de cristal y adentro había un restirador. Un hombre revisaba cuidadosamente los dibujos de varios muchacho, los observaba cada hoja con calma, corregía alguna línea, hacía una anotación y pasaba a la siguiente.
Era Óscar González Loyo.
Esperé mi turno.
Cuando terminó con el último joven, me saludó con amabilidad y enseguida me pidió que le mostrara mis dibujos, tomó el cuaderno sin prisas, revisó la primera página, luego la segunda. Óscar observaba, nada más.
Hoy todavía conservo aquellos dibujos, cuando vuelvo a mirarlos encuentro errores por todas partes, proporciones inseguras, poses rígidas, anatomías imposibles.
Pero Óscar nunca hizo que aquello pareciera un problema, me recomendó algunos ejercicios de caligrafía para soltar la mano y cuando terminó hizo algo que entonces no comprendí.
Llamó a su padre.
—Él puede ayudarte más.
Así conocí a don Óscar González Guerrero.
Yo no sabía quién era. Años después entendería que estaba frente a una de las figuras fundamentales de la historieta mexicana, en ese momento sólo era un hombre amable que comenzó a revisar mis dibujos, tomó una hoja de papel china amarilla, la colocó sobre uno de ellos y con apenas unos cuantos trazos corrigió una figura. Luego otra. Después otra más.
Era sorprendente.
Con unas cuantas líneas conseguía que dibujos con los que yo llevaba días peleando empezaran a cobrar vida.
Todavía conservo aquellas hojas. No sólo porque contienen las correcciones de un gran historietista. Las conservo porque representan la primera vez que alguien dedicó tiempo a enseñarme sin esperar absolutamente nada a cambio.
Don Óscar nunca intentó impresionarme con todo lo que sabía, nunca hizo sentir ridículos mis dibujos simplemente revisó cada página con paciencia, me señaló algunos errores y me explicó en qué debía concentrarme antes de intentar cosas más complejas.
Salí de Ka-boom con el mismo cuaderno con el que había llegado, pero yo ya no era el mismo dibujante. No porque hubiera aprendido a dibujar en una sola tarde, sino porque, por primera vez, alguien que sabía muchísimo más que yo había decidido tomarse en serio mis primeros intentos.
Muy pronto empecé a esperar los sábados con verdadera emoción, ya no iba solamente a mostrar mis dibujos, iba a aprender. Y ahí comprendí algo que cambiaría para siempre mi manera de entender el dibujo.
Hasta entonces pensaba que un buen dibujante era alguien que simplemente nacía sabiendo.
Ahí empecé a sospechar algo distinto, los grandes dibujantes no eran personas que cometían menos errores, eran aprendido a reconocerlos antes. La diferencia era enorme. Porque significaba que equivocarse no era una señal para abandonar el dibujo. Era parte del oficio.
IV. La brújula.
Con el tiempo sentí que había llegado hasta donde podía aprender en Ka-boom, no porque ya lo supiera todo, simplemente había dejado de notar el mismo avance.
Decidí seguir buscando. Nunca vi esa decisión como una ruptura.
Hoy pienso que un buen maestro no es aquel con quien permaneces toda la vida, es quien te deja listo para aprender en otro lugar.
Sin saberlo, estaba sustituyendo un mapa por una brújula, la guía de carreras intentaba decirme hacia dónde ir. Las personas que iba encontrando me estaban enseñando cómo caminar.
Cada autor llegaba por un camino distinto, algunos habían estudiado arte, otros diseño, otros nunca habían pasado por una universidad, pero todos compartían algo: Habían dedicado miles de horas a aprender un oficio.
Esa idea empezó a perseguirme. Si no existía una carrera para hacer cómics, quizá estaba haciendo la pregunta equivocada.
Todavía no sabía poner esa intuición en palabras. Simplemente seguí observando.
En 1996 mis papás decidieron comprar una computadora para la casa y le pidieron a un amigo de uno de mis primos que la armara. Se llamaba Alex y realmente sabía de computadoras.
Hoy cuesta trabajo explicar lo que significaba tener una computadora en aquellos años, no era un objeto cotidiano, mucho menos en una familia que simplemente buscaba darle a su hijo una herramienta para estudiar.
Alex la armó pieza por pieza, instaló Windows 95 y también varios programas de diseño. Yo todavía no lo sabía, pero esa computadora terminaría acompañándome durante buena parte de mi juventud. Todavía faltaban años para entrar a la universidad y muchos más para publicar mi primera novela gráfica, sin embargo, ya estaba aprendiendo una herramienta que terminaría formando parte de mi oficio. La computadora quedó instalada en un rincón de la sala.
Al verano siguiente empecé a ayudar en el pequeño negocio de rótulos de un tío. No recibía un sueldo, iba a aprender. Ahí conocí a Beto, era el diseñador y además de explicarme lo que ahí hacían me enseñó a usar CorelDRAW, pero, sobre todo, me enseñó algo mucho más importante: que el diseño servía para resolver problemas de personas reales.
Había clientes y había fechas de entrega, había archivos que debían imprimirse correctamente y había que cobrar por el trabajo.
Alguna vez, Beto y yo escaneamos uno de mis dibujos e intentamos colorearlo como los cómics que yo leía, no lo logramos, pero tampoco dejamos de intentarlo.
Ese verano tomé una decisión, si no existía una carrera especializada en hacer cómics, estudiaría una que, al menos, se acercara a ese mundo. Elegiría Diseño Gráfico, o algo así.
Tiempo después Alex volvió a casa para actualizar la computadora y mientras instalaba un escáner me dijo:
—Tengo un primo al que le gustan casi las mismas cosas que a ti. Te lo voy a presentar.
Así conocí a Ulises Rivera Romo, vivía a unas cuantas cuadras de mi casa.
Las amistades importantes casi nunca empiezan de manera espectacular, simplemente comienzan.
Alex tenía algo de razón, no nos gustaban exactamente las mismas cosas, pero compartíamos interés por los cómics, el dibujo, el diseño, los libros, la música, las películas y pasábamos horas compartiendo lecturas, discos y autores. Todavía hoy, cada vez que platico con Ulises, termino aprendiendo algo nuevo.
Pero entonces ninguno de los dos imaginaba que él terminaría mostrándome uno de los lugares más importantes de mi formación.
Ulises comenzó a estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana, la UAM, mientras yo seguía en la Preparatoria 4, y un buen día me invitó a acompañarlo para que conociera el plantel Azcapotzalco y acepté sin pensarlo demasiado.
Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé la entrada del edificio L, había estudiantes caminando con enormes portafolios, carteles pegados en los muros, maquetas, fotografías, carteles y todo parecía estar ocurriendo al mismo tiempo.
Ulises me llevó a varias de sus clases, nos sentábamos al fondo procurando pasar desapercibidos y aunque muchas veces no entendía todo lo que los profesores explicaban, siempre salía con la sensación de haber descubierto un mundo nuevo. Hasta entonces había imaginado la universidad como el lugar donde uno aprendía una profesión. Aquellas visitas empezaron a hacerme pensar otra cosa.
Tal vez la universidad era el lugar donde uno aprendía una forma distinta de mirar y esa idea me entusiasmó tanto como los propios cómics.
Porque, por primera vez, sentía que estaba en un sitio donde hacer imágenes también era una manera de pensar. No sabía si terminaría estudiando ahí, pero cada vez que regresaba a casa me sorprendía imaginando cómo sería volver al día siguiente.
Las visitas comenzaron a repetirse, y la universidad y los cómics dejaron de parecer caminos distintos, empezaban a encontrarse.
Cuando finalmente llegó el momento de elegir universidad, ya había tomado una decisión.
Quería estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco.
Toda la vida había soñado con estudiar en la UNAM, tenía pase directo por haber cursado la Preparatoria 4 y aún así no hice ese trámite, hecho que en su momento dejó desconcertados a mis padres.
Así que presenté el examen de admisión para la UAM.
Días después fui muy temprano al puesto de periódicos para consultar los resultados y ahí estaba mi folio. Había sido aceptado, sentí que una puerta acababa de abrirse.
V. Digna, libre y soberana.
Entré convencido de que ahí aprendería todo lo necesario para convertirme en historietista, la realidad resultó mucho más interesante, ya que durante los primeros trimestres confirmé algo que ya intuía, que la universidad no estaba interesada en formar autores de cómic. Su propósito era formar diseñadores.
Y, sin embargo, conforme avanzaba mi formación seguían apareciendo preguntas que nadie parecía responder. ¿Cómo se escribe una buena historieta? ¿Cómo se construye una escena que obligue al lector a pasar la página? ¿Cómo se sostiene una historia durante doscientas páginas? ¿Cómo se termina un libro sin abandonarlo a la mitad?
Ésas seguían siendo preguntas sin profesor.
Mientras estudiaba en la universidad también pasaba muchas horas conectado a un foro de Internet llamado Monos y Moneros. Era finales de los años noventa y me conectaba a Internet con un escandaloso modem de 28 kbps usando la computadora que me había armado Alex.
Uno de los participantes más activos era Edgar Clement, yo todavía no conocía su obra ni mucho menos imaginaba que años después trabajaríamos juntos. Sabía que Edgar era autor y que tenía una novela gráfica llamada Operación Bolívar, yo lo conocía únicamente por lo que escribía en el foro. Ahí mantenía un espacio llamado El Monólogo del Gorila, un thread de reflexiones sobre historieta, narrativa, dirección de arte, ilustración y el oficio de contar historias.
Leí aquellos textos una y otra vez y me sorprendía la claridad con la que Edgar estructuraba sus pensamientos y los traducía en palabras. Todavía hoy pienso que esos textos deberían convertirse en un libro, sigo pidiéndole que recopilemos El Monólogo del Gorila y que lo publiquemos en la Pura Pinche Fortaleza Cómics, a ver si un día lo convenzo.
Nunca tomé una clase con Edgar, nunca corrigió mis dibujos, nunca dibujó encima de mis errores, como había hecho años antes don Óscar y, sin embargo, también fue uno de mis maestros porque los maestros no siempre aparecen frente a un pizarrón, a veces escriben un ensayo, publican un libro, dan una conferencia o simplemente hacen una pregunta que permanece contigo durante años.
En la UAM no todo fue entusiasmo.
Durante el primer año compartí varias materias con estudiantes de Arquitectura y Diseño Industrial, una de ellas se llamaba Técnicas de Expresión II. El profesor era conocido por todos como Miyagui, así como el de la película Karate Kid de los años 80.
Era un profesor exigente, duro, quizá demasiado para algunos. Recuerdo particularmente aquella materia por dos razones.
La primera fue que ahí conocí a Tebin, desde entonces era evidente que tenía un talento extraordinario para dibujar. Siempre he pensado que existen dos clases de dibujantes, los que nacen con un talento excepcional y quienes lo construyen con una enorme terquedad. Yo siempre he pertenecido al segundo grupo.
La segunda razón ocurrió durante una revisión de trabajos. Esperábamos nuestro turno mientras Miyagui recorría el salón revisándonos uno por uno, carpeta por carpeta.
Cuando llegó a mi lugar comenzó a pasar mis dibujos en silencio, observó una página, luego otra. Finalmente cerró la carpeta y me miró.
Y dijo algo que no he olvidado en casi treinta años.
—Creo que deberías pensar en dedicarte a otra cosa.
No recuerdo las palabras exactas. La memoria nunca conserva los diálogos completos. Pero sí recuerdo con absoluta claridad la idea.
—Todavía eres joven. Puedes encontrar otro camino.
En ese momento dolió.
Mucho.
Porque cuando uno tiene veinte años espera escuchar que, con un poco más de esfuerzo, todo saldrá bien. No espera que un profesor te sugiera abandonar el sueño que llevas persiguiendo desde niño.
Con los años descubrí algo curioso: Miyagui tenía razón.
Y también estaba equivocado.
Tenía razón porque mis dibujos eran malos, cuando hoy vuelvo a verlos encuentro exactamente los problemas que él señalaba, anatomías inseguras, perspectivas inconsistentes, composiciones torpes y una pésima técnica. Todavía me faltaba muchísimo por aprender.
Pero también se equivocaba. Confundió un momento con un destino. No podía saber cuántas horas de trabajo vendrían después ni cuántas veces volvería a empezar ni cuántos dibujos más haría.
Yo tampoco podía saberlo, así que hice lo único que estaba en mis manos: seguí dibujando, no para demostrarle que estaba equivocado, ni para demostrarme algo a mí mismo. Seguí dibujando porque era la única vida que quería intentar.
A la par de la universidad, por las tardes seguía haciendo trabajos de diseño con clientes locales, mis primeros ingresos llegaron haciendo tarjetas de presentación y pequeños logotipos para negocios locales, no era el trabajo con el que soñaba, pero hoy entiendo que fue una escuela extraordinaria.
Aprendí que una buena idea también debía convertirse en un archivo; que un archivo debía imprimirse bien y, sobre todo, que un cliente no compra horas de trabajo: compra una solución. Un diseñador no hace dibujos bonitos; resuelve problemas.
La universidad amplió todavía más esa manera de entender el diseño. El plan de estudios me permitió asomarme a disciplinas que hasta entonces ni siquiera imaginaba. Llegué a la UAM convencido de que ahí encontraría respuestas para las preguntas que llevaba años haciéndome sobre los cómics. En cambio, encontré muchas preguntas nuevas.
En Fotografía, con Norma Patiño, descubrí el lenguaje de la luz y el contraste. Con Laura León me enamoré del Diseño Editorial, una disciplina que sigue apasionándome hasta el día de hoy. César Martínez Silva me mostró la semiótica como una herramienta para pensar las imágenes más allá de su apariencia. Verónica Arroyo me enseñó algo igual de importante que cualquier teoría: cómo cobrar mi trabajo, cómo elaborar una cotización y cómo valorar mi tiempo. Muchas de las herramientas que utilizo hoy las aprendí en su clase. Finalmente, con Mauricio Guerrero Alarcón aprendí a desarrollar proyectos de largo aliento siguiendo una metodología clara, una forma de trabajar que todavía acompaña muchos de mis proyectos.
Cada trimestre descubría una manera distinta de mirar el mundo. Y entonces ocurrió algo que nunca habría imaginado. Hubo momentos en los que pensé seriamente en abandonar la idea de dedicarme a los cómics, no porque hubiera dejado de amarlos, sino porque el diseño era muchísimo más grande de lo que había imaginado.
Por primera vez comprendí que hacer cómics era sólo una de las muchas formas posibles de resolver problemas a través de las imágenes.
Comprendí que una imagen nunca existe sola. Siempre forma parte de un sistema, hoy me doy cuenta de que aquéllos no fueron desvíos. Fueron parte del camino. Durante mucho tiempo pensé que me estaba alejando del cómic, la realidad era exactamente la contraria, estaba reuniendo herramientas que años después terminarían encontrándose dentro de una misma página.
Un sábado del año 2001 pude conocer a Edgar Clement y a Ricardo Peláez Goycochea, dos talentosos autores que formaban parte de El Taller del Perro, un colectivo de ilustradores e historietistas que trabajaban juntos realizando proyectos comerciales y que a la par, publicaban sus propios cómics, historietas de autor. En esa visita, los entrevisté y los grabé con el pretexto de un trabajo escolar que tenía que realizar y no quise perder la oportunidad de conocerlos en persona.
Me contaron a grandes rasgos sobre su vida, su trayectoria individual, los cómics, los proyectos en puerta y, sobre todo, cómo habían creado El Taller del Perro. Eso último me llamaba mucho la atención, era una idea que me pareció tan innovadora como profundamente fascinante y que, desde entonces, sembró una semilla que tardaría en germinar unos años más, la de autopublicarme.
Esa tarde platiqué con ellos por separado y aprendí muchísimo, se nos fue la tarde. Al final del día, a Edgar le compré su novela gráfica, la mítica Operación Bolívar, y la leí en el transporte público cuando iba de regreso a casa. La obra me voló la cabeza, era tan extraña como fascinante que me hizo reflexionar sobre el camino que un autor como Edgar había conquistado en un entorno hostil en el que una obra como Operación Bolívar no debería existir y sin embargo, ahí estaba, la tenía en mis manos. Esa obra no pudo nacer de otra forma.

La edición 2022 de Operación Bolívar publicada por Pura Pinche Fortaleza Cómics
Seguí haciendo trabajos de diseño como freelance. Me iba muy bien y además me enfoqué de lleno en hacer formalmente mis primeros cómics cortos. Ya no como ejercicios de universidad sino ya con la mirada de autor. Muchos de esos primeros cómics se encuentran recopilados en la antología Forjador que publiqué tiempo después, en 2019.

Ecos secuenciales: Forjador. (2019)
Conforme avanzaba la carrera empecé a comprender algo que nadie me había dicho cuando era niño, aprender a dibujar era sólo una parte del camino, la otra consistía en encontrar personas con quienes crecer. Logré acercarme a varias revistas, me entrevisté con editores, directores de arte, diseñadores y así conseguí que publicaran mis primeras ilustraciones.
VI. Nunca acaba.
A mediados del año 2002 me gradué y pensé que, por fin, había terminado de estudiar. No duró mucho esa ilusión.
Uno de los días en que visité la UAM para seguir con mis trámites de titulación me encontré con Serafín Allendelagua, un compañero con el que en algún momento había tomado clases pero que en los últimos trimestres dejamos de coincidir. Ambos éramos muy amigos de Tebin.
¿Te vas a inscribir en el diplomado de ilustración de Jaime Vielma? En un par de semanas va a iniciar uno nuevo.
Jaime daba clases en la UAM, y aunque nunca había estudiado con él como maestro conocía el impacto que había causado en mis otros compañeros, incluído Tebin, por su talento y metodología. Era talentoso y salvaje.
Serafín me explicó que el diplomado duraba un año y que se especializaba en ilustración alternativa. No tuvo que ejercer mucha presión para convencerme, y eventualmente nos inscribimos juntos. El diplomado era en otra escuela, así que a partir de entonces, una vez por semana me reunía en la UAM con Serafín e iniciamos el largo trayecto hacia el diplomado, nos hicimos muy buenos amigos en esa época. Nos gustaba dibujar, queríamos aprender más sobre ilustración y amábamos los cómics.
Durante el curso aprendí muchas cosas, Jaime tenía una visión muy diferente, muy punk sobre la ilustración, además, para Jaime la expresividad era tanto o más importante que la técnica, y que la técnica debería ser una respuesta al discurso del ilustrador. Ello contrastaba mucho con todo lo que había aprendido antes. Recuerdo que en Monos y Moneros, Edgar Clement decía:
“… el papel de un ilustrador consiste en vertir luz sobre la oscuridad de un texto…”
Con Jaime entendí que el papel del ilustrador también podía ser el de completar, confrontar, o incluso desafiar el texto que debe ilustrar. A mí eso me parecía que moldeaba el perfil del ilustrador, no solamente ponía sus dibujos al servicio de un texto, decía algo. Era una visión no solamente mucho más artística, sino muy autoral.
Con Serafín la amistad se consolidó en esa época, compartimos ideas y sueños en torno a la historieta, en torno a la ilustración, mientras pasábamos horas en el tránsito. Queríamos hacer cómics y el diplomado de Jaime nos voló la cabeza. Durante todo ese año visité la UAM todo el tiempo ya que era nuestro punto de reunión. Me gustaba mucho sentirme parte de la universidad, ahora como egresado.
Un día mientras caminaba por la escuela, llevaba conmigo una carpeta muy distinta. Durante ese tiempo había trabajado como ilustrador profesional y reunido una selección de proyectos que, para mí, representaban lo mejor que podía hacer en ese momento.
Me encontré a Miyagui, casi por accidente en la entrada del edificio “L”, lo saludé y la verdad es que no me reconoció. No lo culpo. En la UAM desfilan decenas de estudiantes por sus pasillos, muchos alumnos abandonan, pocos se gradúan, muchos menos se titulan y solo un puñado ejercen, sin embargo, quise aprovechar el momento para enseñarle mi trabajo.
Revisó la carpeta con la misma calma con la que años atrás revisó los ejercicios de su clase, página por página. Cuando terminó me felicitó. Me sentí triunfador.
Y entonces, justo cuando pensé que aquella conversación había terminado, señaló otra cosa.
—La carpeta está mal presentada. Debes mejorar la composición de las ilustraciones en las hojas en blanco. Dale espacio a tu trabajo. Que respire, Que luzca lo que ya hiciste.
Sonreí.
Porque entendí que seguía siendo mi profesor. Ya no estaba corrigiendo mis dibujos o la técnica. Estaba corrigiendo la manera en que los mostraba. Con los años he pensado muchas veces en aquella conversación. Nunca la recuerdo como una derrota. Tampoco como una revancha.
La recuerdo como una de las lecciones más importantes que recibí en la universidad. Los buenos maestros no están para proteger nuestras ilusiones. Están para señalar aquello que todavía no vemos.
A veces se equivocan. Como todos. Pero incluso cuando se equivocan pueden obligarnos a hacernos una pregunta decisiva.
¿Qué vas a hacer ahora?
Ésa fue, en realidad, la pregunta que Miyagui dejó sobre mi mesa aquel día. Y la única respuesta posible no estaba en discutir con él.
Estaba en volver al restirador al día siguiente.
Poco tiempo después en la UAM se celebró la “Semana D”, un encuentro donde exalumnos y profesionales compartían su experiencia con los estudiantes. Había conferencias, talleres y exposiciones.
Decidí participar y acompañado de Serafín asistí a algunas conferencias y tomé un taller impartido por César Evangelista, hoy conocido como Mr. Kone, quien también era egresado de la UAM y ejercía la carrera de diseño combinado con su carrera como ilustrador. Su taller no giraba en torno a las aptitudes y conocimientos para resolver problemas de diseño, sino a la actitud con la que los enfrentamos. Hicimos algunos ejercicios sencillos y a lo largo de la semana llevó a varios invitados para que nos compartieran su experiencia profesional.
Uno de ellos era Omar Mijangos, que en el bajo mundillo de la ilustración es conocido como el “1000 Changos”, él también era egresado de la UAM y para entonces ya tenía una basta carrera como diseñador e ilustrador, había recorrido el mundo editorial publicando en muchas revistas, un mundo al que yo apenas comenzaba a asomarme, por lo que escucharlo fue absolutamente inspirador. Sentí mucha energía, mucha adrenalina. Quería salir de ahí y devorar al mundo, de un solo bocado y sin masticar.
El taller terminó, la Semana D concluyó y yo sentía que algo se había sacudido dentro de mi. Avancé dibujando mucho, seguía haciendo trabajos de diseño freelance, publicando ilustraciones aquí y allá. Tratando de tomar mi lugar en el mundo. Volví a saber de Omar casi un año después.
VII. This Monkey…
En octubre de 2003 Tebin me llamó por teléfono y me comunicó con Omar, ellos trabajaban en el área de ilustración del periódico Reforma. Me contó que estaban buscando un diseñador, que supiera algo de ilustración para trabajar con él en Editorial Televisa y que tanto Tebin como César Evangelista me habían recomendado y me preguntó si estaba interesado.
Me sorprendió mucho la llamada, y me emocionó mucho, aunque no dejaba de preocuparme la idea de trabajar en una empresa como Editorial Televisa que ideológicamente no se alineaba con mi postura ante la vida. Antes de ello, ya había rechazado algunas buenas oportunidades en otras empresas justo por esa razón, sin embargo acepté porque se abría la puerta para trabajar con Omar Mijangos.
Estaban armando un nuevo proyecto, se trataba de una revista semanal infantil con un perfil mitad comercial y mitad cultural, una revista que necesitaría mucha ilustración, mucho diseño y muchos cómics. Sonaba increíble. Fueron 2 entrevistas, la primera fluyó bastante bien,les gustó mi carpeta de trabajo (que ya tenía los ajustes sugeridos por Miyagui), la segunda sería unos días después en las oficinas de la editorial ubicadas en Santa Fé.
En una nueva llamada telefónica Omar me dijo que no le fallara, y que me quería ver ahí. En esa llamada nos dimos cuenta que ambos vivíamos muy cerca, pero ambos MUY lejos de Santa Fé, porque absolutamente TODO está lejos de Santa Fé, así que ofreció pasar por mi y darme aventón hasta allá al día siguiente.
En su auto, sonaba una canción de The Pixies, era del álbum Doolittle.
-¡¿A poco te gustan los Pixies?! – le pregunté emocionado.
– ¿A poco no?
Y es que en esa época era bien raro encontrarte con alguien que le gustará una canción de The Pixies que no fuera Where Is My Mind, por lo que el resto del camino la conversación giró en torno a la música. No platicamos casi de diseño, ni de ilustración, al final eso dejó de importar. Quería trabajar con él, aunque fuera en Televisa, porque en ese proyecto, Omar sería mi jefe directo, él como Director de Arte, yo como diseñador y si ese soundtrack estaba musicalizado por The Pixies, nada podía salir mal.
Ese mismo mes nos integramos a un equipo de trabajo nuevo y empezamos a trabajar como locos para poder hacer semanalmente la revista que eventualmente se llamó Universo Big Bang. Trabajamos desde el nombre, las secciones y la identidad gráfica, siempre íbamos a contra reloj, hacer una revista semanal es una locura y así vivimos ese proceso, con adrenalina a tope, siempre resolviendo problemas.
Durante años había leído publicaciones hechas por profesionales, ahora me tocaba participar en una, no fue un momento mágico. Hubo fechas de entrega y correcciones, cambios de última hora, archivos que regresar, páginas que rediseñar. Aprendí que el trabajo profesional se parece mucho menos a la inspiración de lo que imaginaba cuando era adolescente.
Se parece más a cumplir, a resolver, a entregar y, curiosamente, esa realidad no destruyó mi entusiasmo, lo fortaleció. Porque descubrí que el oficio no estaba hecho únicamente de grandes ideas, también estaba construido con hábitos y con disciplina. Con la capacidad de volver a sentarse frente al restirador —o frente a la computadora— incluso los días en que la inspiración decidía no aparecer.
Omar fue mi maestro no porque me enseñara una técnica específica. Sino porque me enseñó a pensar el oficio desde otro lugar, yo lo veía desde el lado del artista, del autor. Omar me permitió mirar el otro extremo del proceso, la producción, la edición. Trabajamos juntos por dos años, eventualmente me moví a otra revista, pero en ese tiempo, aprendí mucho de él. Aún hoy sigo aprendiendo de él.
Si Jaime Vielma me enseñó a desatar al rabioso ilustrador que habitaba dentro de mi, Omar me enseñó a que mi trabajo pudiera contener y moldear esa rabia y furia en proyectos comerciales sin doblegar el espíritu.
Hay un momento en el que uno deja de buscar no solo a quienes saben hacer mejor las cosas, empieza a buscar a quienes hacen mejores preguntas.
Fue una enseñanza que se repetía con los años. Todo era cíclico
Durante años seguí trabajando como diseñador, ilustrador y director de arte, cada proyecto dejaba una enseñanza distinta, algunos salían bien, otros no tanto.
Poco a poco entendí algo que llevaba años buscando sin saberlo. No existe una carrera para aprender a hacer cómics. Existe una profesión. Y esa profesión se construye página por página.
VIII. La verdadera pregunta.
Mirando hacia atrás resulta tentador pensar que todo seguía un plan, no es verdad, la mayor parte del tiempo sólo intentaba resolver el siguiente problema.
Con los años entendí que hacer cómics nunca había consistido únicamente en dibujar, también significaba aprender a editar, imprimir, vender, promover, escuchar a los lectores y trabajar con otros autores. Aquella profesión que no aparecía en la guía de carreras sí existía. Simplemente estaba repartida entre muchos oficios distintos.
Entonces comprendí que la pregunta nunca fue:
¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?
La verdadera pregunta era:
¿Qué necesito aprender para construir una vida haciendo cómics?
Si pudiera volver a hablar con aquel muchacho que dibujaba en los márgenes de los cuadernos, no le diría que todo saldrá bien, tampoco le diría que ignore a quienes dudaron de él. Le diría algo mucho más sencillo.
Empieza a hacerlo ya. Aunque te equivoques.
Porque ningún libro, ningún maestro, ninguna universidad y ninguna editorial pueden evitar los errores que forman un oficio. Los errores pueden hacernos tambalear, pero la decisión de levantarnos y seguir adelante es la que termina construyendo una carrera.
Pienso con frecuencia en todas las personas que aparecen en estas páginas: mis padres, Pablo, los dos Óscar, Alex, Beto, Ulises, Edgar, Tebin, Jaime, Omar Mijangos, Miyagui… Ninguno recorrió el camino por mí, pero todos dejaron una herramienta, una pregunta o una conversación que todavía sigue trabajando dentro de mí.
No existe un mapa capaz de llevarte exactamente hacia la vida que imaginas, pero sí puedes aprender a caminar y , una vez que empiezas, descubres que el camino también se construye con cada paso.
Tal vez ésa sea la única respuesta honesta a la pregunta con la que comienza este ensayo, no existe una carrera que pueda enseñarte, por sí sola, a hacer cómics, existe una vida entera de aprendizaje.
Y sospecho que las preguntas más importantes todavía no las encuentro, porque, si algo me enseñaron todos estos años, es que un autor no termina de formarse cuando publica su primer libro, ni cuando gana un premio, ni cuando logra vivir de su trabajo.
Un autor termina de formarse el día que deja de hacerse preguntas.
Y ése es un riesgo que espero no correr nunca.
Mi nombre es Héctor Santarriaga me dedico a escribir y dibujar cómics y estos fueron #Mis2Minutos.
Portada de la edición 2021 de Fuego Lento.